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El inspector Maigret: TV a la alta escuela | Bazar de la cultura | Juan Amael Vizzuett Olvera

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

Es el inspector más famoso de París y ha tenido muchos rostros; ha desentrañado misterios en las aldeas más insignificantes, en las grandes capitales europeas y en la propia Nueva York; ha recorrido kilómetros de aventuras cinematográficas, literarias y televisivas; su bonachona figura se ha paseado también por las refinadas historietas a la francesa. Es “le commisaire Jules Amédée François Maigret”, creación de Georges Simenon, cuyas aventuras, producidas por la televisión del viejo mundo, transmite Eurochannel.

– Una televisión desconocida en México

Para hablar de las novelas y las adaptaciones de Simenon se necesitaría una enciclopedia; de hecho, la Universidad de Lieja alberga al Centro de Estudios Georges Simenon y existe una amplísima bibliografía tanto sobre el escritor como sobre su personaje más célebre.

Ricardo Garibay, quien se declaraba enemigo de la novela policial, reconoció sin regateos las virtudes de Georges Simenon en “El oficio de leer”: “Uno se asombra, primero, de la capacidad de invención, que parece no tener límites; 100 historias, 200, 300 historias y más, muchas más si se tiene el tiempo para leerlas, y ninguna repite a la anterior en su tema y personajes, y en cada una de ellas vienen y van multitudes iguales a todos los hombres, que son diferentes entre sí en cada una de ellas (…) No hay personaje que no quede trabajado hasta en sus más nimios detalles (…) No hay dos personajes iguales entre sí (…) y nunca los que son constantes o pilares de series, traicionan su naturaleza, su temperamento y carácter (…) se siente como si este belga de habla francesa hubiera traído impresa en el cerebro a buena parte de la especie humana”.

A diferencia de las novelas de Ian Fleming o Harry Potter, que repiten el mismo esquema de libro en libro, nunca se sabe qué va a suceder en los relatos de Simenon.

La televisión internacional le ha dedicado varias series, entre ellas la más larga fue “Les enquetes du commissaire Maigret”, que se produjo en Francia de 1967 a 1990, con Jean Richard; la notable versión inglesa de 1991, con el excelente Michael Gambon, se pudo ver en México, primero en XEIPN, Canal Once, y más tarde en TV Mexiquense, Canal 34. La que actualmente retransmite el Eurochannel, con Bruno Cremer, se rodó de 1991 a 2004, y se ha convertido en objeto de culto para el público mundial.

Cada episodio abarca aproximadamente una hora y media, sin cortes comerciales, como corresponde a la televisión europea; el presupuesto por capítulo fue de un millón y medio de euros, unos 26 millones 309 mil pesos al cambio actual. Cremer firmó por 12 episodios, pero el éxito fue tan grande, que la serie se prolongó a los 54 capítulos.

Cremer, sobrio, contenido, dueño de cada gesto, maestro del ritmo, creó a un “commisaire Maigret” majestuoso, imponente, agudo, a veces fiero, con frecuencia socarrón con los superiores, irremediablemente enamorado de la señora de Maigret, a ratos ingenuo para los detalles simples y a la vez conocedor profundo del alma humana. La nariz aguileña, muy francesa, pero también evocadora de los guerreros del nuevo mundo –como el último de los mohicanos o como nuestro caballero águila—junto a sus enormes ojos azules, le da la fisonomía de un ave de presa que inquieta a los sospechosos; su corpulencia, su voz grave y potente lo vuelven intimidante para los criminales, mas, paradójicamente, proyectan una personalidad bonachona y protectora. La mirada zarca y la nariz de halcón parecen actuar en equipo para escudriñar cada caso y para olfatear cada pista. Con estos atributos, Bruno Cremer se convirtió en uno de los intérpretes más queridos para el público internacional.

EN SU pueblo natal, Maigret visita a sus padres.

EN SU pueblo natal, Maigret visita a sus padres.

