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El pragmatismo de las alianzas (II)

  • Joaquín Narro Lobo

En política todo es posible cuando el fin es alcanzar el poder o impedir que el más odiado rival lo haga. De eso se tratan las alianzas, de sumar fuerzas para alcanzar el poder o, de no ser posible, impedir que quien menos conviene a nuestros intereses lo consiga. Así es en México nuestra política de partidos desde que las elecciones son competitivas. Por eso no es de extrañar, como mencionábamos en nuestra colaboración pasada, el pragmatismo del PAN y el PRD rumbo a la elección presidencial de 2018.

Esta alianza, sin embargo, está conformada por dos partes, de acuerdo a los partidos que participan de su iniciativa. Al PAN, partido competitivo a nivel nacional y serio aspirante a alcanzar la presidencia, le interesa frenar al PRI, pues sabe que este partido es con el que disputará el arranque en un segundo lugar que le permita emprender la conquista del primero, hoy en manos de Morena, pero a una distancia lo suficientemente corta para alcanzarlo en una campaña electoral.

Por su parte, el PRD sabe que en la presidencial no se juega nada, pues no cuenta con organización suficiente ni candidata o candidato tan atractivo como para aspirar siguiera a ser competitivo. Su interés en la alianza está en lo que pueda suceder en la Ciudad de México, donde Morena encabeza las preferencias. Para el PRD, es de vital importancia mantener su principal bastión y buscar, desde su gobierno, reinventarse como una opción real y seria en la entidad con el segundo padrón electoral más grande y con el presupuesto más grande.

Vista fríamente, la alianza parece lógica si el objetivo es la conquista del poder. Sin embargo, su viabilidad más allá de lo electoral es prácticamente nula. ¿De qué manera es posible conciliar una agenda progresista que permite la interrupción legal del embarazo o el matrimonio igualitario con los intereses del PAN? ¿Cómo conformar un programa de gobierno basado en la captación de recursos públicos a partir de la reforma energética cuando ésta fue ampliamente rechazada por el PRD? Una alianza que trascienda lo electoral se antoja difícil ante tales deferencias conceptuales.

Atendiendo al pragmatismo al que hemos hecho referencia, me atrevo a aventurar otras alianzas improbables para la imaginación, pero posibles en política. En caso de no alcanzar la candidatura al gobierno de la Ciudad de México y de ser marginado del primer círculo lopezobradorista, Ricardo Monreal podría pactar su candidatura a través de una alianza encabezada por el PRI que haría sumamente competitivo al zacatecano y colocaría la elección local a tercios. De igual manera, en caso de no encabezar a los albiazules, el panista Rafael Moreno Valle podría alcanzar acuerdos con el propio Revolucionario Institucional que le concedan posiciones a su grupo más cercano.

Así de pragmática es la política electoral y así de increíbles las alianzas entre partidos, grupos y personas. En todo caso, la moneda de las alianzas está en el aire y nadie puede cantar victoria en la consolidación de alguna de ellas. La competencia electoral – no necesariamente la democracia – es más real que nunca y todo puede suceder en la lucha por el poder.