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El muro humano

  • Raúl Carrancá y Rivas

Ainiciativa de varios senadores del PRD, PRI y PAN el pasado viernes 17 de febrero se ubicó una cadena humana en distintos puntos de la frontera norte del país, llamada “Muro Humano, Puente de Naciones”; convocándose a todos los sectores que desearan participar a favor de los connacionales mexicanos, frente a la política discriminatoria y xenofóbica, violadora y ultrajante de derechos humanos, convenios y tratados internacionales, del presidente norteamericano, Donald Trump.

Tal medida tuvo un valor simbólico, de protesta y repudio. Nada más, y de allí no pasó. Lo que yo pienso es que el Senado de la República tiene una función constitucional muy elevada que acatar y ejercer, la de velar por la impecabilidad del pacto federal y su apego a la Constitución analizando la política exterior desarrollada por el Ejecutivo federal, aparte de las demás que le confiere el Artículo 76 de la propia Constitución.

Esta es su tarea básica, esencial. ¿Por qué entonces, además del susodicho muro humano, el Senado no ha promovido en primerísimo lugar una denuncia formal ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Corte Internacional de Justicia, alegando hechos y derechos de todo el mundo conocidos, atribuibles a Trump, y que agravian el orden jurídico de México, incluida su soberanía, y obviamente el internacional? Este es un papel que le compete al Senado de la República dada su alta investidura constitucional.

Ahora bien, respetando el valor simbólico del muro humano, yo sostengo que fue apenas quedarse en la tibia frontera de una mera protesta. Fue un “no me gusta” frente a la agresión desconsiderada de Trump, frente a una falta de respeto en rigor intolerable e inaceptable. La tibieza se contagia en ciertos casos, igual que la timidez, la medrosidad (valga el neologismo), el encogimiento y la cortedad de ánimo. ¿Por qué no tener el valor, la coherencia, de recurrir a los organismos internacionales? Es de elemental política exterior reclamar el reconocimiento que merece la soberanía nacional en un Estado de Derecho. ¿O somos solo causalmente parte de un orden jurídico internacional?

Creo que es una especie de burla indirecta ser miembro de un organismo internacional fundado exprofeso para resolver mediante el derecho conflictos entre naciones libres y soberanas, y soslayarlo o ignorarlo, o bien invocarlo cuando convenga generalmente por razones de política mal entendida. En consecuencia hay que dar un ejemplo civilizado y culto de democracia real y fidelidad al principio universal de la justicia, sin el que es imposible consolidar la convivencia pacífica en un mundo agobiado por la violencia. Falta mucho para que el orden jurídico predomine a plenitud sobre la faz de la tierra, pero por algo hay que empezar. Las violaciones al derecho internacional, ya sean de palabra o de hecho, es decir, en el espacio de las amenazas -que suelen manejarse mañosamente como “advertencias diplomáticas”-, son formas de astucia que no van con el respeto a los valores del Derecho.

El hecho simple es que nos lamentamos, protestamos, acudimos al lenguaje de los símbolos, y hasta allí. La verdad, en cambio, es que el mundo herido lidia con la pusilanimidad diplomática, desdeñando en su mayoría al Derecho, y por ende a la justicia, encerrados éstos en el cajón de la doctrina del que no salen para mitigar la violencia y atenuar el rencor. Ojalá el Senado reaccione y reconozca la trascendencia de recurrir a la justicia internacional.
@RaulCarranca

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