Los elencos están siempre a la altura del protagonista y de las cuidadosas adaptaciones: Anne Bellec interpreta a la señora Maigret; Aurore Clément a la patrona de un bistró, Aline Calas, sospechosa de complicidad en un caso de homicidio; Agnès Soral es Aline, la bella amante de Palmari (Claude Faraldo) un veterano ladrón de joyas; Heinz Bennent encarna a Junker, millonario marchante de arte cuya galería está muy cerca del sitio donde fue atacado uno de los investigadores de Maigret; Timo Torikka es Ari, un joven inspector finlandés que admira al legendario detective; Ronny Coutteure es el “commissaire belga Mansuy”, un funcionario honrado, pero sujeto a las presiones de las familias poderosas de su jurisdicción; Jean Yanne es el acaudalado empresario Ducrau, un hombre recio desencantado de su decadente clan; Claude Piéplu es el grandilocuente jurisconsulto Dandurand, un sofista que hace alarde de su cultura filosófica para justificar la corrupción.

Los diferentes directores lograron que cada episodio resultara único, a la vez que se integraba estética, artística y conceptualmente a la serie en su conjunto: Claude Goretta, Serge Leroy, Andrzej Kostenko, Pierre Granier-Deferre, Pierre Joassin, Charles Nemes y Laurent Heynemann, entre otros, quienes en equipo con sus técnicos, le dieron a la serie su belleza audiovisual. Laurent Petitgirard compuso la partitura, poderosa a la par que sutil.

Uno de los grandes atractivos de la serie es la cuidadosa, con frecuencia exquisita recreación de los mediados del siglo XX: por las calles de los años cincuenta circulan los diminutos “Renault” de la posguerra, los “Peugeot”, los negros “Citröen 11” de la policía parisiense, los “DS” de los ministros, los “Volvo” de Helsinki, los “Mercedes” de la aristocracia, el “Buick” de un industrial y el “Rolls Royce” de algún potentado; las modas, las decoraciones, la contagiosa música popular, los televisores de cinescopio, los radios de bulbos… Todo convierte cada episodio en una máquina del tiempo.

TIERNO CON los niños, como “Kalimán”.

TIERNO CON los niños, como “Kalimán”.

“El inspector Maigret” muestra una forma muy depurada de crear televisión, muy lejos de las recetas que en México y América Latina imperan: cada episodio es autoconclusivo: se termina cuando el héroe ha resuelto el caso, no se detiene en un momento de “suspenso” para que el auditorio se sienta obligado a ver el siguiente capítulo. Los ensayos permiten que cada intérprete domine a su respectivo personaje y que interactúe vigorosamente con los otros artistas. No hay apuntador electrónico, ni cortes programados para los comerciales, ni iluminación de aparador, ni baladas, ni actuaciones improvisadas. Es la obra de una televisión con vocación cultural, que adapta a los autores modernos o a los clásicos, un Óscar Wilde, un Louis Aragon, un Dickens o un Mark Twain.

La Televisión pública de otros tiempos –Imevisión, desmantelada en nombre del dogma neoliberal—intentó incipientes adaptaciones de Mauricio Magdaleno y Fernández de Lizardi. Estaban muy lejos de “El inspector Maigret”, pero era un comienzo… que se desperdició en aras de intereses particulares.

– El método del inspector: paciencia y mimetismo

El inspector Maigret no se atiene solamente a los informes del forense, a las evidencias materiales ni a las versiones de los involucrados. Procura siempre integrarse a las rutinas del círculo en que se mueven tanto los sospechosos como los “insospechables”.

Así se le van revelando los conflictos personales, los viejos rencores, los agravios acumulados, las causas que pudieron darle origen al crimen. En un proceso mimético, la mente del inspector entra en un estado especial de conciencia, durante el cual desenreda
la madeja.

