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El perdón a los Legionarios de Cristo / Ma. Antonieta Collins

  • María Antonieta Collins

Desde Miami

No me causa extrañeza. De ninguna manera. Por el contrario, al conocer la noticia de pronto mi mente se situó al 27 de septiembre pasado a bordo del avión papal, cuando a escasos treinta centímetros de distancia del papa Francisco le preguntara directamente sobre el perdón a quienes han sido abusadores sexuales siendo sacerdotes.

Los ojos del Sumo Pontífice argentino irradiaron bondad cuando le dije que él había hablado del perdón y que a menudo decía que Dios perdona, pero que nosotros somos los que seguimos pidiendo más perdón, pero recalqué en que había muchos sacerdotes que habían cometido abuso sexual a menores y no habían pedido perdón a sus víctimas.

“Todos estamos obligados a perdonar –me dijo mirándome a los ojos- porque todos fuimos perdonados, pero otra cosa es recibir el perdón, y si ese sacerdote está cerrado al perdón no lo recibe porque él fue el que cerró la puerta con la llave desde adentro…”

Hace casi un mes no entendía el significado de eso y de algo más que siguió diciéndome:

“Dar el perdón es algo al que hay que estar dispuesto, pero no todos lo pueden recibir, no están dispuestos a recibirlo. Es duro lo que estoy diciendo y así se explica que haya gente que termine su vida dura, mal”.

Al pasar esta parte de la historia en el programa político “Al Punto” de Univisión, el periodista Jorge Ramos me preguntó si esto se refería a Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo. Recuerdo haberle respondido a Jorge:

“A título personal, yo creo que sí”. Hoy veo que no fue declaración fortuita, y que ya el Papa había concedido su perdón que no se conoció hasta ahora.

Al leer la indulgencia plenaria dada el 27 de julio pasado a la mexicana Congregación de los Legionarios de Cristo, plagada de acusaciones de abusos sexuales por parte de algunos de sus miembros, comenzando por Marcial Maciel, su fundador, entendí más el significado de Francisco aquel día en el avión, hablando de perdonar, pero siempre y cuando el que pide el perdón haya abierto su corazón.

Para el Vaticano es parte del jubileo de la Misericordia que será inaugurado por Francisco el próximo ocho de diciembre y que coincide también con los 75 años de la fundación de los Legionarios, donde el perdón será el motivo principal para alcanzar la misericordia.

Según el documento enviado por la Penitenciaría Apostólica, los legionarios y los miembros del Regnum Christi, su brazo seglar, podrán alcanzar la indulgencia plenaria si se dedican por un tiempo conveniente a la práctica de las obras de misericordia, así como a enseñar o aprender la doctrina cristiana o participan en misiones de evangelización.

Es la humildad de Francisco traducida a su mejor enseñanza como me dijera respondiendo mis preguntas.

“Una vez en estas reuniones con víctimas me encontré con una mujer que me dijo: cuando mi madre se enteró que me habían abusado, blasfemó contra Dios, perdió la fe y murió atea. La entiendo, porque lo que fue manoseado, lo que fue destrozado era su propia carne, la carne de su hija. No juzgo a alguien que no puede perdonar. Rezo y le pido a Dios, porque Dios es un campeón en buscar caminos de solución, pido que la arregle”.

Así que al leer la resolución dada a los Legionarios, y al ver a decenas de sacerdotes jóvenes de esa congregación por las calles de Roma, de regreso a su residencia cada noche cantando el evangelio, pienso en Francisco que con benevolencia ha comenzado la etapa de la reconstrucción con los Legionarios de Cristo, perdonando los pecados de otros para que comience la verdadera sanación y a cerrar heridas.