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El rescate de nuestra esencia nacional

  • Camilo Kawage

1.- En medio del desbridado escándalo de espionaje colectivo, del que ni sabemos cómo nos metieron ni tenemos la menor intención de desenredar por esa inclinación al morbo tan propia de la postverdad y de los hechos alternativos, pasó bastante de noche el rescate de un monumento nacional que nos llena de orgullo y cuya existencia estuvo seriamente en peligro por un verdadero acto criminal del que no se ha espiado bien a los culpables y tenerlos en la cárcel. El monumento es la estatua ecuestre del rey Carlos IV creación de Manuel Tolsá; el acto criminal fue encomendar su restauración a una empresa de talabartería que la dejó a punto de fundición, y el rescate fue una labor delicadísima casi de taumaturgia.

2.- La majestuosa obra, el más desmedido e inmerecido honor a un rey que más bien fue objeto de sorna y desprecio en su tiempo y después, fue concluida en 1803 y el deterioro natural que más de dos siglos a la intemperie, al maltrato y hasta la vandalización reclamaba urgentemente una restauración mayor, no había duda. Sin embargo quedó en la oscuridad el proceso por el que la autoridad de monumentos históricos y el gobierno local, parece que sin conocimiento del Instituto Nacional de Antropología e Historia, seleccionó a una agencia o grupo de seudoexpertos para llevarla a cabo.

3.- El estropicio que perpetraron al tratar el cuerpo escultórico con ácido nítrico entre otros abrasivos, estuvo a muy poco de ser irreparable. La aleación de bronce, estaño y zinc en que está fundida la obra de arte fue casi diluida, y por eso se veía, a jinete y cabalgadura, sudar chorros naranja y verde fluorescente, como en película de intergalácticos. De los autores materiales se supo que fueron inhabilitados por diez años para restaurar el Caballito de Tolsá; de los intelectuales que ordenaron la intervención, no se sabe de ninguno que haya sido condenado por daños a la Nación.

4.- La trascendencia de ese atentado contra una obra de la naturaleza de nuestro Caballito tiene que ver con el patrimonio de México y con la identidad nacional, no nos equivoquemos. Significa un ataque a una sociedad que ha perdido la costumbre de llamar grandiosos a sus monumentos, de evocar su historia gloriosa, y que parece contentarse de invocar un pasado empedrado de fracasos, machacarse un presente atascado de frustraciones, y labrarse un futuro pesaroso de sinsentidos. El de México es un paisaje infinitamente más grande, que contienen también los símbolos nacionales en que nos miramos, y nuestras excelsas construcciones así lo testifican.

5.- Igual que la obra de Tolsá, con su Palacio de Minería enfrente, y el de Comunicaciones de Silvio Contri atrás, los visos de nuestra nacionalidad están colmados de elementos de exquisitez y detalles de refinamiento. Ambos son de los que no tenemos que alardear porque son por sí mismos evidentes, y por ello tampoco podemos ocultarlos, y sería un grave error pretender anegarlos bajo los lodazales de la insidia que nos enfrenta con nuestra propia identidad; esa que intenta torcer un designio de grandeza, alienarnos entre nosotros sembrando escarnio para recoger la hiel de la discordia y socavar nuestra idiosincrasia.

6.- Así como se recató la integridad del Caballito y se han recuperado otros monumentos de nuestro patrimonio histórico, nos toca a cada uno preservar intacta la esencia de nuestro carácter e incólume el derrotero de nuestro porvenir, sin perdernos en la diatriba y la malquerencia.

camilo@kawage.com