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El enemigo invisible / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

El atentado del pasado viernes en París le abrió los ojos al mundo. Habían sucedido ataques brutales en el Líbano y ni pío. La ceguera cubrió la amenaza inminente, que se cebaba sobre el hemisferio occidental.

La aparición del Estado Islámico (EI) era de esperarse, a raíz de la caída de Iraq y la guerra civil Siria. Estados Unidos creó, como acostumbra, un Frankenstein más, a sumarse a la complejidad intrínseca del fanatismo religioso.

La mano negra yanqui procreó a personajes como Noriega (Panamá), los Trujillo (Dominicana);Fulgencio Batista (Cuba) y los Duvalier (Haití). Cuando dejaron de servirlo, los aniquiló mediante golpes de Estado o, en el caso de Cuba, fue un grupo de rebeldes encabezados por Fidel Castro, quienes dieron la batalla en contra de la dictadura impuesta.

En el Medio Oriente también movieron los hilos a favor de sus intereses creados. Saddam Hussein fue otro protegido de la “democracia imperialista”, hasta que se les salió del huacal. Entonces invadieron y facilitaron el asesinato del “tirano”. Solo consiguieron develar grupos más radicales, como el EI.

Habría que remontarse a la ancestral confrontación entre chiítas y sunitas (dos ramas del Islam). En Siria, la cadena gobernante de los Assad pertenece a la primera, a pesar de ser minoría, y junto con Sadam Hussein habían creado una especie de culto propio. Los sunitas son mayoría y repudian a quienes consideran traidores del Islam.

El fanatismo, raíz de un fundamentalismo que se enardeció a mediados del siglo XX, provocó el homicidio de varios líderes. El caso de Irán y la caída del Sha tipifican el regreso a las normas estrictas de la Sharia (ley islámica en la que se norman las conductas. En el Islam no hay división entre Estado civil y religioso. El Corán regula todas las actividades del hombre, en todas sus facetas y campos de actividad).

La incipiente occidentalización iraní –permisibilidad a que la mujer eliminara el velo de su cara, a que estudiara, a que diera pasos para convertirse en ciudadana de primera- se aniquiló con la llegada de Jomeini y se dio marcha atrás a la pequeña apertura. Afganistán es otro ejemplo, con la barbarie de los Talibanes.

Petróleo de por medio, la Casa Blanca se fue contra Iraq, destazando un territorio, con lo que se reforzó a Al-Qaeda y después al EI. En su afán por echar fuera al “dictador Assad” (Siria), armó a los rebeldes que peleaban en su contra, movimiento encabezado por el EI, a quienes también apoya Arabia Saudita. Cuando Estados Unidos se dio cuenta de su error, era tarde (como lo acaba de reconocer Hillary Clinton en un debate entre precandidatos demócratas).

Sin obstáculos, el Estado Islámico se hizo de miles de miembros proclives al precepto de “acabar con los infieles” y llevar la Sharia al resto del mundo.

Hace años que Europa abrió los brazos a corrientes migratorias de Medio Oriente. En Francia son miles los musulmanes, en su mayoría renuentes a adaptarse a la cultura del país que los acogió.

Cerca de 11 mil cuentan con una ficha policiaca por ejercer actividades relativas al Yihad (guerra contra los infieles). ¿Puede la seguridad de una nación, por eficiente que sea, vigilar a ese número de enemigos incrustados en su propia casa? La respuesta es no y los hechos del viernes lo confirman.

Se laceró a la tierra de las libertades, de la democracia igualitaria y se dejó constancia de que el enemigo invisible está presente. Tragedia ilimitada, porque esto apenas podría ser el inicio de peores atentados.

catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq