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En Cantera y Plata

  • Claudia Corichi

  • Claudia S. Corichi
  • Septiembre patrio en el ocaso del Gobierno

La celebración del Grito de Independencia el jueves pasado en el Zócalo capitalino es retrato de la distancia y el desconocimiento de Peña Nieto con la cruda realidad del país. La resaca de este puente patrio nos ha alcanzado esta semana con un nuevo récord para el dólar que ha llegado a los 20 pesos, mientras que escuchamos más de esas vagas palabras del Ejecutivo en la sesión 71 de la Asamblea General de Naciones Unidas. La imagen de esta grave tragedia, resuena en la desaprobación que 8 de cada 10 mexicanos le da a la gestión presidencial.

Fueron dos realidades las que se desarrollaron en el marco de las celebraciones patrias. Desde muy temprano diversos medios destacaron la llegada de acarreados provenientes de los suburbios del Estado de México, Hidalgo y Puebla; las historias son las de siempre, dinero, despensas, transporte y comida fueron los motivantes para que estas cientos de personas se volcaran en la mayor plaza de México con pase asegurado a cambio de no insultar o encabezar la rechifla al Presidente.

En contraste, las columnas, las conversaciones banqueteras y la otra concentración encabezada por los padres y madres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, ciudadanos, mayoritariamente jóvenes, que participaron la tarde del 15 de septiembre en la protesta #RenunciaYa, relatan el desánimo social. Así, la Ciudad de México vivió dos marchas en plena celebración del 206 aniversario del Grito de Independencia, una para exigir la renuncia del Presidente, otra la de los acarreados a la ceremonia del Grito de Independencia.

Sin embargo, esto no inmutó a Peña Nieto para hacer presencia en el balcón de Palacio Nacional acompañado de su esposa y familia cercana (sus hijos y los de su esposa). Tampoco a su equipo cercano para acompañarlo públicamente. Peña ha entonado un ¡Viva México! desde una burbuja, aislado del humor social, de las encuestas que tanto interesaban en un principio, de los poderes de la Nación. El Presidente ha subido ensimismado, enmarcado por una ofensiva opulencia. Igual que en la decisión de invitar a Trump, se le ve sin rumbo o estrategia, sin asesores oportunos. Solo, solo, solo. Incidental o intencionalmente, no aparecen ni aparecieron en escena para acompañar o cubrir a su Jefe los secretarios de Gobernación, de Hacienda, de la Defensa Nacional ni de Marina, no estaban ahí los representantes de los otros poderes del Estado. Peña aislado. Sabe que algo está mal pero no sabe cómo resolverlo en este catastrófico momento, no tiene quien le ayude, quien le diga la verdad, quién le opere, quién lo modere. No hay siquiera un Fouché. No hay estrategia.

Desde la comunicación política, resulta irracional dicho acto. No solo ha sido el rimbombante vestido de la primera dama, sino esa irrealidad en la que vive, que le ha construido su círculo cercano, y que hoy ante el rechazo social, ha culminado en una de las más surrealistas celebraciones de independencia. A nivel de piso, el desangelado ambiente no solo deja ver como la simulación no basta para el evento, la gente ha perdido los ánimos, la tradicional verbena en donde sin importar las clases sociales se conmemoraba el hecho de ser una nación libre ha sido olvidada, quizás con el afán de acallar las críticas de la inverosímil austeridad del Gobierno federal pero solo para los de a pie.

Detrás de esta amarga e incómoda celebración, sin embargo está ese México que resiste a todo, aquel que nos cimbra en lo más profundo cuando se está lejos y se extraña a su gente. Ese que nos hace gritar ¡Viva México! aunque sea Peña el que dé el grito y sostenga la bandera nacional.

El México que se lleva en el corazón, rico en biodiversidad, lleno de destinos paradisiacos y de aquellos que son reconocidos internacionalmente como Patrimonio Cultural de la Humanidad; con esa oferta de comida exquisita que puede deleitarse en cualquier rincón del país y que refleja esa inmensa cultura que nos remonta desde la ancestral sabiduría de nuestras raíces indígenas, hasta los más complejos sincretismos, que hacen de ciudades como la CdMx, o las grandiosas ciudades coloniales o las inigualables playas lugares para que el 80 por ciento de los visitantes extranjeros quieran volver.

A 206 años del comienzo de la Independencia, es lamentable y triste que tengamos poco que celebrar, que estemos al borde del colapso político, económico y social. Gritamos ¡Viva México!, porque queremos que viva, que reviva su grandeza, que resurja de entre las ruinas. Gritamos también por esa justicia social que es irrenunciablemente urgente y por nuestra nación que amamos por encima de quienes se empeñan en pisotearla.