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El Reno / Punto de Vista / Jesús Michel Narváez

  • Jesús Michel

Para cumplir con una audiencia judicial, tuve que acudir al Reclusorio Norte. Está en el fin del mundo. El ambiente que lo rodea genera escalofríos. En los baños de los juzgados del fuero común no hay agua. Los fétidos olores que salen de la zona de personas detenidas, harían vomitar al más rayado.

Presumiblemente, la audiencia habría de celebrarse entre las 10:30 y las 11:00 de la mañana. Sin embargo, pasaron los minutos que se convirtieron en horas hasta sumar 5. ¿Qué pasaba? El reo que debía estar en la rejilla de prácticas no llegaba. Las dudas me asaltaron y comencé a preguntar. Las respuestas fueron sorprendentes, por lo menos para un extraño en litigar asuntos penales. Resulta que para que un detenido llegue a la rejilla, tiene que pasar por diversos filtros y cruzar el túnel que separa la zona de reclusión de la de diligencias. Y para hacerlo, tiene que “ponerse” con los custodios. Una y otra vez. De lo contrario, aunque el juez de la causa solicite su presencia para desahogar la diligencia, los custodios no lo envían. Me explicaron que la separación de poderes es un hecho consumado en los reclusorios del Distrito Federal. Un juez no puede ordenar que de inmediato haga acto de presencia el inculpado. Simplemente tiene que suplicar que lo pongan a su disposición. Demasiados vericuetos y mucha burocracia combinada con la sutil extorsión de los custodios. Porque no cobran grandes sumas. De 10 pesos por filtro, sin embargo, suman 100. Y cuéntele cuántos imputados son llamados a la rejilla.
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