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“El Señor Chocolate”, la vieja historia de Kid Terranova

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

¿Conocerán las generaciones digitales a Roberto “Kid” Terranova (David Silva), aquel portento del peso ligero que congregaba multitudes en las arenas y encendía más radiorreceptores que las noticias de la guerra? Su historia, contada por Alejandro Galindo en “Campeón sin corona” (1945), lo hermana con el comediante cubano Rafael Padilla, cuya biografía Roschdy Zem reconstruye en “El Señor Chocolate” (Francia, 2016), el mejor estreno en las carteleras de nuestro país.
DOS VELOCES ASCENSOS

Los cinéfilos mexicanos que vean “El Señor Chocolate” y conozcan ya “Campeón sin corona”, identificarán varias semejanzas entre los dos héroes trágicos: los orígenes humildes, la falta de preparación, la riqueza súbita, la seducción de los placeres, una clara inconsciencia respecto a los horizontes y los peligros que se abren con la fama y la fortuna.

Las diferencias son tan esenciales como los paralelismos: “Kid” Terranova está entre su gente, permanece en su barrio, con su cultura y con sus amigos. Su madre y su novia ejercen un ascendiente moral sobre él, que pese a todo no lo libra de las acechanzas. Padilla (Omar Sy) es en cambio un desarraigado. Para él América es un remoto, doloroso y desdibujado recuerdo infantil. Durante aquellos años aún imperaba la esclavitud en el agonizante régimen colonial, pese a que el patriota Carlos Manuel de Céspedes había decretado la emancipación en la Cuba insurgente. Trasplantada a Francia, la existencia de Rafael Padilla es sin remedio la de un extranjero y la de un extraño; en cualquier sitio de su tierra natal hubiera sido un lugareño entre tantos otros. En Europa, por el contrario, Rafael Padilla es distinto a casi toda la gente, y sus rasgos africanos lo cargan con los prejuicios de un colonialismo en apogeo.

La historia de “Kid” Terranova se basa en la vida verdadera de Rodolfo “Chango” Casanova, el nevero de La Lagunilla que se autodestruyó como tantos otros ídolos de los encordados; incluso en un momento Pedro “Mago” Septién, el popular cronista deportivo que cumple una actuación especial en la película, llama “el Chango” al protagonista. También la de Rafael Padilla es una historia verdadera: una de las últimas ventas legales de seres humanos -prohibidas definitivamente por un decreto del rey de España en 1880, cuando ya la perla antillana se le escapaba de las manos a la Corona de Castilla- le llevó al Viejo Mundo. Una fuga, unos años errantes en el circo, un sinfín de peripecias y un encuentro fortuito con el payaso inglés George Footit (James Thiérrée), encaminan a Rafael Padilla hacia su vocación. Footit descubre el gran talento oculto del antiguo esclavo y le propone que formen una mancuerna. A partir de ese encuentro, Padilla se convierte en “El Señor Chocolate”. Footit y Chocolate triunfan de inmediato ante el público de las aldeas; pronto su fama llega hasta París. El público de la Ciudad Luz, exigente, difícil, puede ser fervoroso con el talento, aunque llegue de tierras lejanas, como lo han comprobado tantos inmigrantes, Josephine Baker, Georges Moustaki, Costa-Gavras, Dalida. Footit el inglés y Padilla el cubano se ganan a los parisinos y se erigen en símbolos de la Belle Époque.

Un día los mismísimos hermanos Lumière llaman a Footit y Chocolate para que actúen en una película. Así, los cómicos vencen a las distancias y a su propia temporalidad.
LAS ACECHANZAS DE LA GLORIA

La fama y la gloria despiertan envidias, algunas muy peligrosas. Footit nutre su gran oficio de la tradición británica, que algunos años después iba a alimentar la comedia muda de Hollywood, con estrellas como Stan Laurel (“el Flaco”) y Charles Chaplin. Footit crea el concepto y las rutinas, es quien más dinero gana con el éxito, pero Padilla es quien acapara la mayor parte de la gloria.

Footit no aparece en los carteles, basta la efigie de “Chocolate” para convocar a la multitud; es Padilla quien reparte autógrafos entre el público infantil, quien concede las entrevistas a la prensa, quien posa para los reporteros gráficos. Footit sufre la amargura de los celos profesionales. También le atormentan los celos del despecho, porque ama en secreto a su partenaire. Cada amorío de “Chocolate” es un suplicio para Footit, incomprendido por su socio, quien dilapida sus encantos, su juventud y su bonanza: “¿En qué aprovechas tus ganancias, Footit? ¿Por qué nunca te veo con una mujer?”.

Footit había sido siempre un solitario errabundo. En pleno triunfo, su amor imposible lo hunde más todavía en la desolación.

