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El idioma: Sangre y nervio del pueblo / Francisco Fonseca N.

  • Francisco Fonseca

Hace casi 19 años, en abril de 1997, la hermosa ciudad colonial de Zacatecas recibió fraternalmente a delegados de 20 países donde se habla la lengua española. Es decir, 330 millones de personas que nos comunicamos mediante el idioma español (hoy en día vale decir que los idiomas hablados por más personas son el chino con mil 215 millones, después el español con 330 millones y en tercer lugar el inglés con 328), estuvimos representados en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, organizado por México. Debo decir que entre los invitados sobresalieron los Premios Nobel de Literatura, Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Camilo José Cela.

El idioma, se dice, es la raíz más profunda del alma; es la sangre y el nervio en la vida cultural de un pueblo. Pensamiento y acción carecerían de sentido si no se expresaran en símbolos e ideas. La esencia de la comunicación estriba en la capacidad de transmitir, recibir y comprender lo mejor de la existencia humana: su riqueza espiritual.

En su intervención, Camilo José Cela dijo que “los españoles y los hispanoamericanos somos dueños y usuarios de una de las cuatro lenguas del ya próximo futuro, ya sabéis bien que las otras son el inglés, el árabe y el chino, dicho sea sin desprecio de ninguna otra y guiado no más que por consideraciones de inercia histórica en las que, claro es, ni entro ni salgo”.

García Márquez, al hablar del idioma español ironizó: “negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”.

Y nuestro Octavio Paz expresó: “Mi amor por la palabra comenzó cuando oí hablar a mi abuelo y cantar a mi madre, pero también cuando los oí callar y quise descifrar o, más exactamente deletrear su silencio. Las dos experiencias forman el nudo del que está hecha la convivencia humana: el decir y el escuchar. Por esto, el amor a nuestra lengua, que es palabra y es silencio, se confunde con el amor a nuestra lengua que es la palabra y el silencio, y se confunde con el amor a nuestra gente, a nuestros muertos, los silenciosos y a nuestros hijos que aprenden a hablar”.

El idioma es vínculo de experiencias y propósitos comunes. Es tan vasto y complejo el universo del lenguaje que, sin exagerar, un hombre sabio podría pasar la vida entera rastreando el origen de una palabra sin descifrar jamás el enigma del origen de la lengua. Sin embargo, ésta vive, permanece y fructifica por la acción diaria, por el diálogo cotidiano que bulle en el seno de la sociedad humana.

Octavio Paz concluyó que “en la gran literatura se han dicho cosas terribles, pero ésta es generosa, cicatriza todas las heridas, cura todas las llagas y aún en los momentos de humor  más negro, dice sí, a la vida”.

pacofonn@yahoo.com.mx