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El intruso eterno / Pasos de Diamantina / Lorena Avelar

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

Hay un intruso en mi casa que carcome y que depreda, camina a hurtadillas, husmea. Esta allí hasta que los nenúfares cierran de sueño y tarde sus corolas resplandecientes y, derrumban sus ojos vegetales en el reflejo del agua. Sale al encuentro de mis silencios nocturnos, escucha mis pasos, los adivina y los huele, zarandea el socavón atrófico de mi expresión y la desperdicia.

El intruso sigue allí, se refleja en los cristales cóncavos, donde descomprimo las palabras y reconstruyo mis magias que atesoro en las mañanas, y al salir lo encuentro sentado en la silla, donde se postran cadáveres que hacen lento mi pensar, entorpece mi entorno oculto en el desván de juguetes añejos de cartón y trapo con moho que no se puede limpiar. No lo conozco y se oculta con cara de búho que ulula sonidos rancios que hieren hasta el esqueleto, con su chistera de plomo, su sonrisa de marfil pulido y sus brazos de pulpo viejo.

Quiero que desaparezca, quiero que se vaya lejos, que no destruya mi mundo que construí sobre pétalos, quiero que me deje dormir sobre gardenias y esmeros que me regala el hombre con el que comparto mis sueños. Quiero que se haga invisible cuando rio en silencio y no sea testigo del llanto si quiero gemir por nada o por alguien que se ha muerto.

El intruso eterno es pecado: porque es pecado ser testigo del aire limpio y crecido en madrugadas de ensueño, o en alboradas rabiosas en las que se va el desayuno de azares y azahares como preludio de manifiestos. Pero sigue allí… sé que está porque aún me duele la voz y la garganta de tanto rugir denuedos, y camino con Pasos de diamantina para perderme en la multitud de este ser horrendo.