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En recuerdo de Raúl Ortiz y Ortiz / De Cara al Sol / Andrea Cataño

  • Andrea Cataño

Cada vez que un ser de inteligencia luminosa y bonhomía extraordinaria muere, la oscuridad muerde un pedazo de ese mundo bueno y bello en cuyo lado soleado queremos estar. Raúl Ortiz y Ortiz murió hace menos de 60 días y hasta hoy tengo la paz necesaria para dedicarle unas líneas a este hombre maravilloso que fue mi vecino y mi querido amigo (herencia de mi madre) durante más de 30 años.

Vestido con la elegancia de un lord: pajarita al cuello, trajes impecables y el sombrero perfecto, lo veía salir casi a dar clases de literatura inglesa o francesa, de ópera, de historia del arte o cine que se organizaban en el Club de Industriales.

Con una generosidad ilimitada, Raúl te invitaba a su casa-biblioteca-fonoteca-filmoteca considerada entre las más valiosas del país, con primeras ediciones en varios idiomas; entre ellas, la de “Por el camino de Swann”, siempre en obra para que cupieran más libros. Tenía casi toda la colección de títulos de La Pleiade -que toda proporción guardada, es a los libros lo que un Lamborghini es a los autos- que ha publicado editorial Gallimard, quizás la más importante de Francia y que contiene las obras de los más famosos escritores franceses de todos los tiempos. La biblioteca de Raúl es una de las más importantes colecciones privadas de nuestro tiempo y no sabemos qué irá a pasar con ella y es de verdad un tesoro, como lo era Raúl, dueño de una erudición inagotable en inglés, francés, alemán, italiano y ruso.

Una de sus pasiones fue la obra de Marcel Proust, de la que fue uno de sus más grandes conocedores. Sin falsa modestia, Raúl solía decir: “Creo que en México nadie tiene la documentación, los videos, las películas que yo tengo acerca de Proust”.

Fue diplomático connotado y ocupó, entre otros cargos, el de agregado cultural de la Embajada de México en Francia y en el Reino Unido, además de haber dirigido el Escuela para Extranjeros de la UNAM. En 1987 recibió el Premio Alfonso Décimo de Traducción Literaria (que es el Nobel de esa disciplina tan difícil) por su versión al castellano de “Bajo el volcán”, la gran obra de Malcolm Lowry, famoso novelista y poeta inglés. Solía decir Raúl que esa traducción era lo único importante que había hecho en su vida. Pero, no, lo más importante que hizo Raúl, además de cultivar a Proust, a Paul Céline, Charles Baudelarie, T. S. Elliot y W. H. Auden, fue compartir sus conocimientos con sus amigos de manera deliciosa, ingeniosa y profundamente divertida. Las puertas de su casa siempre estuvieron abiertas y ahí se degustaban los mejores banquetes literarios de que tengo memoria. Se leían obras de teatro en voz alta, se leían y analizaban poemas suculentos, se podía disfrutar en su enorme televisor (al final, cruelmente, estaba casi ciego), de las óperas que se presentaban en el Metropólitan o solíamos ver los ballets clásicos interpretados por el Kirov, el Bolshoi o el Royal Ballet.

Hoy en esa casa amarilla y azul que está frente a la mía, extraño sus pasos vespertinos llevando a pasear a los perros adoptados que siempre tuvo; echo de menos sus llamadas de auxilio tecnológico a mi hijo y sus invitaciones a comer las delicias que cocinaba la fiel Cata quien lo atendió por más de cuarenta años.  Es triste mirar a su puerta y saber que no volveré a verlo salir de punta en blanco a regalar bienes espirituales que son los más hermosos que pueden recibirse.

Ojalá, queridísimo Raúl, haya otra vida y estés en interminables tertulias con Ernesto de la Peña, mi madre y tu querida Rosario Castellanos. Yo aquí, abrazo a tu fiel sobrina Claudia, quien te cuidó amorosamente y sostuvo en los últimos y difíciles tiempos de tu enfermedad.

¡Vuela, Raúl, vuela al compás de una obertura wagneriana por el camino de Swann que lleva al cielo!
andreacatano@gmail.com