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El humor en el cine mexicano

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

“Yo quiero ser cómico, tener mucha mímica, que cada periódico me saque una crítica”. Así rendían cantado homenaje los inimitables Polivoces a sus amigos del buen humor. En aquella esdrújula canción de Benjamín Svalb, se emulaban los ecos de Tin Tan, Resortes, Cantinflas, Clavillazo, Titino, Manolín y Schillinsky, entre otros: “Soy pachuco auténtico, cantando soy único, con melena artística, yo soy el veintiúnico”. Todos ellos y muchos otros están presentes en la exposición de la Cineteca Nacional.

La muestra se titula “¿Actuamos como caballeros o como lo que somos? El humor en el cine mexicano”. Su curador, Rafael Barajas “El fisgón”, trabajó durante dos años en este colosal esfuerzo; eligió como título un parlamento de “Cantinflas”, especie de consigna del carácter picaresco de los comediantes mexicanos. Aunque tal vez la exposición hubiera podido titularse “Yo quiero ser
cómico”.

Acertadamente, la exposición trasciende el mundo fílmico porque los cómicos del cine nacional corrieron la legua en las carpas, alternaron el cine con el teatro de variedades, la radio, la historieta, el disco fonográfico y la televisión. Hubo quienes pasaron del cine a los iconoscopios caseros, mientras otros
recorrían el camino inverso.

En la exposición, unos televisores antiguos proyectan las peripecias de los comediantes que llegaban “hasta la comodidad de los hogares”, como se decía entonces. Son cerca de 700 las piezas expuestas y, con toda justicia, una buena parte de ellas reconoce el trabajo de los cómicos de reparto.

Óscar Pulido, Fernando Soto “Mantequilla”, Armando Soto La Marina “Chicote”, Carlos López “Chaflán”, Fanny Kauffman “Vitola”, Dolores Camarillo “Fraustita”, Delia Magaña, Fredy Fernández “El Pichi”, Joaquín García “Borolas”, José René Ruiz “Tun Tun”, Pascual García Peña “Ranilla”, Juan García “El Peralvillo”, José Ángel Espinosa “Ferrusquilla”, Alfredo Varela “Varelita”, Consuelo Guerreo de Luna, Manuel Tamés “Régulo”, Francisco Fuentes “Madaleno” y José Luis Aguirre “Trostky”, entre tantos otros artistas, aportaron su talento para que el cine mexicano triunfara como lo consiguió durante
muchos años.
LOS FAVORITOS DE LA NIÑEZ

Desde los comienzos del cine, los cómicos han entusiasmado a los niños. Los comediantes se asemejan mucho a sus pequeños fanáticos: no son “personas mayores” en el sentido que le da “Le Petit Prince” a la expresión; no son “serios”. Suelen ser ingeniosos, lúdicos, divertidos, un poco desubicados en el mundo adulto. A veces ingenuos, a veces agudísimos. A menudo eligen actividades que les ilusionan, aunque no sean muy juiciosas y sus atuendos tienen algún toque extravagante o al menos original. Si hablamos específicamente del cine mexicano baste recordar a Germán Valdés “Tin Tan”, Adalberto Martínez “Resortes”, Eulalio González “Piporro”, Antonio Espino “Clavillazo”, Mario Moreno “Cantinflas”, Manuel Palacios “Manolín”… y a la galería de personajes que crearon Eduardo Manzano y Enrique Cuenca, los Polivoces, en equipo con el guionista Mauricio Kleiff: “Agallón Mafafas” y “Juan Garrison”, “don Laureano” y “doña Paz”, el “Mostachón” y el “Guashangüer”… Aunque los Polivoces no se abocaban al humor infantil, a los niños les encantaba imitar a “Gordolfo Gelatino” y a su mamá orgullosísima, “doña Naborita”.

Durante generaciones, los mayores rivales de los cómicos fueron los vaqueros de las matinées, pero aquellos jinetes justicieros nunca fueron ajenos al humor. Cabalgaban junto a sus propios amigos graciosos: los “camaradas fieles”. Esta fórmula se siguió en las películas rancheras mexicanas: al lado de Jorge Negrete, Tito Guízar, Pedro Infante, Luis Aguilar y Pedro Armendáriz marchaban “el Chaflán, Mantequilla o el Chicote”.

En las aventuras vaqueras del caballista Gastón Santos, el camarada fiel fue Pedro D’Aguillón, quien a la postre resultaba un eficaz asistente del héroe. El camarada fiel trascendió al cine “de caballitos” y apareció repetidamente en el ámbito urbano. La mancuerna más brillante entre galán y camarada fiel fue la integrada por David Silva y Mantequilla, quien se convirtió en verdadero coestelar en la serie que dirigió Alejandro Galindo: “Campeón sin corona” (1947), “Esquina bajan” (1948) y “Hay lugar para dos” (1949). Estos magníficos artistas se volvieron a encontrar en “El amor no es ciego” (1950), de Alfonso Patiño y una vez más bajo la dirección de Galindo en “Tacos al carbón” (1971).

