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El Día del Padre, más allá de lo mercantil

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

Cuando caminaba a su lado, sentía que iba junto a un príncipe”, dice evocadoramente Francie Nolan (Peggy Ann Garner) acerca de su padre recién fallecido, el apuesto Johhny Nolan (James Dunn) en “Lazos humanos” (Estados Unidos, 1945), la versión fílmica de “Un árbol crece en Brooklyn”, de Betty Smith.

El inspirado guión de Tess Slesinger y Frank Davis, venturosamente incluyó este episodio, que no estaba presente en la novela original, y que expresó con lucidez el vínculo universal del padre con sus hijos.

La conmemoración del Día del Padre, en otros países como España y Estados Unidos, es de las más importantes del año. En México es, por muchas circunstancias, incipiente. Contra lo que algunos creen, el Día del Padre no tiene orígenes mercantiles ni publicitarios. En Europa, son religiosos. Se festeja el 19 de marzo, día de San José, quien para el cristianismo encarna al padre y esposo ejemplar.

En Estados Unidos, la celebración nació de una iniciativa individual. Sonora Smart Dood, hija del veterano de la Guerra de Secesión William Jackson Smart, deseaba rendirle un homenaje a su padre, un granjero modesto que había cuidado y educado solo a sus seis hijos tras la muerte de su esposa. La resuelta hija del veterano deseaba que la celebración se instituyera en junio, mes en que había nacido su papá. La fiesta se efectuó por primera vez el 19 de junio de 1910; fue hasta 1966 cuando el presidente Johnson proclamó al tercer domingo de junio como el Día del Padre.

-Un padre imperfecto, pero entrañable

“Un árbol crece en Brooklyn” y la película “Lazos humanos” se desarrollan en un barrio pobre de comienzos del siglo XX, con sus sombras y su colorido, con sus encantos y sus vicios. Rigurosa y realista, Betty Smith no idealiza al padre de Francie, Johnny Nolan: alcohólico y débil de carácter, es un subempleado que se convirtió en jefe de familia sin haberlo deseado. Pese a todo ello, Nolan quiere entrañablemente a su esposa y a sus hijos. Por ellos labora en lo que buenamente sabe hacer. Lleva a los niños de paseo, les enseña lo que conoce acerca del mundo, la vida, la historia familiar y la política local.

En la película se mantienen el rigor y la emotividad de la novela: Francie y su hermano Neeley esperan siempre el regreso de su papá con emoción, pero también con una sombra de angustia: “¿Puedes ver si papá viene enfermo?”, se preguntan en un eufemismo infantil. Si su papá llega sobrio, la angustia se desvanece: papá no está “enfermo”.

Johnny Nolan se da cuenta de que Francie tiene un gran talento, y que la sórdida escuela a la que debe asistir le impide aprovechar sus dones. El papá se las arregla entonces para que su hija ingrese en una escuela pública mejor.

El amor entre padre e hija tiene matices paradójicos. Aunque Kattie, la madre encarnada en el cine por Dorothy McGuire, es claramente una persona más fuerte, consciente y valerosa que su esposo, los sentimientos de Francia son indudables:

“Francie sabía que su madre era una mujer buena. Estaba segura de ello y su padre lo decía también. Entonces, ¿por qué quería más a su padre? ¿Por qué? Su padre no servía para nada. Hasta él mismo lo confesaba. No obstante, ella prefería a su padre.

“–Sí, tu madre trabaja sin descanso; yo la amo y quiero a mis hijos.

“Esta última frase hizo feliz a Francie”.

A lo largo de la novela, se manifiesta reiteradamente el amor y la admiración mutua entre Francie y su padre, pese a los defectos de Johnny Nolan: “Francie estaba orgullosa de su padre”, “No existe hombre más elegante que papa”. Betty Smith parece decirnos que los niños no necesitan padres perfectos, necesitan padres que los quieran.

La importancia del padre

“La actitud y conducta del padre sirven al niño de modelo para juzgar a los demás hombres. El niño mide sus propias acciones comparándose con su padre. Sus abuelos, sus tíos, sus maestros, incluso los héroes de las historias que lee, influirán en la idea que el niño tendrá de un ‘hombre’ y a la que tratará de adaptar su conducta. Pero el modelo más perfecto para él, el que contemplará y admirará más de cerca, es su padre”.

