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Electores

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

La elección presidencial en Estados Unidos es indirecta. El ciudadano que deposita su voto en una urna lo hace para elegir a los miembros del Colegio Electoral de su Estado. Y para votar por el candidato del Partido Demócrata o del Partido Republicano. La elección del Presidente es, por lo tanto, indirecta. Es el Colegio Electoral, compuesto por los electores de cada Estado y de la capital federal: Washington Distrito de Columbia, el que decide cuál de los dos candidatos asumirá la Presidencia. Así lo señala y describe en su artículo II de la Constitución, con palabras sencillas, comunes: “el poder ejecutivo se deposita en un Presidente de Estados Unidos… elegido de la siguiente manera: Cada Estado designará un número de electores igual al número total de senadores y representantes al que cada Estado tenga derecho en el Congreso. Efectuada la votación presidencial directa, se procede a instalar el Colegio Electoral en cada Estado. Es ese Colegio Electoral el que, en rigor, elige al Presidente de Estados Unidos. La mayoría que elige al Presidente es de 270 electores. Algunos Estados han pactado que todos los votos de los electores vayan al candidato que tuvo la mayoría en la votación directa. Pero ese es un acuerdo que puede ser modificado por el mismo Colegio Electoral, el cual decidirá en reunión total cuál de los dos candidatos será investido como Presidente. La decisión es más complicada. Pero la esencia del artículo II es la disposición constitucional que otorga al Colegio Electoral la facultad soberana de elegir al Presidente. Los dos casos más evidentes y recordados son los de Abraham Lincoln el 6 de noviembre de 1860, y el de George W. Bush, en 2001, quien perdió la elección directa por 539,947 votos, pero ganó la Presidencia.

El Colegio Electoral decide en unas cuantas horas, quién será el Presidente. Así, el Colegio Electoral como un todo mantiene su prestigio y los votantes lo ven como un conglomerado de iluminados que en situaciones críticas asume la responsabilidad de darle a Estados Unidos de América del Norte el presidente que el país realmente requiere. Y el Colegio Electoral ha decidido bien. El ejemplo prístino es la elección de Lincoln por el Colegio Electoral en noviembre de 1860 lo que hizo posible que el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo no desapareciera de la faz de la tierra, como lo dijo el inteligentísimo presidente que volvió a unir a Estados Unidos y al mismo tiempo demostró el poder de la inteligencia de un político en su momento estelar.

Cuando asesinan a Lincoln asume estatutariamente la presidencia el vicepresidente Andrew Johnson. Los Republicanos recalcitrantes le hacen la vida imposible y lo someten a juicio de residencia –Impeachment se denomina oficialmente el procedimiento de destitución—por una supuesta violación al reglamento de nombramientos burocráticos. Algunos dicen que a Johnson lo hubieran destituido por “pisarle la cola a un perro”. Johnson se mantuvo en la presidencia y, como lo hiciera Lincoln, fortaleció al Norte, respetó al Sur, y Estados Unidos continuó siendo un Estado nacional unificado.

Es posible que en noviembre del 2016 el Colegio Electoral: 270 hombres decidan por una nación de más de 300 millones, quién debe ser el Presidente. Como lo ha hecho en las situaciones más críticas que ha vivido esa nación habitada por quienes salen vivos y viables de ese crisol de nacionalidades que Donald Trump niega.