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El triunfo del odio en EUA

  • Betty Zanolli

  • Betty Zanolli Fabila

El mundo entero entró en shock cuando la noticia temida se convirtió en fatal realidad: el candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos de América (EUA) había logrado lo que hasta unas horas antes parecía inconcebible: Donald Trump era el vencedor de la contienda electoral y con ello se convertirá en el cuadragésimo quinto Presidente de aquel país.

Noticia temible que devastó a la mayor parte de la sociedad estadunidense y sacudió las entrañas del mundo entero que, azorado e incrédulo, fue testigo de un hecho revelador: la confirmación plena de que un sector clave de la población humana había decidido reanudar por la vía que creímos históricamente cancelada, pero que por lo visto sus cenizas continuaban con la temperatura suficiente para que una chispa las hiciera volver a arder. Su elección: la vía del odio, aquélla cuyos postulados e ideología pensamos haber superado hace más de siete décadas cuando se creyó habían sido derrocados y erradicados el fascismo y sobre todo el nazismo en Occidente. Pero el resultado de la contienda, más allá de ser una victoria del republicano, es la prueba evidente del fracaso de un sistema que, lejos de procurar el bienestar a los distintos sectores de su sociedad, solo ha logrado enconar hasta ahora su división interna, fomentando grandes desigualdades, marginación, explotación y, por supuesto, sentimientos de profunda frustración y de odio social soterrados que al amparo de la boleta electoral afloraron diáfanamente. Por ello, el despertar del miércoles fue silente, nada había que celebrar, porque el día anterior había demostrado que había algo mucho más grave que el discurso del candidato republicano: la adhesión que logró despertar en sus más de 59.04 millones de adeptos. ¿Por qué ganó? Era la pregunta que todos nos hacíamos, pero más bien deberíamos habernos cuestionado ¿cómo fue posible siquiera que haya llegado a ser considerado como candidato? Ahora tenemos la respuesta; porque en él se identificaron millones de estadunidenses. Muchísimos más de los que creímos habrían de votar por él, en su mayoría ciudadanos del común, identificados en todo caso por ser blancos, de estrato social bajo, mayores de 45 años, carentes de título universitario, inconformes con la política de los demócratas y con el neoliberalismo, que se sienten desplazados por los inmigrantes, siendo la paradoja mayor que el 29 por ciento de sus votantes fuera de origen latino.

Lo más delicado es que mucho se ha dicho que uno fue su discurso para la contienda, incendiariamente mediático, y que otro será el del estadista. ¿Y si no fuera así? Si no lo fuera, habríamos demostrado cuán humanos somos todos: unos por reincidir, al volver a revivir ideologías que en el pasado solo sembraron dolor y muerte. Otros por subestimar al peligro, olvidando que ya Hanna Arendt nos había legado un concepto por demás revelador, el de “la banalidad del mal”. Una banalidad fincada en la normalidad del ser común, y no olvidemos que fueron justamente ciudadanos del común el mayor sector de los votantes de Trump. ¿Acaso esto importa? Sin duda, porque de ello se desprende otra analogía que no podemos soslayar entre lo que ocurre en EUA y el hitlerismo en sus orígenes. Hitler no solo era un ciudadano común, él mismo se autodefinió en su obra “Mi lucha”, como inicialmente “indiferente” hasta antes de sufrir la transformación política que lo hizo convertirse en un fanático del nacionalismo alemán. Nacionalismo que muy pronto lo hizo ver en judíos, gitanos y oponentes políticos a los enemigos del régimen nazi que debían ser exterminados. Planteamiento racista y xenófobo que ha revivido y alarmado desde que apareció en el discurso de Trump al declarar como enemigos de EUA a su vez a mexicanos, latinos, negros y árabes aún antes de que llegara al poder.

Hasta allí la similitud, porque Hitler era un estadista, un ideólogo, que fincó el poderío de la nación alemana sobre el andamiaje de una poderosa religión de Estado, pero Trump solo era, hasta antes del 8 de noviembre, un magnate común que hizo del odio social su plataforma de campaña y que en breve recibirá el control de una de las principales potencias que haya existido en la historia de la humanidad.
bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli