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El peso en caída libre / En Cantera y Plata / Claudia S. Corichi

  • Claudia Corichi

Hemos comenzado la última semana de enero con una preocupante, histórica, y cada vez peor caída del peso ante el dólar; no se había visto una devaluación de estas dimensiones desde los últimos periodos del PRI en el Gobierno hace más de 15 años. La devaluación que comenzó el año pasado equivale casi al acumulado en los últimos doce años, sin embargo, el Gobierno federal, y las autoridades monetarias se han mostrado impasibles ante un dólar que ronda los 20 pesos, mientras la economía nacional pende de delgados hilos.

En lo que va de la administración peñista, la depreciación del peso mexicano frente al dólar ha superado el 47 por ciento, pasando de 12.93 por dólar, hasta alcanzar los 19.05 de la semana pasada. A pesar de esto, el Gobierno priísta se ha empeñado en señalar que las variables macroeconómicas, son los suficientemente fuertes como para que México resista los estragos de una baja sin precedentes del precio del petróleo. Peña Nieto, incluso señalaba desde Davos, Suiza hace unos días, que el precio de la moneda estadunidense, no representaba un riesgo para nuestro país.

Sin embargo, hace apenas un par de días, el presidente del Banco de México, Agustín Carstens, señalaba que los países emergentes deben estar preparados para una crisis potencialmente severa y de consecuencias violentas, ya que los estragos ocasionados por nuevas políticas monetarias no convencionales, en las que los bancos centrales intercambian activos de alto riesgo y con vencimiento a largo plazo de diversos inversionistas, por pasivos de menor riesgo y con vencimiento a menores plazos, así como la desaceleración de China –provocada precisamente por esa adquisición de deudas- harían ver su suerte a los llamados países periféricos, ya que con poca oferta de crédito, sólo los bancos centrales podrán dar liquidez a los mercados.

En este escenario de crecientes complejidades, la entrada del Irán al mercado internacional de crudo ha venido a agravar los precios internacionales del petróleo que con una mayor oferta, ocasionaran que el dólar superara apenas la barrera de los 19 pesos la semana pasada.

México no solo se encuentra frente a un escenario de amplia volatilidad y de grandes riesgos para el grueso de la población, sino frente a un Gobierno pasmado, que hasta ahora por no hacer palpable una alarma o un clima de inseguridad, ha preferido ocultar las consecuencias de la mayor devaluación del peso en el siglo XXI, ofertando y gastando las reservas internacionales, incluso más allá de los mil millones de dólares desde el año pasado que comenzó la fluctuación.

Para las y los mexicanos esta situación no sólo se traduce en una inflación en el mercado de importaciones y manufacturas -dónde el aumento de medicinas de patente entre otros, está teniendo ya graves estragos-, sino en una atractiva ocasión para seguir migrando hacia Estados Unidos, a pesar de los grandes riesgos que esto implica toda vez que la rentabilidad de ganar en dólares se ha hecho mucho mayor; dinámica que se confirma con el aumento de más de 500 mil migrantes mexicanos en comparación con 2014 a tierras estadunidenses.

Esta situación está provocando que las empresas reduzcan sus ofertas de empleo o incluso recorten personal, dinámica que de no ser atendida promovería un aumento al índice de empleo informal en México, que supera ya por mucho al 53.8 por ciento de la población económicamente activa, según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Para quienes cuentan con deudas en dólares, muchas no sólo se han convertido en impagables, sino que apuntan hacia una crisis de varios sectores estratégicos en la vida económica del país.

Nuestra economía no solamente ha tomado un rumbo francamente preocupante, sino que ha puesto en manos de la población y la política fiscal el salvavidas a esta situación, en lugar de promover las inversiones. Desafortunadamente 2016, no solo será otro año de nulo crecimiento y recesión, sino una ventana hacia una crisis de dimensiones aun inconmensurables, a la que el Gobierno federal prefiere rehuirle en lugar de buscarle, ya no soluciones sino al menos atenuantes. De no hacer nada el Gobierno de Peña Nieto, quizás la cereza de ese pastel llamado desaprobación social, llegue para ellos de la mano de un billete de veinte pesos.