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El derecho de los viejos

  • Rosamaría Villarello

Rosamaría Villarello Reza

Uno de los aspectos que mayores comentarios han suscitado, sobre los resultados del referéndum en Gran Bretaña respecto a su salida de la Unión Europea, es que fueron los “viejos” los que decidieron el futuro de los jóvenes. En principio se escucha muy simple esta aseveración tomando en cuenta que muchos votantes menores de 25 años no fueron a las urnas. Exceso de confianza o hartazgo.

Más allá de la discusión de las repercusiones ampliamente mencionadas y que seguirá siendo un asunto de alcances todavía impredecibles, lo que me interesa destacar es la condena pública que se ha hecho de las personas que a partir de los 50 años y con más razón a los que superan la tercera edad ejercieron su derecho a votar conforme a sus preferencias. Pero no solo en ese país, sino que en casi toda Europa ese grupo etario representa un alto porcentaje al igual que en todos los que han logrado que el promedio de vida lo haya rebasado desde las últimas décadas del siglo XX.

En el presente es ya común que las personas alcancen los 80 o 90 años y sigan en activo. En varios países las jubilaciones se están retrasando después de los 60 pues con el tiempo esta longevidad ha traído serias repercusiones en las economías nacionales y en los sistemas de seguros. Inclusive alcanzar los 100 o más años, ha dejado de ser una proeza.

Una mejor alimentación, la prevención de enfermedades, la revolución de la medicina y en general mejores niveles de bienestar volviendo al caso de Europa, propició esas expectativas de vida. Desde el decenio de los setenta ya se insistía en el “envejecimiento” del continente y se señalaba como una alerta quedarse sin mano de obra joven, lo que ocasionó que se abrieran nuevas políticas públicas para incentivar el crecimiento del número de hijos por pareja. No necesariamente fue así.

Por consiguiente, las expectativas de una persona cincuentona es de por lo menos de otros 25 años, por lo que tiene todo el derecho de manifestar qué quiere para la siguiente tercera parte de su pronóstico de vida; y los más de 65 qué esperan en los siguientes 10,15 o 20. Con la adición de que la mayoría de ellos ha gozado de tener a su alcance una educación media o superior formal.

Hablar de que los viejos son los culpables de la situación es una afirmación altamente discriminatoria, cuando ha sido la propia debilidad del sistema y de los Gobiernos, algo que se estaba gestando desde varias generaciones anteriores con el deterioro de la economía.

Los llamados viejos son los que precisamente pudieron sobreponerse y levantar a la Europa destruida por las guerras mundiales y buscar construir una mejor para sus hijos y nietos. Es ahora a éstos a los que les corresponde decidir en conjunto con los viejos, porque todavía tendrán que convivir varios periodos más.

El error estuvo en no considerarlos y hoy buscar hacerlos a un lado con otro referéndum que en el corto plazo no se va a dar. No hay otra más que rehacer otra forma de vida.