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El poder de las instituciones

  • Raúl Carrancá y Rivas

Siempre he sostenido que frente a las arbitrariedades del poder o del poderoso, está la fuerza de las instituciones en una democracia auténtica, o sea, el de las organizaciones básicas e imprescindibles de un Estado. Desde que Trump era candidato y conforme iba avanzando su posibilidad de ser el vencedor, junto con su retórica barata, de paupérrima calidad y llena de barbaridades y amenazas contra los derechos fundamentales del hombre, afirmé que ante su muro de ignorancia y soberbia estaban las instituciones norteamericanas con sustento y origen en la gran Constitución de Filadelfia. Es decir, la tradición democrática y humanista, si cabe el término, que hizo de aquella la primera Carta Magna que aglutinara y consagrara en el mundo occidental principios esenciales para la convivencia.

Ahora bien, el dirigente de los demócratas en el Senado de Estados Unidos, Charles Schumer, le dirigió al líder de los republicanos, Mitch McConnell, una carta inusitada en la que le dice que no tendrán en la Cámara Alta los votos necesarios para movilizar al Gobierno después del 28 de abril entrante, si insisten en construir un muro fronterizo o propiciar una política de deportación. El hecho es que la aprobación de la Ley de Gastos requiere 60 de los 100 votos del Senado; pero siendo que los republicanos cuentan con 52 escaños, necesitan por lo menos de ocho votos demócratas. Se trata ni más ni menos que de la paralización del Gobierno norteamericano, algo inédito en nuestro país vecino. Cuestión aparte es que algunos terratenientes de Texas, lo mismo que tribus nativas de Arizona, han manifestado su abierta oposición a la venta de sus propiedades para construir el muro. El caso es que la sociedad civil y las instituciones, en especial éstas, frenan o controlan así el ejercicio de un poder abusivo que se opone descaradamente a derechos ampliamente reconocidos y tutelados en la Constitución norteamericana. A lo anterior hay que agregar la serie de impugnaciones a la política inhumanitaria de Trump presentadas ante el Poder Judicial de aquel país. Lo notable es la preponderancia de las instituciones, su infranqueabilidad. En efecto, las instituciones norteamericanas están quitando los impedimentos que estorban e impiden, es decir, la nefasta política de Trump, que el ideal de la democracia se consume expresado en la consagración de los derechos fundamentales y en su acatamiento. La verdad es que todo indica que la voluntad negativa de un hombre, de un grupo de hombres o de millones de ciudadanos, no es suficiente para obstruir el curso de ese ideal. Por lo tanto, la presencia de las instituciones, su fortalecimiento, son la única garantía para que la democracia y el derecho funcionen. Parece, pues, que lo mejor de Estados Unidos va a salir de su asombro, sorpresa e incluso letargo. A las protestas masivas contra Trump se suma ahora la maquinaria impresionante de las instituciones norteamericanas, donde radica el verdadero poder. Ellas son el auténtico valladar para evitar que el hombre político, ese “extraño personaje en el entorno social”, según palabras de Maurice Duverger, imponga su voluntad o su criterio, aunque lo sigan millones, sobre la razón y la justicia. ¿Pero de qué tipo de instituciones se trata, cómo nacieron y se fueron fortaleciendo con el tiempo, qué representan?