imagotipo

El papa Francisco y Ayotzinapa / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Llegó de visita a Estados Unidos y tuvo la virtud de “voltearlo de cabeza”. Pocos se esperaban la euforia que provocó su presencia, máxime cuando hay sectores fuertes en su contra.

Ganó el imperio de la humanidad, de la concordia, del diálogo. Sin estridencias, les dio gusto a las diversas fracciones legislativas y fue como para quedarse boquiabiertos, el ver llorar de emoción, al vocero del Congreso.

Con su característica humildad, puso el dedo en la llaga. No se midió para tocar temas candentes, como el de la migración, la desigualdad, la pobreza y la obligación de representar –en todo lo ancho de la palabra-, a quienes los eligieron.

El máximo jerarca de la Iglesia Católica, le dio al mundo una enorme lección. A través del diálogo se puede y debe lograr la paz, y acabar con los conflictos bélicos, que afectan a millones de personas.

Criticó, agudo, el tráfico de armas: “sus ganancias están manchadas de sangre”. Dejó claro su apego a los dogmas, como cuando se refirió a la protección de los seres humanos, desde el momento de su concepción, o al matrimonio entre un hombre y una mujer.

A los ataques que lo calificaron de “comunista” y otros epítetos del estilo, respondió con un: “Yo me apego a la doctrina social de la Iglesia”. Quien lo agrede por su inclinación a los que menos tienen, a los necesitados, no ha leído un evangelio e ignora el por qué se dice que Jesucristo fue el “primer socialista”.

Pidió solidaridad y usó el término dándole el peso que tiene el concepto fundamental del humanismo. Qué mejor ejemplo de su comprensión de las relaciones entre países y entre políticos, que el mediar para el acercamiento de Cuba y Estados Unidos. Francisco es un Pontífice fuera de serie.

El mismo jueves, Enrique Peña Nieto, rodeado de su incompetente corte, se reunió con los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Se cumple un año de la noche más triste de Iguala y seguimos sin una conclusión veraz, precisa, apegada a Derecho. ¿Extraña la desazón, la inconformidad de quienes exigen conocer lo que les sucedió a sus hijos?

De nada sirve el que declaren que hay más de un centenar de detenidos; que insistan en que muchos eran policías de un par de municipios y otras corporaciones estatales. Dan cifras altas de declaraciones, de peritajes, de vuelos a la búsqueda de los jóvenes, ¿Y?

La realidad se impone y la tragedia se vuelve un galimatías. Cualquiera, con dos dedos de frente, sabe que unas pesquisas que se alargan en el tiempo, es difícil que puedan tener éxito. Se pierden pruebas, huellas en la escena del crimen, testigos, culpables que se hacen ojo de hormiga.

Al paso de los meses, ni quien se acuerde de los hechos precisos. Entre el trauma de los sobrevivientes, la frustración de los heridos –a los que ni se tomó en cuenta- y la facilidad para que los culpables se hicieran una “versión a modo”, es casi imposible obtener la verdad jurídica.

Los padres demandan el cumplimiento de ocho puntos, entre los que sobresale la creación de una unidad especializada de investigación, con supervisión internacional.

El Gobierno propuso una Fiscalía para investigar desapariciones, que estaría a cargo de la PGR. Si la inauguran con la búsqueda de los 25 mil 648 desaparecidos (2006-2015, datos oficiales), ni con un ejército de funcionarios –que además necesitarían capacitarse- se daría abasto.

De nuevo el compromiso de no dar cerrojazo, hasta llegar a la verdad. ¿Podrán resolverlo en lo que queda de sexenio? Quisiera equivocarme, pero no lo creo.
catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq