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El Día de Muertos / En Cantera y Playa / Claudia S. Corichi

  • Claudia Corichi

Para nuestros muertos, recordados en silencio…

Olor a cempasúchil, rostros pintados, calaveritas de azúcar, pan de muerto, ofrendas que retratan con particular ironía nuestra cosmovisión de la muerte. Tradición que nos acompaña desde la época prehispánica y que hoy vive un cierto sincretismo con el Halloween, es la que vivimos los mexicanos desde el 31 de octubre al dos de noviembre. Fechas en las que entre nostalgia, humor, y tradición sirven como pretexto para recordar a nuestros seres queridos que han fallecido.

Esta celebración comenzó mucho tiempo atrás cuando los mexicas conmemoraban a los muertos. En aquel entonces, la diosa Mictecacíhuatl, señora de la tierra de los muertos, era la figura central del festejo. Cientos de años más tarde, ésta emblemática figura sería inmortalizada por José Guadalupe Posada, quien la bautizaría como “La Catrina”, convirtiéndola en icono mundial del Día de Muertos.

Se tiene la creencia, de que el espíritu de los difuntos regresa del mundo de los muertos para convivir con la familia en estos días, por lo que se prepara una ofrenda sobre una mesa o repisa cuyos niveles representan el trayecto de la vida y la muerte. Las más comunes cuentan de dos niveles, que representan el cielo y la tierra, sin embargo existen las de siete niveles que simbolizan los pasos necesarios para llegar al cielo y así poder descansar en paz, siendo esta última el altar tradicional en México.

El año pasado, la UNESCO reconoció las ceremonias de Día de Muertos de todos los pueblos indígenas de México, como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Sin embargo, estas festividades ya no son vistas solo como un gran atractivo cultural, sino que representan una derrama económica en franco aumento cada año, pues en promedio generan -según cifras de la Secretaría de Economía- poco más de siete mil millones de pesos, y un flujo de poco más de dos millones de visitantes nacionales y extranjeros. Tan solo de la producción de flores para estas fechas, la derrama monetaria asciende a los 944 millones de pesos.

Las principales rutas turísticas visitadas en el marco de las celebraciones del Día de los Muertos son la Riviera Maya, los Pueblos Mágicos, las Ciudades Patrimonio de la Humanidad, las zonas arqueológicas, y por supuesto las comunidades purépechas de la región del Lago de Pátzcuaro en Michoacán, famosas por sus ritos de “velación”.

En la Ciudad de México, las visitas a las ofrendas en el Zócalo, Ciudad Universitaria, las de los museos Dolores Olmedo, y Diego Rivera son obligadas, junto con los místicos paseos que se dan en San Andrés Mixquic, o en el mismo Xochimilco.

El interés por esta festividad ha sido tal, que la última entrega de James Bond, filmada hace unos meses en la capital de nuestro país –y previendo su fecha de estreno- buscó retratar los colores, sonidos e imágenes de una celebración que hipnotiza al mundo.

En últimas fechas por ejemplo, es evidente que también en Estados Unidos, los poco más de 11 millones de mexicanos que residen allá, se han encargado de llevarla al terreno de la exportación cultural, y que con el paso del tiempo los mismos estadunidenses han ido haciéndola propia.

El Día de Muertos ha generado una vasta producción artística. Por ejemplo, no podemos negar su aporte a obras de gran renombre, como las de un querido amigo y destacado artista plástico, Rafael Coronel quien ha impregnado en parte de su producción esa atracción por la muerte que parece vivir en la cultura mexicana.

Estos días en los que la cultura nacional conjuga mágicamente la vida y la muerte, no podemos dejar de lado las llamadas “calaveritas” que siendo frases irónicas y divertidas, nunca olvidan a políticos y famosos entre sus líneas. Como mexicanos, debemos velar porque esta tradición permanezca, sobre todo por ser un producto único en el mundo que está generando riqueza en diversos sentidos. Esperemos que antes de que nos lleve la calaca, veamos políticas encaminadas a fortalecerla.