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El tiempo y el sentido de vivir / De Justicia y Otros mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

Todo año que se va, tal vez porque nos vuelve más permeables a lo esencial, propicia la reflexión:

En la aventura de nuestra especie, hemos aprendido a crear necesidades que van más allá de la sobrevivencia. La contemplación de la naturaleza nunca ha bastado para entender nuestra existencia. A diferencia de otras especies, tenemos un cerebro desarrollado. Su complejidad impone dificultades que obstaculizan encontrar el sentido de nuestra vida. ¿Qué problema puede tener una estrella de mar ante el sentido de la vida? O un colibrí o cualquier animal que al cabo de unos meses de haber nacido se convierte en aquello que será toda su vida, en aquello que ha sido por milenios. Nosotros debemos construir razones, ser cerebrales. Nos convertimos en seres metafísicos. Las leyes de la naturaleza aparecen en su forma cruda, al tiempo en que vamos conquistando las facultades para trascenderlas. Así surge el mito que nos transforma. La moral. Interpretamos a la naturaleza a nuestra conveniencia y creamos el postulado de ley natural, que se transforma en la razón natural de la ley. El poder lo entregamos, nos subordinamos a los dioses y a sus representantes terrenales. Y, claro, a sus  leyes.

El tiempo tiene el problema del cambio, de lo inestable. Si los conceptos tienden a mantener contornos, limitar su alcance, éste siempre se desborda. Cuando San Agustín se pregunta: ¿Qué es el tiempo? responde: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quisiera explicarlo, no lo sé.” Se comprende en la medida que no tengo que explicarlo. Contiene el problema esencial que supone la relación entre pensamiento y expresión. Puedo medir el tiempo aunque sea incapaz de expresar su naturaleza.

En estos casos el lenguaje evidencia sus defectos. Se abre espacio para la intuición con todo su misterio. Con el cuerpo percibo lo que es el tiempo; Leduc alude a “la dicha inicua de perder el tiempo”.

Concepto de suyo filosófico, nos confronta con nuestro ser espiritual la necesidad de darle entidad material a la experiencia, de invitar al concepto al mundo físico e incorporarlo a nuestra percepción, permitir a nuestros sentidos, como seres biológicos que somos, encontrarse con él. Nuestros ancestros lo tallaron en piedra. Y sin saberlo hicieron cultura, que es producto del tiempo. Por eso hoy conocemos y entendemos su alto valor. Así, quien lo entendía, lo inmortalizaba. El que ve, es el que revela y, más tarde, el que domina.

Al tiempo se le ha representado con algo, cercano en origen pero distante en identidad, en visión del universo. Un calendario es un pacto, un acuerdo que le da sentido a una civilización. Existió uno magnífico y preciso, de piedra. El Calendario Maya que no solo medía los ciclos cósmicos; señalaba con precisión la temporada de lluvia, los momentos propicios para sembrar y pescar. Tenía una función religiosa y civil, establecía las fechas importantes. El tiempo había logrado incorporarse a la vida de los hombres. Estaba ahí; se hizo presente lo intangible. Plasmó el equilibrio y consolidó la noción de armonía.

Tiempo, siempre el tiempo es convocado para dar dimensión de las ausencias. Tiempo que necesitamos para hacernos consientes de la tarea que tenemos y ejercerla con gozo, asumirla como un destino feliz, digno y, por ello, habitable.

Feliz 2016.
Nota: Algunos fragmentos del presente artículo aparecen en una colaboración del mismo autor en la edición vigente de la revista “El mundo del abogado”.