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El pueblo

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

Llega la tarde y se postra sobre el rio, como una manta tibia y perezosa, llena de befas e ideas paulatinas que arrastra la corriente cadenciosa. Me paro a ver todas las calles, los recovecos las casas con portales blancuzcos, los tejados, callejones inciertos, vespertinos.

El pueblo se entrega y me sonríe, alborozo, impávido y gentil, lleno de apostura. Me cuenta secretos milenarios, historias del añal, los cuentos viejos, me dice sus tristezas y sus glorias, me canta un sin fin de melodías.

El pueblo huele a barro, a polvareda, a agua, al campo verde y a bosta de las cabras que suben para el monte, enfiladas; se restauran las sospechas y las luces que alumbran los senderos de diminutas presencias, de luciérnagas y miríadas.

El pueblo me recoge, me acompaña, me refugia en su seno, en toda la comarca; en el puente de piedra, en el rio que lava todas las ofensas. Me anego en esta tierra que revela diversas cosas y alguna que otra jácara o patraña. Es un lugar evocador y pintoresco, lejos del bullicio de la gente, de los artífices modernos y del glamur jactancioso de la urbe.

En el pueblo se cala la noche, desata contrastes, la montaña se desdibuja, me atrae su semblante, me susurra sueños vendidos de acacias promesas, del palpitar de un amante, de la sencillez como aliento, como un manto oscuro se cosen los ruegos y, con Pasos de diamantina descalzos e hirientes, se escurre la tinta de agua en toda la humedad del suelo.