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El “don”, en nuestro “Paraíso terrenal”

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

“Puesto que no sabemos qué debemos desear, terminamos por apetecer lo que desean otros”

René Girard
Dime qué “don” tienes y te diré el futuro… Algo así.

Triste nuestra historia, ¿cómo poder pensar contra lo establecido y decidir qué es para uno y qué no?¿Qué quieres tú…, qué no?

Una amiga nos platicaba que su sobrina se embarazó a muy temprana edad y su idea fue casarse con el muchacho. Total, se casaron y la familia apoyó. Nuestra amiga, les dejó vivir momentáneamente (¡ajá!) en un departamento que tiene. El joven trabaja y ella, la sobrina: estudia, se encarga de la casa, la criatura y obvio, comparte con el marido. La tía nos cuenta que la joven le decía hace unos días: -Hay tía, yo no sé cómo le hacían las mujeres de antes para poder con todo. Seguro tenían un “don”, que yo no tengo.

¿Ya no nos hacen como antes, pero seguimos reproduciendo el molde de cabo a rabo? ¡Caramba! Se me ocurre que los métodos anticonceptivos son para disfrutar, y que un hijo tenga la posibilidad de ser planeado. También, que si todo fue calentura, pues hay soluciones. En este caso, la sobrina de ninguna manera pensó -así lo entendí-, no continuar su embarazo; mucho menos, no unirse al padre de la criatura.

¿Ya no nos hacen sufridas, pero sí atarantadas? Ella quiso responsabilizarse de sus actos y ahora siente que no puede. ¡Claro que podrá! Pero por primera vez, comenzó a observar a los otros, y a querer no sentirse atosigada por las responsabilidades que ella misma se asignó. Crecerá rápido o acabará botando todo. Desde luego, tiene una familia que la arropa.

Sin embargo, sigo preguntándome, ¿hemos aprendido? ¿Acaso sería tener el “don” -el de las mujeres de antaño-, trabajar como burro, muchas veces sin remuneración; y vivir para los demás, olvidándote de ellas mismas? Ya no hablemos siquiera de sus necesidades. Por eso me gustan las mujeres que rompen los esquemas y dicen esa frase con que tituló un libro Eduardo Galeano: Nosotra(o)s decimos NO. Por eso me gustan aquéllas que son capaces de ir poco a poquito avanzando a contra corriente y mostrándose tal cual son.

La mujer todo corazón no existe, como tampoco el hombre maravilloso por dentro y por fuera. Eso puede escribirse en algún libro, en algún texto. Puede ser una gran película de cine…

La mujer que todo lo puede, tampoco existe. Desde luego, puede siempre más de lo que cree. Siempre un poco más. Todas tenemos el “don”, como también lo tienen los varones. Todos tenemos el “don”, de poder realizar aquello que nos interesa, pero todos tenemos claroscuros. Es más, todos deberíamos atrevernos a repensarnos y reflexionar sobre si estamos asumiendo patrones que no se adecuan a nuestras necesidades, por ser varón, por ser mujer.

Recuerdo que en una clase de mercadotecnia, el profesor comenzó a preguntar qué queríamos tener. Algo superior a lo que teníamos. Al responder, uno a uno, escuché solo cosas materiales… Yo en ese momento me sentía muy contenta, porque estaba pagando mi primer automóvil, yo solita. Era un coche modesto, pero deportivo. Amo los autos deportivos. En el trabajo me iba bien, vivía en casa de mis padres, así que pocas eran mis obligaciones. Estaba, como lo mencioné, satisfecha. Pero después de escuchar a mis compañeros, sentí mucha presión, mientras esperaba que tocara mi turno y saliera con mi tontería de que no deseaba nada. ¡Claro!, descoloqué a mi profesor, pero yo estaba desde antes descolocada, pensando si era una conformista y culpable, porque para colmo, también me sentía contenta en lo emocional.

¡Nada qué ver! La cuestión en realidad es otra, ¿de quién son las necesidades?, ¿de quién los deseos? ¿Cuál es el objetivo de imponernos como deseo, algo que no deseamos y repetírnoslo hasta que creamos que sí? Para mí, el deseo es algo tan poderoso, que me hará llegar a lo que sea por conseguir algo, pero no cualquier cosa lo vale, tampoco cualquier persona, menos una vida.

Pienso que hoy, el mayor de los dones que uno puede tener, es saber discernir, entre lo que es fundamental para uno, y todo aquello que solo nos perpetua en los desequilibrios existentes. ¿Queremos cambiar? Intentemos por sistema, mirar distinto.

En cuanto al “Paraíso terrenal”, así se llamaba la cantina en la que se reunían los personajes de Jorge Ibargüengoitia en su novela: “Los relámpagos de agosto”. Buen sitio –la cantina- para debatir ideas.
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