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El enigma rupestre | Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Estoy seguro, o bueno, casi seguro, que usted, al igual que yo, ignora lo que es “eneolítico”, por lo que tuve que acudir al viejo diccionario enciclopédico “Océano” para enterarme que es el periodo prehistórico de transición entre la edad de la piedra pulimentada y la del bronce. Probablemente, las sociedades eneolíticas del cercano oriente, donde hace siete mil años aparecieron los primeros objetos de metal, descubrieron las propiedades del cobre nativo para la fabricación de pequeños objetos y de adornos y ya después fabricaron instrumentos por medio de la fusión del metal.

Pero lo que a nos incumbe en este sesudo y sexudo artículo, que no pasará a la historia, es que el arte rupestre del eneolítico se caracterizó por su estilización, lo cual, no sé si es para que agradezcamos a nuestros antepasados o para que les reclamemos que nos compliquen más la existencia, puesto que más o menos de esos siglos son las maravillosas pinturas rupestres que abundan en nuestro país y que son parte del patrimonio cultural de todos, todos, los mexicanos, no nada más de los atrincherados del INAH.

A pesar de que la novelista Jean M. Auel da algunas claves y explicaciones o propuestas en su saga prehistórica llamada Los Refugios de Piedra, de la colección de Los Hijos de la Tierra, en realidad, de toda la literatura científica que hemos tenido oportunidad de consultar y sobre todo los magníficos documentos presentados en el Congreso Internacional de Arte Rupestre, que se realizó hace poco en Cáceres, España, bajo los auspicios de la IFRAO, no nos sacan del atolladero para descifrar bien a bien el por qué y para qué del arte pictórico de las cavernas.

Me quedé helado cuando vi que el National Geographic colocó en su exposición, dentro de los eventos de ese congreso mundial referido y magníficamente organizado por Hipólito Collado y Julio García Arranz, nada menos que en el cuarto lugar mundial a las pinturas rupestres de Oaxaca. Emocionante sorpresa me llevé puesto que, al igual que usted, acariciable lectora, y usted, táctil leyente, desconocemos los miles y miles de pinturas rupestres y petroglifos que hay en nuestro país.

Pero aun de las que hemos tenido la oportunidad de conocer físicamente, en persona, en video, en foto digital o en libros maravillosos, como el de Enrique Hambleton, cada vez que las observamos y analizamos nos generan más enigmas, más incógnitas, más incertidumbres, más desafíos intelectuales, científicos y anímicos, igual que los libros de Luz María Gutiérrez, nuestra leader en rupestrología de BCS.

Y no nada más las de México, que son hermosísimas y las tenemos que cuidar celosamente, visitarlas con respeto sacro y ni de chiste dejar la mínima basura o residuos en sus entornos, sino las de todo el mundo, como las de Chauvet, las del País Vasco o las de Altamira, en el Cantábrico. Puedo ver 50 veces la película de La Cueva de los Sueños Olvidados de Werner Herzog y siempre quedo azorado de la inmensa capacidad intelectual y estética del humano, pero en sincronía nos hace sentir angustiados ante sus interrogantes milenarias y punzantes.

Ayúdenos, ayude a la Fraternidad Rupestre de este país, visite las que más cerca le queden de su corazón o de su presupuesto, estúdielas, cuídelas, forme su pequeño grupo para protegerlas, disfrútelas y reflexione sobre ellas. Si usted todavía tiene fe en el Gobierno, pídale que las atienda en serio y no tratando de ocultarlas a sabiendas que el tiempo no las perdonará y que, como usted y yo, somos especies en vía de extinción. Se lo exijo y perdone mi audacia.

rojedamestre@yahoo.com

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