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Elevados precios de energéticos perjudican nuestra vital competitividad

  • Alejo Martínez

  • Alejo Martínez Vendrell

Se ha insistido por los voceros gubernamentales en sostener que las gasolinas que se venden en México están subsidiadas. Por ello es conveniente reiterar que tal subsidio está muy lejos de la realidad y es solo producto de un cálculo tergiversado en función de las propias conveniencias. En México hemos estado padeciendo una estrategia autodestructiva ya que, en materia de los cruciales precios de energéticos, se ha venido aplicando una política pública que establece niveles superiores a los de nuestros principales socios o competidores comerciales. Pero no solo se trata de que nuestros principales competidores, Canadá y EU son países que cuentan con un mucho más elevado nivel de ingresos y pueden absorber los precios de las gasolinas con mucho menores afectaciones al poder de compra de las familias.

Hay otro aspecto de suma relevancia que radica en la competitividad de nuestro aparato productivo. Cuando nuestras empresas tanto del sector industrial como del comercial tienen que pagar uno de los principales componentes de sus costos de producción, el consumo de energéticos, sean electricidad o gasolinas o diésel, a precios más elevados que sus competidores, como ha estado sucediendo, se castigan drásticamente las posibilidades de sus ventas y hasta de su subsistencia, tanto en los mercados internacionales como en el propio mercado nacional. Por ello se afirma que se trata de una inconsciente pero autodestructiva política gubernamental.

Las empresas mexicanas enfrentan muchas desventajas en términos comparativos con respecto a países desarrollados: padecemos una infraestructura de transporte mucho más raquítica y deficiente: la red y servicio de los vitales ferrocarriles es apenas un drástico ejemplo aislado, pero se extiende también a las carreteras, a las telecomunicaciones, a los puertos, aeropuertos, etc. Los transportadores de mercancías se ven obligados a transitar por deficientes supercarreteras con costos singularmente elevados, mientras los competidores por EU y Canadá transitan en estupendas vías sin peaje o costos adicionales.

Los niveles de formación académica y de capacitación para el uso de modernas tecnologías por parte de la población, concede a países desarrollados grandes ventajas adicionales. Los ofensivos rasgos usurarios de elevados costos con los que opera nuestro deficiente sistema financiero, frente a uno de los más avanzados del mundo como lo es el canadiense, constituye otra severa desventaja que opera en contra de las empresas nacionales. Si a esos y otros factores le agregamos que tienen que comprar energéticos más caros que los de esos países desarrollados, nos toparemos con una parte de la explicación sobre la falta de competitividad de nuestro aparato productivo que nos genera permanentes déficit de cuenta corriente.

Lo expuesto obliga a una aclaración adicional. Si bien tenemos con EU una balanza de cuenta corriente superavitaria, en gran medida se debe a dos factores atípicos: recibimos por concepto de remesas de trabajadores emigrados una suma que ha rondado los 25 mil millones de dólares anuales (exportamos seres humanos además de mercancías) y por otra parte a que el dólar estadunidense cuenta con un exótico poder sobrenatural. Goza de una confianza irracional, su valor reposa en la fe casi religiosa que le profesa gran parte de la comunidad económica internacional, a pesar de una absoluta falta real de solvencia.

En algún futuro, quizá no muy lejano, sucederá algo similar a lo que el mundo vivió en diciembre de 1971 cuando el presidente Richard Nixon decidió aparecer ante los medios de comunicación para anunciar que a partir de ese momento el dólar abandonaba el acuerdo de Breton Woods y por voluntad unilateral dejaba de ser convertible en oro. El dólar se devaluó ante las principales monedas (el peso mexicano junto con éste) y desde entonces su valor tiene un respaldo puramente fiduciario, es decir, basado en la fe que se le tenga. Y por lo visto todavía se le tiene una fe muy por encima de lo que marca su gigantesco, sin precedentes históricos, déficit de cuenta corriente. Y así el dólar hasta se revalúa frente a múltiples monedas. Una prueba más de la irracionalidad que muchas veces caracteriza a los mercados financieros.
amartinezv@derecho.unam.mx @AlejoMVendrell

Descomunal déficit de cuenta corriente de EUA en abierta contradicción con valor del dólar.