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En Cantera y Plata

  • Claudia Corichi

  • Claudia S. Corichi
  • Las familias y el amor en tiempos de cólera

Las manifestaciones que se han dado las últimas semanas respecto de los “matrimonios igualitarios” en México, me hacen pensar que la gente ha normalizado la violencia, mientras por el contrario estigmatiza el amor; yo en lo personal no me siento amenazada porque la gente se ame, del sexo que sea, del color que sea, de la religión que sea, el amor no puede hacer que yo sienta rechazo, ni mucho menos miedo.

El discurso de odio y homofobia de algunas asociaciones ha querido disfrazarse de “interés superior de la niñez”; para quienes hemos luchado desde siempre por la progresividad de los derechos humamos, sabemos que la intolerancia es la que motiva esta oposición que hoy ha tomado el espacio público para pedir que la discriminación sea legal, incluso cuando el Papa Francisco ha dicho públicamente que la Iglesia Católica le debe una disculpa a la comunidad homosexual, mientras que acá muchos jerarcas religiosos usan el tema eludiendo las violaciones de padres pederastas a millones de niños en todo el mundo, muchas que hoy siguen impunes, distrayendo con este tema el encubrimiento de lo que no se debe justificar jamás, los crímenes sexuales perpetrados por maestros, curas e incluso familiares homosexuales o heterosexuales que deben ser castigados.

Decía Simone De Beauvoir, que lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación; yo sumaría a esto la prohibición. Y es que justamente otorgar todos los derechos a las personas con preferencias sexuales diversas, va más allá de incorporar ideología a las políticas públicas como han planteado estos grupos, es llevar a que las libertades se garanticen desde el terreno de las leyes.

A pesar de los avances que se han conseguido en la Ciudad de México respecto de los derechos de la comunidad LGBTIQ, nuestro país ha entrado tarde al debate sobre el derecho a la maternidad y paternidad en parejas del mismo sexo, esto a pesar que desde 2009 la cifra de matrimonios entre parejas homosexuales, ha llegado a poco más de 5 mil actos civiles tan solo en la CdMx.

En 2006 México, no formó parte de la discusión que dio pie a los Principios de Yogyakarta, donde se establecieron por primera vez los lineamientos sobre cómo se debe aplicar la legislación internacional de derechos humanos a las cuestiones de orientación sexual e identidad de género, y en los que se establece a través del numeral 24, que toda persona tiene el derecho a formar una familia, con independencia de su orientación sexual o identidad de género, la existencia de diversas configuraciones de familias, y la observancia de que ninguna familia puede ser sometida a discriminación basada en la orientación sexual.

Apenas en 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, resolvió por primera vez sobre el conocido caso de Atala Riffo, que la preferencia sexual constituía una categoría sospechosa de discriminación, por la que el Estado chileno había negado la custodia de sus hijas a una mujer que vivía en un matrimonio homosexual y por el que se dictaminó se violentaron los derechos a la igualdad, a la no discriminación, a la vida privada, a la vida familiar, a las garantías judiciales, a la protección judicial e incluso a  los derechos del niño en el caso de las menores.

La reforma al Código Civil del entonces DF y la Ley de Sociedades de Convivencia fueron pioneras en el reconocimiento del matrimonio homosexual que se ganó apenas el año pasado en la Suprema Corte de Justicia de la Nación,  y que un mes después culminó en una sentencia que reconoce a las parejas homosexuales como un modelo de familia.

Tengo amigos homosexuales que han sido solidarios cuando muchos no lo fueron, inteligentes cuando en muchos ha reinado la idiotez, valientes muchos para vivir su sexualidad con honestidad en una sociedad que los señala, que los excluye y los lapida con adjetivos que incluso en casos extremos asesina. Tengo amigos homosexuales con diversas personalidades y caracteres, muchos de ellos alegres, otros secos, pero en la misma proporción que amigos y amigas heterosexuales, cada uno y cada una de nosotras: diferentes.

Respeto la diferencia de opiniones, entiendo que han sido siglos de discriminación, de una masculinidad hegemónica en las que caben muy pocos y desde la que se mide a todas y todos. Hasta hoy no existe una fecha real en la que el Congreso discuta la “oportunista” iniciativa del Ejecutivo, sin embargo, tengo en claro que mi voto será a favor de la progresividad de los derechos humanos. Mi voto personal es que gane el amor en cualquiera de sus formas por encima del prejuicio y del odio, por encima de la violencia hacer es actuar con responsabilidad.