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En las puertas del Infierno

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

¿Existe otra forma de felicidad más completa y sin fronteras en este mundo “globalizado”, que regresando a la carne, a nuestras sensaciones primigenias, a la recuperación y apropiación de nuestros instintos, esos que no se han ido, que ahí están?

En tanto las ideas duermen, inspiradoras de anhelos, los cuerpos y sombras que transitan en nuestro perturbador subconsciente se reconocen, se tocan unos a otras, se abrazan; sí, también se besan, se recorren convulsos en su deseo y se entregan totales, absolutos y sin frenos, al deleite.

Y, ¿alguien podría tener alguna duda de por qué, si éste existió, las damas del mundo fuimos expulsadas del paraíso? Me parece lectores míos que no queda ninguna duda, porque nos gusta el sexo, porque nos gusta la conquista. Porque nos gusta gozar, pero también dar placer; y al igual que los sommeliers, nos gusta probar, para poder decir con autoridad y cada vez con mayor dominio y buen manejo del lenguaje y los conceptos, las características generales y específicas del caldo.

Concupiscencia, palabra mágica y elocuente que hoy no es muy reconocida en lo que vale ¡Tan bella que es! ¡Deseo a plenitud…! Insubordinación de los deseos a la razón, inclinación de la naturaleza humana hacia el pecado. ¿El pecado?

Y es por eso, precisamente por eso, que los hombres también fueron desterrados de ese oasis que no conocimos, ¿pues cómo íbamos a estar nosotras solas y emancipadas? No, necesitábamos a los hombres. Y a todo esto, ¡qué más da no conocer el paraíso!, porque aquí, sobre esta Tierra, las pasiones siguen siendo las que nos mueven, dormidos o despiertos.

Cierto, las ideas, pareciera, esas nunca fueron desterradas del Edén y en este infierno lujurioso, no pensamos, actuamos a diario batallas cuerpo a cuerpo y sin más herramientas que las ancestrales y que solo en ese espacio vienen a nuestra memoria a diestra y siniestra.Invocación de la que probablemente no nos percatamos, pero que acude sabia, al convocarse al goce.

Y nosotras decimos que fuimos expulsadas del paraíso, pero con la oportunidad de que ustedes varones, nos hagan felices y de que nosotras, también logremos lo mismo para ustedes.

Solamente por eso fuimos desterrados, porque en ese sitio no cabía la lujuria, porque al Creador se le olvidó esa parte al edificarnos. Fue por ello, que al percatarse del olvido, nos envió aquí a gozar y gozarnos, así que no lo defraudemos.

Por eso hoy, tomo tu mano juguetona, la beso y me acurruco en tu regazo, para comenzar a recorrer con mi lengua uno de tus dedos, dos, llevarlos a mí boca, con suavidad extrema, poco a poco, succionándolos, mientras voy abriendo los botones de tu camisa y doy inicio a ese ronroneo de gato, que se pega a tu ropa y luego a tu piel. No necesito mirarte, te veo al cerrar los ojos. No necesito palabras, solo caricias, contactos que me vayan dictando el camino, reacciones que me indiquen tus ansiedades, tus inquietudes, tus orfandades y aspiraciones, que alienten mis desafíos. Yo te descubro, y no porque tú seas mi objeto de deseo o un macho arrogante al que hay que besar, rozar, acariciar hasta las últimas consecuencias, sino porque este es el momento en que te complazco a ti, como yo sé, como yo lo siento; luego de haber llegado a las puertas del infierno. Lo hago como yo quiero, porque sé que así también te muestro lo que a mí me gusta, lo que me hace hervir entre esas sombras que aparecen en mis sueños, que se van tornando más reales en ese mi febril subconsciente que no permite el paso de las ideas convencionales y sí las de mis pasiones. En esos sueños corporales, en que todo se confunde con las sombras, con los cuerpos, con las pieles, con mi agitación como testigo… Despierto exaltada, gritando de placer.

Es obvio, me encantaría tenerte aquí, hablándome de nada, acariciándote a galope hasta llegar a la cima de la voluptuosidad. Y mañana, que tu cuerpo recuerde, cada instante y cada milímetro, cada beso, cada succión, cada gemido, y solo de rememorarlo, me lleves hasta ti, sea en el sueño, o sea aquí: el próximo domingo.

 

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