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El hijo, la tragedia de Granier / Sin Gafete / isabel Arvide

  • Isabel Arvide

¿En qué momento se borra la realidad frente a tus ojos?

¿Cuándo te vuelves sordo, ciego, incapaz de entender?

Un día, pasadas las fiestas del poder, Granier, “El Chelo”, un hombre adorado por la gente, dejó de recibir a quienes iban a buscarlo, costumbre ancestral, casi de madrugada a la Quinta Grijalva.  Audiencia informal en la casa de gobierno.  Espacio que sus antecesores cuidaron.

Dejó de enterarse.  Tal vez sin intención. Ocupado en lo que él consideró importante. Incluyendo, de manera muy privilegiada, las festividades de la Feria de Tabasco.

Y su compadre, amigo, compañero de vida, Amílcar Sala Casanova se apoderó del dinero.  Como si fuese suyo.  Como si no hubiese cuentas a presentar. Como si el país no hubiese cambiado, ignorando leyes, sin el más elemental pudor.  Y, lo estamos viviendo, con muy poco talento para ocultar sus desmanes.

Eso es lo que sucedió.

Fue tan obvio.

Sala, que estuvo presente por decenas de años en el entorno de Granier, casado con una amiga de Primaria de Tere Calles, su esposa, dispuso en la Secretaría de Finanzas del presupuesto, federal y estatal, a modo.  Sí, a modo de su ambición.  No era el titular, no firmaba las salidas del dinero, casi siempre en efectivo, simplemente se apropió de su destino.  A manos llenas.

Los hospitales comenzaron a quedarse sin medicinas, lo que no ha cambiado en estos años de gobierno de Arturo Núñez, los niños sin desayunos, lo indispensable desapareció de la agenda de lo urgente.  Y Andrés Granier no entendía, no escuchaba. A su alrededor otros hacían la talacha política, complicada, por las rivalidades políticas instaladas en todos los ámbitos de la sociedad tabasqueña.  Apaciguaban, negociaban, inventaban salidas… pero todo se estrellaba en la Secretaría de Finanzas.  En el escritorio de Sala Casanova.  El compadre que se había convertido en padrino.

Para afianzar la cercanía, confianza absoluta, este funesto funcionario tomó entre sus manos la juventud de su ahijado, Fabian.  Hijo varón consentido al extremo.

Ese es origen de la desgracia de Andrés Granier que hoy tiene a su hijo en la cárcel por evasión de impuestos.  Por no declarar millones de pesos de los que manejó “oficialmente”.  Punta de un iceberg inconcebible.

Este es el pecado del exgobernador de Tabasco.

No la conversación de los cientos de zapatos y los miles de camisas, sino el hijo.

Por eso su silencio.  Por eso regresó a México confiado.  Él no se había robado ni un centavo.  Él no es, no podría ser un ladrón.

Los temas financieros no estaban en su universo.  No vio.  No controló los excesos del hijo que se había sacado, literalmente, la lotería.  Que viajaba en el avión oficial con sus cuates, que gastaba millones en parrandas, que compraba y compraba propiedades en Cancún.

¿Quién le dijo de Fabián?  Supongo que sus otros “compadres” lo intentaron.  Y se estrellaron con una necedad tan inmensa como la ceguera del poder.  Imposible, nada era irregular, nada era verdad, nada era inmoral, nada era lo que venían a decirle.  Fabiancito es un buen chico, son calumnias debe haber repetido.

Lo cierto es que Tabasco se le inundó y se le volvió a inundar con una mala suerte extrema.  Que el gobierno se le escapó de las manos.  Que no supo, que no quiso saber ni hacer, amparado en su esquema de buen hombre, de buen esposo, de buen padre, preocupado de la edad, de convertirse en un hombre de 60 años, inmerso en temas de gobierno apartados de todo conflicto.

Amílcar fue intocable.

Quiero creer que le decían que no llegaba el dinero federal.  Que el Presidente panista no les hacía caso, que allá en el centro del país…  Si es que preguntaba.

Me queda claro que nunca tuvo la dimensión del desastre, del infinito desgobierno.  Que su buena fe contribuía a la ignorancia.  Y que tantos chismes lo confundían, tantos que se peleaban entre ellos, que olvidaban que ese era el proyecto de su generación, y la adversidad que todo mojaba, que destruía puentes, viviendas, calles que había que reconstruir una y otra vez.

Fabian Granier Calles es el punto de quiebre.  Es el receptor y usufractor del poder del padre.  Sobre todo, del dinero del presupuesto.  Fue quien asumió el gobierno como una gran caja de dinero sin fondo.

La tragedia es que Andrés Granier está en la cárcel.  En un proceso tan enredado como grande es la intención política de mantenerlo ahí.  Si eso no lo había derrumbado el castigo, la exhibición, todo lo que sigue contra Fabiancito lo harán.

Muchos, o algunos, pensamos que así no era, que así no debió haber sido…

 

En Twiter: @isabelarvide

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