Entre tanto, los anillos de 18 quilates y los atavíos de dandi le confieren a Padilla una distinción de príncipe; el ufano “Señor Chocolate” maneja por los bulevares su propio automóvil, lujo reservado a la élite en aquellos días anteriores al “Modelo T”; su sonrisa galana relumbra en el seductor rostro antillano, tan irresistible para las muchachas parisienses como la gallardía latina de Rodolfo Valentino lo sería para las anglosajonas. Pero Padilla no sabe mirar al porvenir. Se juega al azar una y otra vez sus ganancias en los bajos fondos que retrataron Balzac, Víctor Hugo y Eugenio Sue.

Es el mismo camino de la autodestrucción que emprende “Kid” Terranova, a quien su entrenador, el “Tío” Rosas (Carlos López Moctezuma) tiene que dejar en la cárcel para protegerlo de los amoríos y las copas en vísperas de un combate crucial. Y si Terranova se intimida cuando su adversario Joe Ronda (Víctor Parra) le habla en inglés, Padilla se estremece cada vez que se confronta con el racismo y con la doctrina colonialista.

Padilla no está consciente de la envidia que despierta. El rencor, la mezquindad y la envidia de sus antiguos patrones lo llevan a la prisión por carecer de documentos. Ahí los polizontes descargan sus resentimientos ocultos contra el inmigrante que ha llegado a ser mucho más de lo que ellos ambicionarían en sus fantasías más locas. Son pobres, su existencia es oscura y eso no va a cambiar; Padilla es rico, famoso y triunfador. Que sea extranjero y negro les resulta una afrenta. Actúan por ello como todos los supremacistas; el Klu-Klux-Klan se nutre con los blancos que no soportan la idea de que los antiguos esclavos lleguen a superarlos, que sean más talentosos y prósperos.

Pero el peor enemigo de Padilla es otro descendiente de esclavos, un inmigrante haitiano con quien comparte la celda.
EL REGRESO DE YAGO

La película establece un paralelismo entre la historia de Otelo y la de Padilla: el haitiano, un intelectual acerbo, es manipulador y malévolo como Yago, el traicionero servidor del moro veneciano. El inmigrante de la antigua colonia francesa siente una fiera envidia hacia Padilla, otro nativo del Caribe, solo que hijo de la isla más importante de aquel mar americano, la Cuba que habla español, como la República Dominicana, vecina y enemiga de Haití.

Como Otelo, Padilla no sabe reconocer a su enemigo mortal. La primera señal de alarma tenía que haber sido el conocimiento tan amplio del nuevo Yago sobre “el Señor Chocolate”. El envidioso es como el admirador en un aspecto: se mantiene al tanto de los éxitos del personaje ilustre. Solo que en vez de júbilo, le provocan amargura.

El intrigante tilda a Padilla de patiño; le dice que es el tonto de un blanco, la mofa de un público racista. La intriga llega en el momento preciso, cuando mayor daño puede infligir, porque se han acumulado las desavenencias entre los cómicos. “Deja esa pantomima degradante y conviértete en un gran actor dramático, interpreta a Otelo, serás el primer negro verdadero en lograrlo”.

Ante Padilla se abría sin embargo otro camino: que él y Footit se alternasen las mutuas jugarretas cómicas en escena, como iba a suceder años más tarde con el Gordo y el Flaco. Por un instante se asoma esa oportunidad, pero ambos dejan que se les desvanezca. Un día, reconciliados, cobrarán conciencia de lo que pudo ser. Padilla debió confiar mucho más en la admiración que le demostraban los niños que en el discurso de un intelectual siniestro, como hay tantos.

“El Señor Chocolate” es una película poblada de personajes complejos y sólidos, contradictorios y memorables. Padilla y Footit ofrecen también gestos de generosidad, en especial con los desafortunados, lejos de las cámaras de la prensa. Rafael Padilla, tan seductor para las mujeres, a veces tan ingrato con ellas, encuentra el amor puro en Marie (Clotilde Hesme), quien se mantiene a su lado cuando ya ni los recuerdos de los buenos tiempos se conservan en una Europa atrapada por la Gran Guerra.

A cien años de la desaparición de Rafael Padilla, Omar Sy declaró a Radio Francia Internacional: “Hay incluso algo heroico en su vida. En esa época era extremadamente difícil liberarse de la condición de esclavo. Fue alguien que debió llevar sobre sus hombros la causa de los negros, no podía sino aceptar esa carga. Había un tinte militante en la manera de vivir su época y su arte, de manera libre. Chocolate fue un artista que hacía sátiras sobre la sociedad francesa de siglo XIX, aunque eso no se percibía de esa manera en aquel tiempo”.