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El irracional uso que hoy damos a los hidrocarburos / Alejo Martínez Vendrell

  • Alejo Martínez

Don Jesús Reyes Heroles, el talentoso ideólogo del PRI en su etapa previa al predominio de la corriente neoliberal, tuvo entre sus responsabilidades el dirigir Pemex. Conocedor de lo que la riqueza de los hidrocarburos representaba para el país y sensible para detectar o prever las desviaciones a las que nos podría llevar el mal aprovechamiento de su potencial productivo, sostenía algo que lamentablemente se olvidó y no se ha practicado.

El maestro argumentaba que en esencia había tres formas de utilizar el petróleo: la peor de ellas era extraerlo del subsuelo, no procesarlo y exportarlo para ser quemado como combustible; la segunda era extraerlo para procesarlo refinándolo en el país y quemándolo después como combustible. Apuntaba que la mejor fórmula era extraerlo para enriquecerlo incorporándole el mayor valor agregado posible, procesándolo en el ámbito de la petroquímica.

Al imprimirle o agregarle el mayor valor posible a nuestros hidrocarburos, se logra en forma paralela desarrollar tecnologías más avanzadas, ir capacitando y tecnificando al personal para ejercer funciones de mayor desarrollo tecnológico, generando así no solo más riqueza material sino también humana, con trabajadores mejor preparados y altamente calificados, construyendo así una viable superación del subdesarrollo. Congruente con ese propósito Don Jesús decidió impulsar la creación en 1965 del Instituto Mexicano del Petróleo (IMP) para que coadyuvara con Pemex a un desarrollo científico y tecnológico que propiciara el mejor aprovechamiento de la riqueza petrolera.

Desafortunadamente se le ha atravesado a nuestro país una pésima administración de instituciones gubernamentales, entre ellas las vinculadas a los hidrocarburos, y los objetivos fundamentales que se les asignaron como misión se han visto, con demasiada frecuencia, saboteados por la corrupción y los excesos en que han incurrido tanto cúpulas directivas como poderosas organizaciones sindicales del sector público. Improductividad, desaprovechamiento, excesivo personal subempleado o desaprovechado y enormes pérdidas económicas han sido consecuencias lógicas. Por ello, mucho antes que la apertura, hubiese sido deseable una verdadera reorganización a fondo de Pemex, que le hubiese permitido concretar en la realidad el declarativo ideal de volverla competitiva en un mercado internacional abierto.

Pero en todo caso, lo que se quiere destacar aquí es la grave desviación en que hemos incurrido cuando, condicionados o presionados por limitaciones para financiar un creciente gasto público, el objetivo fundamental ha consistido en extraer la mayor cantidad de extinguibles hidrocarburos en el menor tiempo y a la mayor velocidad posibles para exportarlos en crudo, sin procesamiento ni valor agregado alguno, dominados por el miope afán o la imperiosa necesidad de cubrir presupuestos, tanto el federal como los estatales y municipales.

En defensa de esta perniciosa estrategia se llega a argumentar que la racionalidad indica que uno debe invertir su dinero en las actividades que mayor rentabilidad brindan, y que resulta evidente que entre las refinerías, la petroquímica y la extracción, la más rentable con enorme ventaja es esta última. Lo que se pierde de vista en este razonamiento es que no se trata tanto de una actividad generadora de riqueza, sino de una actividad extractiva de riqueza ya existente y no renovable. Estamos así agotando con excesiva premura herencias ancestrales y desposeyendo a las generaciones venideras, cuando el petróleo será más apreciado, tendrá mayor valor y generará mayor riqueza porque ya no se quemará, sino que se aprovechará esencialmente en la prometedora petroquímica, a la que hoy tenemos tan descuidada y mal administrada.

La apresurada extracción y exportación de hidrocarburos para rápida obtención de divisas, ha tenido como otra indeseable consecuencia el encubrir la falta de competitividad del aparato productivo del país. Gastamos herencia y ello evita que tengamos que trabajar más para generar nueva riqueza, pero cuando el precio del petróleo se desploma queda exhibida esa falta nuestra de productividad y competitividad. Esa vulnerabilidad explica en buena medida la devaluación del peso que hoy padecemos.

Exportaciones masivas de crudo contribuyen a encubrir falta de competitividad de nuestro aparato productivo.