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El Papa y la clase política mexicana / René Arce Islas

  • René Arce

La visita a México del jerarca de la Iglesia católica, el papa Francisco, ha puesto en situación de alerta al Estado laico mexicano, sobre todo por la actitud que han mostrado muchos dirigentes de la clase política nacional en los eventos religiosos. Parece que muchos miembros de la vida nacional sufrieron de memoria selectiva y olvidaron los designios que marca nuestra Constitución política y la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, por lo cual considero prudentes hacer unas anotaciones.

El hecho de que México sea un Estado laico significa que se promueve la diversidad de creencias o no creencias, sin sobreponer una encima de las demás. El Estado no podrá establecer ningún tipo de preferencia o privilegio en favor de religión alguna. Tampoco a favor o en contra de ninguna Iglesia ni agrupación religiosa.[1] Sin embargo, con la visita de Francisco, se minimizan a su máxima expresión las demás creencias marcando una clara tendencia cargada hacia una sola.

En segundo lugar, el hecho de que varios líderes políticos manifiesten sus creencias me parece plausible, ya que muestran una cara mucho más creíble, en lugar de no aceptar su dogma de fe. Sin embargo, en prácticamente todos los actos públicos que se han llevado a cabo, los actores políticos – en su mayoría – subyugan su carácter de representantes populares de un Estado laico a su devoción. Las autoridades […] no podrán asistir con carácter oficial a ningún acto religioso de culto público, ni a actividad que tenga motivos o propósitos similares. En los casos de prácticas diplomáticas, se limitarán al cumplimiento de la misión que tengan encomendada, en los términos de las disposiciones aplicables.[2]

Como tercer punto, los discursos del Papa no han abordado los temas más relevantes en la coyuntura mexicana ni de la coyuntura de la Iglesia católica. Considero que es parte de acuerdos políticos de proteger a las figuras políticas, así como de mantener el statu quo de la iglesia católica mexicana. La demanda pública – justificada – de hablar de los temas que le importan a la nación, le cobrará factura a la imagen del Papa.

Por último, el desarrollo de las jornadas eclesiásticas va a dejar secuelas en la población en general, no solo por las anotaciones antes mencionadas, sino cuando se evidencien los gastos con dinero público que han hecho tanto el Gobierno federal, como los estatales, para la promoción de los eventos eclesiásticos. Los cuales, a todas luces, se ven excesivos, así como el uso de los recursos humanos y las afectaciones vehiculares que han sobrepasado las necesidades para cubrir a un jefe de Estado, como lo es el papa Francisco.

En conclusión, el balance de la visita del Papa no ha sido positiva para la clase política ni para la Iglesia mexicana, ya que el fervor de los fieles no se vio desbordado como en visitas anteriores. El crecimiento de la indignación social se ha visto traducido hasta en uno de los puntos que parecían más estables de la sociedad mexicana. Para la clase política, se deberá hacer el llamado enfático a respetar nuestra Constitución y el Estado laico mexicano que tanto esfuerzo y progreso significó para nuestro país.
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[1] Párrafo 2 Artículo 3 Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público

[2] Párrafo 3 Artículo 25 Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público