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El movimiento se demuestra andando

  • Salvador del Río

Salvador del Río

La incertidumbre y las amenazas cumplidas de Donald Trump motivan en México la adopción de medidas y la toma de decisiones, algunas de ellas que debieron ser parte de una política adoptada desde hace varios años para reducir la dependencia de un solo mercado.

El secretario de Hacienda, José Antonio Meade, anunció recientemente una serie de estímulos fiscales para las inversiones que se lleven a cabo en las zonas económicas especiales, principalmente en las regiones sur y sureste del país. El efecto que esta decisión de política fiscal tendrá para la creación de nuevas empresas, el aprovechamiento de los recursos naturales de esas partes del país, redundará en la generación de nuevos empleos. No es, desde luego, la solución al problema que se presentará con el previsto arribo de miles, quizá millones de mexicanos deportados de Estados Unidos, según se advierte en la intensificación de las redadas de migrantes que se registran en diversos estados de la Unión Americana.

Uno de los riesgos que más preocupa en la relación entre México y Estados Unidos es la posible modificación o incluso terminación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte suscrito por México, Canadá y Estados Unidos en 1994. El propio Donald Trump confirmó que México es su objetivo a doblar en el TLC. Los beneficios de ese tratado para México han sido principalmente para el sector exportador en el que intervienen capitales tanto nacionales como internacionales y desde luego norteamericanos. Pero es evidente que la actividad de la exportación ha generado ingresos para la economía mexicana y también un número considerable de empleos.

No obstante esos beneficios, el Tratado de Libre Comercio enfocó la atención de buena parte de la producción de México al mercado de la zona de Norteamérica. Se dejó de lado durante todos estos años la diversificación de los mercados tanto de exportación como de importación, que se redujo al mínimo a pesar de los 46 tratados y convenios suscritos con otros países, tanto de América Latina como de Europa. Los mercados de Oriente Medio y Asia permanecen como grandes posibilidades cuyos alcances ahora se advierten.

En ese especie de espejismo que constituyó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, los esfuerzos de México se concentraron especialmente en la producción de bienes y servicios para la zona que abarca el TLC; se descuidó la producción nacional para el mercado interno que en la apertura del TLC se dejó en manos de las grandes trasnacionales que controlan buena parte de nuestras importaciones, del comercio y los servicios.

Como resultado de las reglas establecidas por el TLC, México importa desde hace varios años no solamente combustibles a precios elevados, sino productos agrícolas que por siglos han sido tradicionalmente representativos del campo mexicano, como el maíz, el frijol y otros. La apertura comercial y económica del orden establecido desde fines del siglo pasado en el mundo genera una suerte de consumismo a nivel internacional, en el que los países se ven obligados a comprar del exterior productos y servicios que en rigor no les serían necesarios o indispensables.

Junto a las manifestaciones de rechazo a la política del Gobierno de Donald Trump, que indiscutiblemente muestran la necesaria unidad de los mexicanos y el apoyo a una política firme y resuelta en la defensa de los intereses de nuestro país, volvemos los ojos al interior y promovemos inversiones que redundarán en el fortalecimiento de nuestra economía y en la generación de empleos para los mexicanos desplazados de Estados Unidos.

Los estímulos fiscales anunciados por el secretario de Hacienda son parte de esa política de recuperación y de defensa ante los embates del exterior. En buena hora.