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En Cantera y PLata

  • Claudia Corichi

  • Prioridades en protección consular
  • Claudia s. Corichi García

La crisis que vivimos con Estados Unidos ha generado una inmensa tensión entre nuestros connacionales del otro lado de la frontera. Las deportaciones se están convirtiendo en una terrible realidad, por lo que enfrentamos uno de los más grandes retos de nuestra era. Nuestros migrantes están consternados, no quieren volver al México que les negó la oportunidad de soñar.

La visita que tuve a Phoenix, Arizona, este fin de semana, en el marco de la segunda reunión de Agenda Migrante, organizada por Jorge Castañeda, Eunice Rendón, y el Grupo Nexos ha sido sin duda un trago de realidad. Mientras la política exterior ha pasado a formar parte ya natural de la agenda pública y de las tertulias cotidianas; millones de migrantes viven con miedo, muchas y muchos señalan que desde el 20 de enero viven “en la obscuridad y en la sombra”, sin salir ni al cine.

Después de varios testimonios de muchas de nuestras migrantes que fueron deportadas hace unos años con la famosa Ley SB1070, uno puede darse cuenta que sus intentos por rehacer su vida en sus lugares de origen está lleno de frustración. Muchas dicen que si en México hubiera oportunidades dignas jamás hubieran ido a EU; otras narran sus experiencias de regresar a su tierra y sentirse como indocumentadas en su propio país, y otras dejan ver su desesperanza al narrar cómo fueron víctimas de la inseguridad o la corrupción.

Las peticiones de nuestros migrantes van desde ampliar los horarios de atención hasta recibir asesoría legal gratuita en los más de 50 consulados mexicanos en Estados Unidos, pero sobre todo que transformemos a México.

Necesitamos que el recurso extraordinario de mil mdp que se dio a protección consular para este 2017 –y que fue apenas un recorte del gran presupuesto del INE- se transforme en beneficios y garantías para nuestros connacionales. Debemos sumar a esta titánica tarea el apoyo de organizaciones civiles y defensorías de derechos humanos de los migrantes, a quienes no solo debemos hacer partícipes, sino parte de ese presupuesto para que continúen con la labor que realizan en bienestar de los nuestros.

Es prioritario que los consulados tengan entre sus tareas la labor de difundir las medidas que todas las personas en riesgo de deportación deben tomar. Acciones tan básicas como instruirles en qué hacer cuando se encuentren con las autoridades migratorias de Estados Unidos, como previsiones administrativas y legales, tales como designar ante notario a quién se quedará como tutor de sus hijos; notificar al banco quién tendría acceso a retirar fondos, y en el trabajo a recibir el último sueldo. Queremos que los consulados se vuelvan verdaderos “santuarios” para nuestros migrantes.

De aquel lado están inconsolables, no ven en México el lugar que quieren para sus familias, para sus hijos, no ven el sueño mexicano para nada. Es un riesgo latente que a muchos de ellos -sobre todo a los padres- los regresen, y que así millones de familias queden separadas por la decisión de un solo hombre.

De vuelta a México no me ha quedado duda alguna de que la defensa de nuestra gente, de sus derechos y dignidad, debe realizarse desde ambos lados de la frontera, con políticas públicas que les den prioridad, pero también con visiones que transformen el país, porque por ahora, con los precarios salarios, la alta inseguridad, la baja educación y el alto desempleo que tenemos, poco podemos ofrecerles para venir a soñar de este lado de la frontera.