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En la negación

  • Catalina Noriega

Jamás creímos llegar a las cifras escandalosas de muertos del Calderonato y su “guerra contra el narco”. Menos pensamos que la nueva administración las superaría. A este paso, no habrá un mexicano que se salve de cualquier delito.

La actitud de las castas divinas, de las distintas entidades, municipios y federal, es la negación. Solo los organismos de la sociedad civil advierten sobre esta realidad, que cada día amarga más la vida de los mexicanos.

Hace unas semanas fue el Observatorio Ciudadano (Francisco Rivas) el que sonó la alarma. Ahora es Semáforo Delictivo (Santiago Roel) quien prende el foco de la atención, hacia los que tendrían que garantizar la seguridad.

El número de homicidios crece a ritmo galopante. En el primer semestre del 2017, ocurrieron ocho mil 791 ejecuciones, 62% ligadas al crimen organizado. Más de tres mil muertes, en relación al mismo periodo del año pasado (5 mil 413).

Las extorsiones subieron un 26% y los robos a negocios un 40, por solo mencionar este par de azotes a la población, desesperada e impotente, frente a la epidemia de sátrapas, que agreden con absoluta impunidad. Todas las “hazañas” del hampa, subieron.

Roel fincó las causas en un colapso de la autoridad, la guerra entre capos y la atomización de los grupos delictivos. Insistió en la urgencia de que las autoridades se movilicen, aunque la esperanza de que reaccionen se esfuma detrás del silencio.

Ninguno acusó recibo. Siguen confiados en que surja un nuevo escándalo, que tape al del momento. Esperan que a la gente se le olvide el socavón, Tláhuac, los secuestrados, los que jamás volvieron a aparecer, los que pagan su derecho de piso, los que se quedaron huérfanos, viudas o sin patrimonio. En pocas palabras, los que pasaron un “mal rato”, de acuerdo al nefasto cínico de Ruiz Esparza.

El mejor ejemplo podría ser el de Tláhuac. Un operativo de fuerzas de la Marina acabó con 8 delincuentes. Cayó el cabecilla, Felipe de Jesús Pérez Luna, El Ojos y la respuesta fueron los bloqueos con vehículos incendiados, a la manera en la que los hacen los cárteles, en otros estados.

La capital se estrenó en este tipo de acciones y la respuesta oficial se limitó a negar que, la banda de marras, sea un cártel. La estulticia de la discusión es inconcebible, o, ¿a los habitantes de la delegación les importa la etiqueta a los malosos, que les han hecho la vida de cuadritos?

Lo que les interesaría es recobrar la paz que les arrebataron, el poder vivir sin zozobra. El resto, la “clasificación y las perogrulladas de un miniMancera -al que se le fue de las manos la seguridad-, les sale sobrando.

Lo que debería unir a las autoridades, en un combate frontal contra estas lacras, se desvía “al politizarse”. Al ser el delegado militante de Morena, las huestes de López Obrador salen a defenderlo con enjundia, cuando el tal Rigoberto Salgado argumenta que él, ni idea tenía ni el gobierno central lo ayudó a meter orden.

Cae de su peso: si no sabía, estaba en el limbo, ajeno a su responsabilidad. Si estaba al tanto de las fechorías de El Ojos y secuaces, es porque compartía los negocios.

La corrupción en todas las siglas partidistas, la incompetencia y los intentos por ocultar la tragedia, en razón de la politiquería y las ambiciones del 18. ¿Y el Secretario de Gobernación y el Comisionado Federal de Seguridad? Mudos o declarando frivolidades, como la de que hay que reforzar la prevención.

En plena negación de la agobiante realidad, dejan a la ciudadanía en manos de la violencia.
Catalinanq@hotmail.com

@catalinanq