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El poder de ser terrible

  • Paul Krugman

Ya están las reseñas de los 100 días y son terribles. Las caídas de frente en la atención de la salud solo siguen produciéndose, el “plan fiscal” del Gobierno ofrece menos detalles que la mayoría de las recetas de supermercado, Trump ha desertado de sus promesas para ser agresivo en el comercio exterior.

La brecha entre los grandes alardes y los pequeños logros nunca había sido más ancha.

En los últimos meses, los economistas que registran los acontecimientos de corto plazo han estado notando una peculiar divergencia entre los datos “suaves” y los “duros”. Los datos suaves son cosas como las encuestas al consumidor y la confianza de las empresas, los datos duros son cosas como las ventas reales al menudo. Normalmente, estos datos cuentan historias similares (razón por la cual los datos suaves son útiles como una especie de sistema de alerta temprana para los datos duros que seguirán.) Desde las elecciones del 2016, no obstante, los dos tipos de datos han divergido y ha aumentado la confianza reportada -y, sí, una sacudida en las acciones -, pero sin ningún signo real de repunte en la actividad económica.

Lo chistoso de ese aumento en la confianza, es que se dio, en gran parte, según líneas partidistas -y un descenso marcado entre los demócratas, pero, simplemente, un aumento inmenso entre los republicanos-.

La evidencia, en otras palabras, indica que cuando los electores de Trump dicen que tienen muchísima confianza, es más una declaración de su identidad política que un indicio de lo que van a hacer y quizá, ni siquiera, de lo que realmente creen.

¿Puedo sugerir que los grupos focales y las encuestas de los electores de Trump están reflejando algo similar?

Ahora, solo hay que pensar en lo que significa haber votado por Trump. Los medios de información pasaron gran parte de las campañas en darse gusto con una orgía de una falsa equivalencia, no obstante, es probable que la mayoría de los electores hayan recibido el mensaje de que la élite política y mediática consideraba a Trump un ignorante y temperamentalmente no cualificado para ser presidente. Así es que el votante de Trump contaba con un fuerte elemento: “¡Ja! ¿Ustedes, de las élites, creen que son muy listos? ¡Les vamos a enseñar!”.

Como era de esperar, ahora resulta que Trump es un ignorante y temperamentalmente no está cualificado para ser presidente. Sin embargo, si se cree que pronto sus partidarios aceptarán esta realidad, no deben saber mucho de la naturaleza humana. En una forma perversa, la sola atrocidad de Trump le ofrece cierta protección política: sus partidarios no están listos, al menos hasta ahora, para admitir que cometieron un gran error.

Asimismo, a decir verdad, hasta ahora el trumpismo no ha tenido mucho efecto en la vida cotidiana. De hecho, los fracasos más grandes de Trump han involucrado lo que no ha sucedido, no lo que sí ha pasado. Así es que sigue siendo bastante fácil para quienes están tan inclinados a desestimar los informes negativos como prejuicio de los medios.

No obstante, tarde que temprano, este dique se va a romper.

¿Qué aspecto tendrá el momento Katrina de Trump? ¿Será el colapso del seguro médico debido al sabotaje del Gobierno? ¿Una recesión que esta Casa Blanca no tiene ni idea de cómo manejar? ¿Un desastre natural o una crisis de salud pública? De una forma o de otra, va a llegar.