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Elena Garro, periodista / De Cara al Sol / Andrea Cataño

  • Andrea Cataño

Tenía los ojos brasas de carbón encendido, una risa deliciosa y un ángel antropófago. Elena Garro era de esos seres que, como decía mi mamá, “te echaba el vaho del coyote”, al referirse a alguien con encanto hechicero. La recuerdo no como a la gran escritora, ni como a la exesposa de Octavio Paz, sino como a uno de los maravillosos personajes que poblaron mi infancia y adolescencia. Cuando ella y “La Chata” regresaron de Estados Unidos en 1963, se instalaron una temporada en mi casa, refugio frecuente de talentos en desdicha. Totalmente impredecible, Elena un día se iba al centro, regresaba con telas, tomaba el martillo y se ponía a tapizar muebles como profesional. Otro día nos llenaba la casa de campesino al borde de la inanición para mortificación de mi padre que corría a comprar conchas, leche y chocolate, remedio suficiente, según mi padre, para paliar la más canija de las hambres. Elena era capaz de sobrevivir durante meses a base de café con leche y podía estar en la miseria, pero vestida por Dior. Melena rubia, collar de perlas, labios rojos y figura espigada, abanderaba las causas de los desposeídos y tenía una mala salud de hierro. Ella y “La Chata” estaban siempre enfermísimas y en la quinta chilla, porque el dinero que mandaba Octavio (quien, justo es decirlo, nunca las abandonó a su suerte) y el que ganaban por aquí y por allá, lo destinaban para las más absurdas empresas, como alfombrar de pared a pared con la mejor moqueta color camello una enorme casa rentada o comprarse veinte pares de zapatos italianos. Así la tengo presente en mi memoria, porque gracias a Patricia Rosas Lopátegui, en su libro “El asesinato de Elena Garro”, la descubrí como periodista, y también entendí parte de su dramática relación con Paz y de sus avatares antes, durante y después de la tragedia de Tlatelolco.

En 1941 Garro comenzó a trabajar como reportera en la Revista Así y en el libro de Rosas Lopátegui están recopilados los reportajes, entrevistas y artículos que la escritora y dramaturga poblana realizó gracias a un talento periodístico nato y una pluma como afilado bisturí. Con su libro, Patricia nos ayuda a comprender porqué los intelectuales conservadores de su tiempo la satanizaron y por qué el sistema se dio a la tarea de asesinar en un sentido más que figurado la palabra punzante y corrosiva de Elena.

La vida de Garro es apasionante no solamente por su fulgurante talento literario y su complejísima personalidad, sino porque revela el entramado del mundo intelectual de la segunda mitad del siglo XX y la enrarecida situación política que marcó el 68 con la tragedia de Tlatelolco, fecha que la marcó para siempre. En esas fechas, la autora de Los recuerdos del porvenir (su obra más conocida y la única que se reedita actualmente), publicó que un grupo de intelectuales ultra izquierdistas entre los que figuraban Carlos Monsiváis y Rosarios Castellanos -por mencionar solo a dos de los muchos en su lista- azuzaban a los estudiantes inconformes para promover la agitación y el derramamiento de sangre.

Estas declaraciones obligaron a las Elenas a exiliarse en España, desde donde le hablaban casi diario por cobrar, cuyos cuentones mi mamá llegó un momento en que ya no podía pagar. Cuando en 2006 los documentos de esa época negra de nuestra historia se desclasificaron, se supo que Elena era informante de la Dirección Federal de Seguridad. En 1993, la escritora y su hija regresaron a México. La amistad con mi madre se había enfriado a raíz de su negativa para recibir más llamadas por cobrar desde España y no volvieron a tener contacto.

“El asesinato de Elena Garro” es un libro imprescindible para quienes estén interesados en el periodismo y en la visión femenina -que no feminista- de una de las más grandes escritoras mexicanas a la que el porvenir no parece recordarla como se merece.
andreacatano@gmail.com