Mantequilla no se limitaba a actuar como “chistoso”; cuando se daba cuenta de que su amigo procedía mal, se lo hacía ver. La dinámica que se estableció entre los dos actores fue soberbia: “¡Si usted y yo siempre hemos sido cuates!” decía expectante don Gregorio del Prado (David Silva) a su cobrador Constantino Reyes Almanza (Mantequilla) a modo de disculpa cuando tomaba conciencia de que había agraviado a su mejor amigo.

Injustamente es menos recordada la notabilísima actuación de “Trostsky” como el ruletero Caifás, leal camarada del apuesto y bien entonado agente de tránsito Román (Emilio Tuero) en “Salón de belleza” (1951), de José Díaz Morales.

Y nadie más fiel que Luis Manuel Pelayo como Sócrates, el mayordomo cómplice, confidente, a veces víctima, a veces valedor del galán psicodélico Mauricio Garcés.
CÉSAR COSTA, DEL ROCANROL AL HOMBRE VERDE

Durante la conferencia de prensa sobre la exposición en la Cineteca Nacional, participó César Costa, a quien le correspondió prolongar los buenos tiempos de la comedia fílmica. Por cierto, entre sus compañeros de elenco figuró una vez el ídolo de la portería y galán de las fotonovelas Nacho “Cuate” Calderón.

El artista recuerda así aquellas películas: “Sí, realmente el rocanrol conllevó en el cine la banda sonora de nuestras canciones, y un muy sencillo guión cinematográfico, que permitía hacer una especie de comedia de entretenimiento familiar, tiene toda la razón.”

—Se tiene la impresión de que aquellas películas llevaban mucho público a las taquillas, precisamente porque podían ir las
familias enteras.

—Muchísimo, sí, cómo no. De alguna manera, yo creo que el antecedente fue un poco Jorge Negrete y Pedro Infante, y luego pasó al rocanrol, con los problemas inherentes a los jóvenes de esa época. Pero sí era entretenimiento familiar, no se pretendía nada más.

—Cuando llegó la televisión, usted participó en diferentes comedias, ¿cuál recuerda especialmente?

— ¡Hombre! ¡”La carabina de Ambrosio”! Yo creo que fue un hallazgo el haber tenido la posibilidad de tener en ese equipo a gente como un Beto el Boticario, extraordinario, Víctor Alcocer, Alejandro Suárez no se diga, ¡Xavier López Chabelo! Un estupendo actor de comedia. Así es que se formó un equipo y un concepto muy importante y único.

—Recuerdo que aparecía una parodia de “Hulk”, el hombre verde, a la mexicana

—Era “Gulp” el hombre verde. Me volvía yo verde de las cosas que vivimos todos
los mexicanos.

“Gulp”, el personaje de César Costa, padecía el mismo problema que el doctor David Bruce Banner (Bill Bixby), protagonista de la serie parodiada: cada vez que se enfurecía, se transformaba en un feroz monstruo verde. En el contexto mexicano, los vecinos que tiraban la basura frente a las casas ajenas, los comerciantes abusivos y los revendedores, eran algunas de las plagas que despertaban la ira
de “Gulp”.

—Se recuerda también “Papá soltero”.

—Ése fue muy importante, yo creo que fue un esfuerzo estupendo y era un programa de comunicación básicamente, sobre una familia disfuncional en ese entonces, que era un papá soltero. Apenas empezaba este fenómeno, supimos captarlo bien y pudimos crear a esta familia que llegó a hacerse funcional.
Mantenemos todavía una estupenda relación afectiva con Gerardo y Luis Mario Quiroz, con Edith Márquez, que era mi hija. Así que yo creo que también fue un aporte para la televisión muy especial, de un tipo de humorismo distinto, porque no era cómico, era un programa de entretenimiento familiar. Lo que le llaman situación de comedia.

—¿Cuál película recuerda especialmente?

—Yo me quedé con muchas ganas de seguir haciendo más cine, pero yo diría que “El cielo y la tierra”, que fue mi primera película con Libertad Lamarque, era obviamente una película un poco dramática, pero también llevaba sus pinceladas de música, aprovechando el éxito de mis canciones. Fue una película que dejó marcado un nuevo género en el cine.

Son muchísimas las anécdotas para contar, pero nunca terminaríamos, lo mejor es que usted mismo disfrute la muestra, que permanecerá abierta hasta el 18 de Octubre en la Cineteca Nacional, Avenida México-Coyoacán 389.