En “El inspector Maigret en Nueva York” (7 de marzo de 1946), Simenon explica el método que le permite al bonachón investigador resolver los misterios: “Maigret, repentinamente, parecía más corpulento, más pesado. Él tenía una manera distinta de sostener su pipa entre los dientes, de fumarla, a bocanadas cortas y muy espaciadas, de mirar alrededor de sí, con un semblante casi malicioso; en realidad porque él estaba poseído enteramente por su actividad interior (…) Eso significaba, en suma, que los personajes del drama dejaban de ser para él unas entidades, o unos peones o unas marionetas, para convertirse en hombres (…) Y a aquellos hombres, Maigret se les metía en la piel.

MONUMENTO AL héroe de Georges Simenon.

MONUMENTO AL héroe de Georges Simenon.

“Se trababa de que, a fuerza de ponerse en sus lugares, surgieran del fondo de él mismo unas reacciones idénticas a las de aquellos hombres.” (Novela publicada en el volumen uno de la serie “Tout Simenon”, Ómnibus, París, Francia, 2002, página 658)

Durante estos “trances”, incluso el semblante del veterano commisaire adquiere las expresiones y las fisonomías de los sospechosos; tan hondamente llega a compenetrase con ellos. Una vez atados todos los cabos, Maigret se enfrenta a los culpables y les explica paso por paso como procedieron. A veces, el inspector es directo, pero en ocasiones comienza por aludir con ironía a alguna de las pistas: “Usted tiene mala suerte, cada una de las empresas para las que ha trabajado como contador termina en la bancarrota”; en ocasiones, el culpable ha obrado por impulsos humanos, por ira contra quien hiere a la persona que ama; otras veces, el asesinato forma parte de un plan criminal cuidadosamente urdido. Cada caso es distinto. Y el inspector, benévolo con un empleado que no pudo soportar más los abusos de un patrón amoral, es implacable con el defraudador que arruinó a un inocente. Incluso, en algún caso, ante una culpable entrada en años, desahuciada por los médicos y burlada por el difunto, Maigret, a sabiendas, deja el caso abierto, para que la apaleada, enferma y abatida homicida pase sus últimos meses en libertad.

Porque el inspector Maigret ejerce su propio código, que se basa en su sentido de la justicia; no se atiene nunca a los criterios burocráticos ni se arredra ante las influencias de los poderosos, aunque éstos intimiden a sus superiores. Y por ello, cada episodio encierra también un planteamiento ético.

– La bonhomía de Maigret

Los admiradores de Sherlock Holmes aseguran que el detective privado londinense es más inteligente que el inspector parisino. Eso se puede discutir, pero sin duda, Maigret es mucho más feliz que Holmes.

Maigret se casó muy enamorado; al paso de las décadas, él y la señora Maigret se siguen cuidando mutuamente; los subordinados del veterano comandante le aprecian y respetan. Algunos casos acaban dejándole una nueva amistad, como la de Ari, el investigador de Helsinki. El Mediterráneo, con su luz, sus colores y su calor, le atrae mucho más que los mares gélidos del norte, y entre los momentos que más disfruta le commisaire, relucen las comidas. Al fin latino, Maigret combina la buena mesa con sus investigaciones.

“La buena cocina trae el recuerdo”, dice Simenon. Y su héroe es un devoto de la que se prepara en ese corazón doméstico que le da su nombre al hogar: “Cada noche, al colgar su sombrero, el inspector Maigret se emocionaba adivinando lo que su esposa le había cocinado: un bœuf miroton, una blanquette de veau, fricandeau à l’oseille, tarte aux mirabelles, un gâteau aux amandes”, dice la reseña del libro “Simenon y Maigret pasan a la mesa. Los placeres gourmands de Simenon y las buenas recetas de Madame Maigret”, de Robert Laffont. Y añade: “En todas sus investigaciones, uno se reencuentra con esta cocina de la comida de familia o de los pequeños bistrós, una cocina ‘a la antigua’, sencilla y sabrosa, que uno tanto disfruta cuando la mira sobre
nuestras mesas.”

“El inspector Maigret” también puede verse en youtube, en internet, aunque sin subtítulos. Pero la serie es tan buena, que vale la pena aprender francés.

/arm