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El populismo real y el falso

  • Paul Krugman

  • Paul Krugman

Los autoritarios con la animosidad en contra de las minorías étnicas están avanzando por todo el mundo occidental. Controlan gobiernos en Hungría y Polonia, y pronto tomarán el poder en Estados Unidos. Y se están organizando allende las fronteras: el Partido de la Libertad de Austria, fundado por exnazis, ha firmado un acuerdo con el partido gobernante de Rusia, y sus dirigentes se reunieron con el asesor en seguridad nacional que escogió Donald Trump.

¿Cómo deberíamos llamar a estas organizaciones? Muchos reporteros están utilizando el término “populista”, que significa inadecuado y engañoso. Supongo que el racismo se puede considerar populista en el sentido de que representa puntos de vista de algunas personas que no pertenecen a la elite. ¿Pero, la etiqueta de “populista” realmente captura las otras características que comparte de este movimiento: la adicción a las teorías de la conspiración, la indiferencia al Estado de Derecho, la inclinación a castigar a los críticos?

No obstante, los miembros europeos de esta alianza emergente -¿un eje del mal?- han ofrecido algunos beneficios reales a los trabajadores. El partido Fidesz de Hungría ha proporcionado alivio hipotecario y ha bajado los precios de los servicios públicos. El partido Ley y Justicia de Polonia ha aumentado los beneficios infantiles, subido el salario mínimo y reducido la edad para el retiro. El Frente Nacional de Francia contiende como defensor de su extenso Estado de bienestar, pero solo para las personas correctas.

No obstante, el trumpismo es diferente. La retórica de la campaña pudo haber incluido promesas para conservar intactos a Medicare y la Seguridad Social, y remplazar al Obamacare con algo “increíble”. Sin embargo la agenda política que está surgiendo es todo menos populista.

Todos los indicios son de que estamos viendo enormes beneficios extraordinarios para los multimillonarios, combinado con recortes salvajes a los programas que atienden no solo a los pobres, sino, también, a la clase media. Y la clase trabajadora blanca, que aportó gran pate del 46 por ciento de la parte de votos de Trump, se está perfilando como el mayor perdedor.

Cierto, todavía no contamos con propuestas políticas detalladas. Sin embargo, las opciones de Trump para el gabinete muestran para dónde sopla el viento.

Sus opciones, una para director del presupuesto y la otra para jefe del Departamento de Salud y Servicios Humanos, son hombres que quieren desmantelar la Ley de atención asequible y privatizar Medicare. Su elección para secretario del trabajo es un magnate de la comida rápida que ha sido un oponente vociferante del Obamacare y los aumentos al salario mínimo. Y los republicanos en la Cámara de Representantes han entregado planes para recortes drásticos a la Seguridad Social, incluido un marcado incremento en la edad para el retiro.

¿Qué pasaría con estas políticas? El Obamacare llevó a grandes bajas en la cantidad de personas no aseguradas en regiones que votaron por Trump este año y derogarla anularía todos esos beneficios. El Instituto Urbano, no partidista, estima que la derogación causaría que 30 millones de estadunidenses -16 millones de ellos blancos, no hispanos- perdieran la cobertura sanitaria.

Y, no, no habrá ningún remplazo “increíble”: los planes republicanos cubrirían solo una fracción de las personas a las que protege la ley que desplazarían, y cubrirían a otras más jóvenes, más saludables y más ricas.

Convertir a Medicare en un sistema de vales también equivaldría a un severo recorte de los beneficios, en parte porque llevaría a un menor gasto gubernamental; en parte, porque se desviaría una fracción considerable del gasto hacia los gastos generales y las ganancias de las aseguradoras privadas. Y aumentar la edad para el retiro para la Seguridad Social golpearía especialmente duro a los estadunidenses cuya expectativa de vida se ha estancado o ha bajado, o que tienen discapacidades que les dificultan seguir laborando, problemas que se correlacionan fuertemente con los votos para Trump.

En otras palabras, el movimiento que está a punto de tomar el poder en Estados Unidos no es el mismo que los movimientos de extrema derecha en Europa. Pueden compartir el racismo y el desprecio hacia la democracia; pero el populismo europeo es real, al menos en parte, en tanto que el populismo trumpista está resultando ser totalmente falso, una estafa para la que convencieron al electorado de clase trabajadora, a la que le espera un despertar rudo. ¿Pagará algún precio político el nuevo régimen?

Bueno, no hay que contar con ello. Estas tácticas engañosas épicas, esta traición a los partidarios, desde luego que les ofrece una oportunidad política a los demócratas. Sin embargo, se sabe que habrá enormes esfuerzos por cambiar la culpa. Ellos incluirán aseveraciones de que el colapso de la atención de la salud es, de hecho, culpa del presidente Barack Obama; afirmaciones de que el fracaso de las alternativas, de alguna forma, es responsabilidad de los demócratas recalcitrantes, y una interminable serie de intentos por distraer a la población.

Hay que esperar más artimañas al estilo Carrier que de hecho no ayudan a los trabajadores, pero dominan el ciclo de las noticias. Hay que esperar mucha condenación en contra de las minorías. Y vale la pena recordar lo que los regímenes autoritarios hacen tradicionalmente para cambiar la atención de las políticas fallidas, a saber, encontrar a algunos extranjeros a los que confrontar. Quizá sea una guerra comercial con China, quizá algo peor.

Los oponentes necesitan hacer todo lo que puedan para derrotar tales estrategias de distracción. Pero, por sobre todo, no deberían permitirse una cooperación que haga que compartan parte de la culpa. Se debería forzar a los infractores en esta estafa a que la reconozcan.