Estas palabras aparecen en una vieja colección, “El mundo de los niños” (tomo XIII, “La familia”. Salvat Editores, Barcelona, España, 1958), edición en castellano de una obra estadounidense publicada cuatro años antes.

El texto añade: “Pero lo más curioso es que también un padre muy admirado puede ser un modelo para sus hijas. No le imitarán, naturalmente, pero siendo éste su primer feliz contacto con el mundo ‘de los hombres’, buscarán, sin duda, en el futuro esposo, compañero de sus vidas, las cualidades que tanto admiran en papá (…) Una muchacha que admira a su padre, no desconfiará de los hombres y estará más propicia a recibir (ídem).

“El mundo de los niños”, pese a su antigüedad, contiene principios que los estudios posteriores han confirmado. En 1998, Cynthia Harper, de la Universidad de Pennsylvania, y Sara McLanahan, de la Universidad de Princeton, presentaron un estudio acerca de la carencia del padre. Su muestra se compuso de seis mil varones que fueron a prisión entre 1979 y 1973. Controlaron las diferentes variables, como la etnia, los ingresos y el nivel educativo. Las investigadoras descubrieron que los internos provenientes de hogares sin padre, tenían el doble de posibilidades de llegar a las prisiones que aquéllos que sí contaron con un padre. La sustitución del padre biológico por un padrastro no reducía las probabilidades de encarcelamiento.

Christina Hoff Sommers cita esta investigación en su libro “La guerra contra los muchachos” (books.google.com.mx, pág. 180) y reflexiona: “El padre parece ser fundamental en ayudar a los niños a desarrollar una conciencia y un sentido de hombría responsable. Los padres les enseñan a los muchachos que ser hombre no significa ser depredador ni agresivo. En contraste, cuando el padre está ausente, los niños varones tienden a adquirir sus ideas de lo que significa ser hombre por sus compañeros. Los padres juegan un indispensable rol civilizador en el ecosistema social; por lo tanto, a menos padres, mayor violencia masculina”.

La doctora en filosofía agrega: “A medida que aprendemos más acerca de las razones de la violencia juvenil, se vuelve más claro que el progresivo debilitamiento de la familia —particularmente, la ausencia de un padre en el hogar—juega un papel importante”.

¿A dónde se fueron los héroes?

Los valores masculinos no son, como alega la ideología de género, la violencia, la promiscuidad, el abuso ni el vicio. Por el contrario, para la tradición varonil, un hombre en toda la extensión de la palabra es ante todo responsable. Es también consciente de que su fuerza física debe aplicarse al trabajo, y en caso necesario, a bridarles protección a los suyos. Se trata de lo que en México se llamaba un hombre cabal.

El hombre cabal estaba presente en muchos de los héroes infantiles que corrían sus aventuras en el mundo de la ficción. Eran valerosos, incorruptibles, leales, fieles con sus novias, justos y gentiles. Eran particularmente respetuosos con las mujeres, incluso los rudos vaqueros de las matinées, Tom Mix, Buck Jones, Bill Boyd, Tim McCoy. Solamente los villanos eran capaces de maltratar a una dama o a un niño. Algunos héroes se convertían en ejemplares padres de familia, como el Príncipe Valiente, caballero de la Mesa Redonda, o como Tarzán, el rey de la selva.

Aquellos héroes encarnaban los valores tradicionales varoniles, y eran ejemplos positivos que complementaban el modelo paterno. Porque los niños de ambos sexos necesitan modelos a quienes admirar. Cuando a los infantes se les priva de modelos positivos, y sobre todo del padre, se les puede dejar en manos de modelos distorsionados, como los pandilleros y delincuentes en bonanza, que proliferan en los tejidos sociales que ha destruido el modelo económico neoliberal. La ética varonil se reemplaza entonces por la retorcida ética del hampa, que se basa en la brutalidad.

“¿Dónde está mi John Wayne, dónde está mi Llanero Solitario, a dónde se fueron todos los vaqueros?”, decía una tonadilla de los años 90.

Como lo indica el estudio de Harper y McLanahan, la carencia de una educación en los valores viriles, con el padre como formador y parámetro de la justicia, es uno de los factores que fomentan la desintegración social.

Más allá de la utilización mercantil, el Día del Padre es una ocasión para revalorar la importancia de esta figura, tan esencial como lo materna para la formación de las nuevas generaciones.