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En el ocaso de la seguridad social / El Agua del Molino/ Raúl Carranca y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos consagra en el cuarto párrafo de su Artículo 4º uno de los más importantes derechos sociales reconocidos por el Texto Supremo: el derecho a la protección de la salud, con relación al cual establece que “la ley definirá las bases y modalidades para el acceso a los servicios de salud y establecerá la concurrencia de la federación y las entidades federativas en materia de salubridad general, conforme a lo que dispone la fracción XVI del Artículo 73 de esta Constitución”. Esto es, el régimen constitucional mexicano incorpora un derecho fundamental de carácter prestacional desde el momento en que comprende obligaciones positivas, de hacer, por las que el Estado mexicano está constreñido de abstenerse a dañar la salud. Se trata de una protección hasta cierto punto reciente al haber sido incluida en el texto constitucional solo hasta la reforma del tres de febrero de 1983. Sus antecedentes, en cambio, pueden remontarse a la política social del presidente Lázaro Cárdenas, que en 1938 lo llevó a establecer la primera Secretaría de Asistencia Social que en 1940 se transformó en Secretaría de Salubridad y Asistencia por decreto del presidente Manuel Ávila Camacho, en cuyo sexenio el impulso estatal a favor de la salud pública continuó fortaleciéndose, a tal grado que en 1943 nació el Instituto Mexicano del Seguro Social, hasta hoy la entidad pública de seguridad social más importante de América Latina, cuya tarea de protección a la salud de los mexicanos complementa desde 1959 el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, fundado a su vez por Adolfo López Mateos para asistir particularmente a los trabajadores del Gobierno federal.

No obstante ¿qué sentido tiene que el país esté dotado de un sistema ejemplar de seguridad social al que todavía deberíamos agregar el llamado Seguro Popular, establecido para financiar la provisión de los servicios de salud a la población beneficiaria del Sistema de Protección Social en Salud, si estamos viviendo la mayor crisis de seguridad social que ha enfrentado el país en la época contemporánea? Las cifras son escalofriantes. El 80 por ciento de los jornaleros del sector agropecuario (cerca de tres millones) carece de contrato laboral y de seguridad social; cada vez estamos más cerca de que el sistema de pensiones se colapse con todo el riesgo social que ello implicará. La solución que al respecto ofrece la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico es que se eleven los montos de las contribuciones. ¿Qué salario alcanzará para ello y con qué garantías de seguridad social podrán contar los presentes y futuros trabajadores? La sociedad mexicana es cada vez más de mayor edad y para un Estado como el nuestro, saqueado a mansalva por las distintas administraciones al poder, es inminente que no podrá enfrentar y cumplir con la carga pensional de un sector cuya gravación va en aumento. Las grandes expectativas que las reformas al IMSS y al ISSSTE realizaron las administraciones de Ernesto Zedillo y Felipe Calderón y las que están por concretarse en el Gobierno actual, no solo no resolverán este grave problema, solo agudizarán la problemática y crisis social. Prueba de ello, los pasivos laborales que dejaron crecer y que no supieron resolver de entidades de la talla de Petróleos Mexicanos y Comisión Federal de Electricidad. De nada servirá la nueva reforma que se fragua en materia del Sistema de Ahorro para el Retiro. Y así, mil problemáticas más. En pocas palabras, estamos viviendo la agonía de nuestra seguridad social como lo prueba el hecho de que cada vez menos trabajadores cuenten ya con prestaciones sociales. La estabilidad en el trabajo y una pensión digna para el retiro son estertores del ayer. Las condiciones laborales son cada vez más deplorables y la aspiración a una vida digna está cada vez más lejos de las expectativas de los trabajadores mexicanos y de la sociead en general. ¿Cuál será el panorama que habremos de enfrentar a muy corto plazo? Grandes preguntas, muy graves cuestiones, que requerirán sin duda de más profundas y contundentes soluciones para las que esperemos estar preparados.
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