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El poder del entusiasmo

  • Un abrazo al corazón: Adriana Páramo

Si el deseo es suficientemente grande cualquier obstáculo se vuelve pequeño. El entusiasmo es el trampolín que nos va a catapultar, para alcanzar nuestras metas, es la fuerza que nos sostiene en momentos
difíciles.

Algunas personas amanecen con una energía incontenible, otras apenas pueden levantarse. Ser entusiasta más que una cualidad es un estado de ánimo que no necesita ver para creer, porque su fe mueve las montañas.

El entusiasta no es el optimista que mira el lado positivo de las cosas. No es el lógico que optimiza recursos, ni el conservador que actúa por conveniencia. El entusiasta es proactivo no se ata a los sucesos. Como la profecía que se autorrealiza, logra lo que anhela porque cree. Su libertad es plena, y la potencia no la da el intelecto, ni el objetivo intencional, sino la fuente que lo nutre, reconoce, escribe y ejecuta como si se tratara de una novela personal. Para desarrollar el entusiasmo hay que tener claro el objetivo. El sentimiento no se sujeta a la razón sino a la acción. Por eso hay que poner el autoarrancador, y hacerlo ya. Los estados de ánimo acompañan a quien se moviliza. Para entusiasmarse hay que apropiarse del entusiasmo, y transformarlo en acto. No hay peor intento que el que no se realiza.

Este poder crece con el autoconocimiento. El poder del entusiasmo se optimiza no reconoce barreras de género, pero se contagia.

Aquellos que no lo tienen, o lo perdieron, son los que están tristes, pesimistas o les falta el deseo. Su diagnóstico es: Depresión. Lo que necesitan es algo que los apasione, un proyecto que no los deje dormir, que los vuelva distraídos pero les otorgue motivación y sentido.

El entusiasmo ilumina la capacidad con una luz interna. A la inspiración, fervor, vigor, expansión, contagio que genera; su complemento, la perseverancia mantiene la llama encendida. Para pensar en forma global, es necesario ser flexible. En lugar del fanatismo, conviene adaptar el pensamiento a la lógica de la situación concreta a enfrentar. Para Aristóteles la virtud es el hábito del justo término medio.

Fracasar es no animarse a correr detrás de los sueños. El poder del entusiasmo, como la vida, nace, crece, se desarrolla y muere. Es transitorio: cambia y oscila, tiene límites y finales, es como un amor que nos acerca a seres, cosas, ideas que le dan sentido y proyección a la vida. El fracaso no afecta al entusiasta porque su pago está en el proceso y no en el resultado, lo importante es cómo viaja: su felicidad no es la estación a la que arriba sino la manera en que disfruta del viaje. El entusiasmo no se presta, se vive.