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El papa Francisco y el presidente Peña Nieto parecen estar muy de acuerdo | Miguel Reyes Razo

  • Miguel Reyes Razo

Son dos líderes que se dispensan prolongados, vigorosos, cálidos apretones de manos y se reflejan en mutuas sonrisas y simultáneas inclinaciones de cabeza. Son dos guías que aprovechan la proximidad para intercambiar opiniones y juicios instantáneos. Son dos personajes que ofrecen, a la vista de millones, gestos de común acuerdo. Miles de fotografías repiten su actitud. El presidente de México, Enrique Peña Nieto, aplaude con energía pasos y palabras y gestos del papa Francisco.

Y el Obispo de Roma -cuya vestimenta parece elevarlo- parece cohibirse; que su rostro enrojece. Que su sonrisa le ilumina la faz. Que le abruma la dedicación de su anfitrión.

“Es usted el Primer Papa que llega a Palacio Nacional, Santidad” -reseña el presidente Enrique Peña Nieto-. Y también que entró ahí, por la Puerta de Honor. Portón que solo cruza el Presidente de la República. Ira de Jorge Rodríguez Carbajo -Jota Roca en su clave militar- el día que Andrés Massieu y este reportero la cruzaron a todo correr tras el Presidente Carlos Salinas de Gortari. “¡No pueden hacer eso!” -rugía el militar del primer círculo del Presidente. “¡No, no y no!- arrastraba dolido, ofendido. Y eso que Andrés Massieu era secretario Particular del Presidente -doctor Salinas de Gortari-.

Entró a pie. Salió paso a paso. Penetró en la Historia de México. La del Palacio Nacional. Esperado con ansiedad. Aplaudido antes de ser visto. Ovacionado por hombres y mujeres puestos en pie en el Patio Central de Palacio Nacional. Recibido con aplausos. Con explosivas voces de mujeres que muy agudas, muy impacientes, muy tercas, muy caprichosas plañían:

“¡Bendición, Papa.”

“¡Papa Francisco, Ben-di-ci-ón…”

“¡Papa. No se vaya sin darnos su bendición…”

Porfiaron hasta desgañitarse. Ritornelo. Varones ansiosos de notoriedad hicieron rebotar en los muros de Palacio Nacional:

“¡Viva el Papa…”

Que tuvo relativo éxito. Y breve eco. Los asistentes a la ceremonia oficial en Palacio Nacional eran muy diferentes a los que el viernes soportaron rayos abrasadores de un Sol inclemente, horas de “engarrotamiento” en su asiento, cólicos, retortijones y males renales. Y todo con sonrisa y buen humor. Los reunidos ayer en Palacio Nacional son personajes que se conocen y re-conocen hasta “en la forma de andar”. Saben “al dedillo” sus gustos y fobias. El peso de su cuenta bancaria. “Los ires y venires” de hijos y ahijados. Personajes adinerados. Poderosos. Invitados Especiales.

Años atrás, se contaba en el exclusivo “Champs Elysees” del Paseo de la Reforma, que magnates de aquella época se peleaban por pagar las cuentas -cubrir todos los consumos, de cualquier índole- del mundano Girolamo Prigione. Señor de gustos refinados -caros- tenía a su disposición infinidad de tarjetas de crédito que no conocían límite. “Por favor, Excelencia -le decían sus mecenas- ‘no se ande con chiquitas’. No le dé pena. Gaste lo que le venga en gana”. Hechos que recuerdan al interesado Alonso Rondia para atraer a su familia al Príncipe Ugo Conti. Personajes de la novela “Casi el Paraíso” del poderoso novelista Luis Spota.

Estaban ayer en la primera fila. Con esposa. O solos. Francisco estaba entre poderosos. Con toda seguridad conoce a muchos de ellos. Pues al final de la lectura de sus discursos, el presidente Enrique Peña Nieto lo guió hacia los que no tuvieron que solicitar Bendición Papal. Ellos lo tuvieron para charlar y ponerlo al día. Intercambiar intenciones.

Recordar otro encuentro. Pactar futuros. Y reír.

Emilio Gamboa, Miguel Alemán, Alejandro Martí, Luis Videgaray, César Duarte, doña Paquita Ramos de Vázquez, Francisco Torres Vázquez, Juan Francisco Ealy Ortiz, don Juan Gallardo.

El presidente Enrique Peña Nieto le aseguró a su santidad Francisco: “Usted vive en el corazón de millones de mexicanos” FOTO: OMAR FLORES

El presidente Enrique Peña Nieto le aseguró a su santidad Francisco: “Usted vive en el corazón de millones de mexicanos” FOTO: OMAR FLORES

“Es usted el primer Papa que entra a Palacio Nacional”: Presidente Peña Nieto

Alrededor de las 7 de la mañana los reporteros llegaron a Palacio Nacional. Citados en Polanco a las 6. Saltaron de la cama antes de las 5.

Somnolientos como Víctor Antonio Castillo, friolentos como Jorge Puig, desvelados como Salvador Estrada Castro, escépticos o desencantados como Rafael Cardona. Revisión de gafetes. Frío que encorva. Y ayuno. Suerte que en el Salón Tesorería se repartía café y galletas. Ahí llegó Roberto Femat quien compartió:

“¡Qué bien organizado estuvo el acto de bienvenida en el aeropuerto! Transporte puntual. Trato magnífico. No hubo fricciones ni riñas. Tal vez la salida se complicó. Todos querían irse a casa al mismo tiempo. Y pues, no.”

