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El terco acero desenvainado / Numerados

  • Camilo Kawage

1.- La suerte estaba cantada, su abrupta irrupción en la casa del poder se ajustó a su propio guión y comenzó la rotura oficial de platos y cristales. También la no oficial en las protestas con violencia en las calles, incluido vandalismo y choques con la policía. Nada de llamarse a extrañeza, sin embargo, porque la retórica agresiva incita la agresividad física, y la semilla más propicia a los arrebatos de la furia es el paroxismo del escarnio colectivo. Si bien llamó la atención al no referirse a yo, a mí, y agradecerse por su grandeza, el discurso de posesión del nuevo Presidente fue sin duda de mucha unidad –consigo mismo-, y se autoconvocó a quitarle el Gobierno a los políticos y devolvérselo al pueblo, con un par de frases que a Trotsky le habrían parecido excesivas.

2.- El tweet más largo de la cibernética incluyó una enérgica arenga a combate y, entre otras, cumplió la advertencia de que lo escribiría él –más bien pegó sus recados de campaña-; no hacía falta nombrar de nuevo a México, China o Japón como sus objetivos bélico-comerciales. Si su intención era dividir aún más a la sociedad de su país con un pretendido llamado a la unidad, lleno de verdades a medias, como confundir la productividad de Estados Unidos con los empleos a la baja, lo logró de sobra. Como en todos los casos, el daño está hecho con las amenazas de palabra, amén de todas las que sí pueda efectuar.

3.- Esta carnicería norteamericana se acaba aquí y ahorita, dijo en su trumpiana elocuencia al referirse a los olvidados de las ciudades; a los fierros oxidados de las viejas fábricas esparcidos como lápidas a lo largo del país, y al crimen y las drogas y las pandillas que tantas vidas nos han arrebatado, y que han privado a nuestro país de tanto potencial sin realizar. Por años hemos enriquecido la industria de otros países a costa de la nuestra; hemos fortalecido ejércitos afuera en demérito del nuestro, y protegido la frontera de otros descuidando la propia.

4.- Nadie esperaba que en los 18 minutos de su espada desenvainada dijera que la cooperación militar y de inteligencia con México se debe a que son muy bondadosos y que sienten gran aprecio y cariño por nosotros; tampoco diría que todas las líneas de su política obedecen estrictamente a sus intereses, ni que la vecindad geográfica con México –más todas las cercanías que nos vinculan- ha permitido que la industria de su país sea desde hace muchas décadas más grande otra vez y que en no pocos casos ha sobrevivido gracias a esa cercanía; menos aún que hiciera cuentas sobre la aportación de los mexicanos –nuestros brazos y talentos- a la riqueza de Estados Unidos.

5.- Tan lo concibió él que lució la omisión, por razones distintas, a dos vecinos de su país. Cuba, tal vez porque piensa revertir el acercamiento que inició su antecesor hacia una nación que puede traer grandes beneficios a la política y la economía de Estados Unidos en la medida que su desarrollo se empate con la historia; y Canadá, el mejor amigo de sus amigos, el principal socio comercial, y a la que parece dar por hecho porque no exporta apremios. Los obreros y soldadores de Detroit podrán no captarlo de inmediato, pero el personaje sopla vientos de ruptura del orden mundial como lo conocemos, al grado que es difícil prever quién compre Chevys en pocos años.

6.- En sus primeras noches en la sobria casa frente a su esplendoroso hotel de Washington, el caballero podrá confirmar por tweet que México envía a Estados Unidos a criminales, violadores, narcotraficantes y lavadores de dinero: ya les mandamos uno bien grandote.
camilo@kawage.com