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El preámbulo

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

Es hora de saltar, la noche llega, no hay por qué temer, es luna llena, hay un norte que marca la senda, una estrella que intensifica su color y la calle sin rumor luce serena. Ya es hora. Aquí en la terraza eterna de mis velos, diviso lo que hay más allá, el nuevo vuelo, la ensoñación exacta, la esperanza que te hace divagar, el mercurio que suelta el centinela. La antesala es pequeña, no es larga, un tanto confortable. Da un poco de miedo dar el paso, el renuevo, el incierto sofoco de lo desconocido, de lo que hay que aprender, y de dejar atrás. Y soy la multitud. Vivo dentro de las crujías donde el aire destila sofocación y aislamiento. En las partes altas del laberinto habitan los que se creen los mejores espíritus. Ellos repiten que existir es saber que no hay salida. Que en ninguna parte existe lo que fulgura con un gran brío. Solo es el tiempo el que corre y envejece en estas ciudades de humo.

En el preámbulo, escucho un sonido monótono. La noche lame los techos. La señal es un leve avivamiento de las luces de las calles, del resplandor que brota desde las ventanas. En el reposo nocturno, los sueños liberan monstruos y carencias. Muchas pesadillas se pueblan con grotescos seres que brotan de los encierros.

En todas las visiones de la noche vive la amenaza incesante, el acecho de nubes tenebrosas, y los deseos que solo se cumplen en jardines imaginarios. Todo se repite. Todo va y vuelve. El deseo continuo. Y la no satisfacción perpetua. Todo late. En un movimiento pendular dentro de la fragosidad. Una fría brisa surca los pasillos. Las ráfagas que pasan y vuelven calman la angustia, y hacen rodar la columna del sufrimiento que no alcanza a ser disuelta por ninguna promesa de satisfacción futura.

El viento pasa y acaricia. Es la esperanza, es el triunfo final, me insisten las sílfides y los elfos. Es la esperanza de la gran victoria que llegará alguna vez para desparramarse en el aire del dolor más profundo.

Y mientras sigo escuchando el sonido monótono, recuerdo lo que siempre he visto a través de las ventanas, en la superficie de los pavimentos. Recuerdo haber visto alas escapando de los rostros. Y todos vuelan con colores encendidos. Y todo se hace inmenso.

Es entonces, cuando me acerco a un borde de la terraza, descubro que brillan las estrellas, en el espacio libre, sin fin. Y que allí, cerca, con Pasos de diamantina fulge un horizonte de agua joven y salvaje. El mar abierto. Y la luna, sin nunca fracasar, brilla y serena mi sueño.