Roberto Femat quien por muchos años ejerció -con notable éxito- carrera de reportero profesional se mezcla con antiguos amigos. Y sopesa lo que ocurre en el medio a la fecha.

Pantallas de buena dimensión siguen los pasos del papa Francisco.

Impresiona a los asistentes la actitud del Obispo de Roma. Solitario, parece crecer. Dirigirse con certidumbre a su destino. Su paso leve arrasa. No se detiene. Nada parece detenerlo. Y en el rostro la sonrisa.

Completa el cuadro. El papa Francisco parece entregarse, rendirse.

El Presidente de México Enrique Peña Nieto lo recibe en la Puerta de Honor. Contemplar la escena -que ocurre a pocos metros de distancia- pone en pie a los invitados especiales. Que ¡aplauden! Sí. Aplauden a la tele. Ovacionan lo que ven. Se transfiguran muchas señoras. Como si cayeran en éxtasis. Suspiros. Grititos. Vocecitas agudas. Casi chilliditos. Y clap-clap-clap…

Encuentro. Aplaude el Presidente. Pone la muestra. Y toda su energía.

Con su total contento. A plenitud. La generosidad del presidente Peña Nieto hace que quienes lo siguen lo imiten. Así, el aplauso se prolongue. Se dilate. Se extienda. Se amplíe. Eco de esos aplausos en el Patio Central. Ya la tele avisa que el Presidente de la República  y el papa Francisco se encerrarán en un despacho. Platicarán. Compartirán juicios. Y espacio en fotografías oficiales. Y obsequios. “Rosarios de barro y ámbar, un “Árbol de la Vida”, salido de manos de aptos de Metepec. Y 2 volúmenes  sobre Arte Mexicano”, fueron los regalos que el presidente Peña Nieto hizo a Su Santidad”. informó enterado colaborador presidencial.

Se les volvió a ver juntos -merced a la televisión- en el acto de cancelación de un timbre postal alusivo a esta Visita a México. La cámara detiene los instantes en que el presidente Peña Nieto muestra a fotógrafos y camarógrafos de su “pool personal”, el timbre de correo.

La pantalla queda en blanco. Los asistentes se recuperan. Retoman el hilo de sus conversaciones. Llega Enrique Ochoa Reza. Director de la Comisión Federal de Electricidad. El director de Petróleos Mexicanos. La llegada del médico-maestro José Narro Robles. Conjunto de personas muy bien vestidas. Mujeres con ropa cara, de firma, de moda. Y perfumes. Y bolsos.

También frente al Obispo de Roma, el Papa Francisco, se compite. ¡Qué caray!

Y los ricos y poderosos se quedaron -pese a gritos exigentes- sin la anhelada bendición

El presidente Enrique Peña Nieto le asegura: “Usted vive en el corazón de millones de mexicanos”. El Presidente comunica su diagnóstico de esta hora del mundo: “Hay posibilidades de dar de comer a toda la Humanidad. Y sin embargo muchos hombres mueren de hambre. Es posible que la Ciencia Médica salve. Y es contradictorio que el conocimiento sirva al negocio de la Muerte”. Enrique Peña Nieto, presidente de México no se arredra al comunicarle: “Dado que irá usted a las fronteras de México, verá un país que procura superar graves retos. Millones de mexicanos esperan de usted un mensaje de esperanza. Aquí le decimos que las causas del Papa son también las causas de México”.

“De cara al Bien. Frente al Mal. Y la Indiferencia. Y he aquí el dilema.

“¿Qué mundo heredaremos a nuestros hijos? Es tiempo de renovar esperanzas -plantea el Presidente al Pontífice Francisco-: Tenemos la obligación de construir un mundo mejor.”

Y el papa Francisco le devolvió:

“En el esfuerzo de mejorara a su país, a México, el Gobierno Mexicano puede contar con la colaboración de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación y que renueva su compromiso y voluntad de servicio a la gran causa del hombre: La edificación de la civilización del amor.

“Me dispongo a recorrer este hermoso y gran país como misionero y peregrino que quiere renovar con ustedes la experiencia de ‘la misericordia’ como un nuevo horizonte de posibilidad que es inevitablemente portador de justicia y de paz.”

Había ojeado el mural de Diego Rivera. Con la explicación que le dio el presidente Enrique Peña Nieto. Se disponía a vivir intensa
ceremonia. Himno Nacional Mexicano. Himno del Vaticano.

Mañana en Palacio Nacional.

Con prójimos que todo tienen. En abundancia.

Que ayer se quedaron frustrados.

Pese a sus gritos destemplados no obtuvieron la tan ansiada bendición del papa Francisco.

Quien salió por la Puerta de Honor. Ocupó su sitio en el Papamóvil.  La Plaza de la Constitución contenía a miles.

“No a tantos como dicen. Muchos lugares quedaron vacíos.”

Se metió a la Catedral.

Por la calle Guatemala -detrás de la Catedral- algunos cientos lo esperaban. Todavía no era mediodía. Y ya lo esperaban en la Basílica de la Virgen de Guadalupe.

/arm