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Una Tras otras

  • Jaime Alcántara

  • Encuestadoras a prueba

Quienes se dedican a la tarea política, la encuesta es fundamental. Por supuesto también en la empresa privada.

A nadie le es extraño, por ejemplo, que Televisa cambie de personajes en noticiarios y programas generales de entretenimiento. Igual que Bimbo cambie sus empaques y/o sus productos; lo mismo que Pepsicola o Marlboro muten en cuanto a sabores, colores, diseños, presentaciones.

Como una variante, puede ser que a un ingenioso ejecutivo se le venga a la cabeza un nuevo programa de televisión, una nueva marca de colorante para cabello, un nuevo diseño de automóvil. También lo hay. Normalmente las innovaciones, los cambios, se deben al trabajo, a la opinión condensada de potenciales consumidores, para la búsqueda de nuevos derroteros donde colocar sus productos.

Muchas veces es el focusgroup (una seleccionada audiencia, de pocos participantes), pero la mayoría de las veces, las novedades se deben a las encuestas.

En política no es la excepción, por el contrario. Se dice, incluso, que la mercadotecnia, que trae aparejada la demoscopia (encuestas), cambió el rumbo de hacer las elecciones. La mayoría de las opiniones coindice que para desviarlas del camino correcto.

Como un antecedente en el mediano plazo, se dice, Ronald Reagan gobernaba de acuerdo a lo que le indicaban esos instrumentos.

Nada nos es ajeno en las elecciones. Así sea el arquitecto de la campaña o el llamado “Gerente de Campaña”. El estratega contratado, “normal”, buscará potenciar las cualidades y posibilidades de su cliente, pero en muchas ocasiones utilizará la “propaganda negra” como un medio para alcanzar sus objetivos. Algunos casos, como el de Colombia, cuando triunfó Juan Manuel Santos, actual presidente de la República, se supo que su rival fue apabullado no por inepto, por corrupto, por necio, por delincuente; no, por toda la suciedad que se usó en su contra.

En estos nuevos tiempos, una encuesta, es una gran herramienta de trabajo para un profesional del marketing. En ella puede encontrar las debilidades del candidato asesorado. Puede, igual, saber qué defectos se le atribuyen al Partido que lo postula o a los personajes de quienes se rodea. Hasta aquí, vamos medio bien.

El asunto es que las encuestas se han usado para una variedad de fines. Uno de ellos, de los más conocidos, aunque no se tenga memoria, para no repetir el error, es el estudio amañado para inducir al error. Una empresa seria, por supuesto, no se prestaría para tal barbaridad, so pena de caerse del ánimo de sus clientes habituales o posibles. El ardid consiste en hacerle creer al candidato que va arriba o muy arriba y empujarlo al exceso de confianza. Esto lo pudimos ver en Sonora, en dos ocasiones. Una, contra Eduardo Bours y otra contra su sucesor. El primero ganó, el segundo… Igual en Tuxtla Gutiérrez, en las intermedias de Juan Sabines.

Pero, qué pasó en los últimos comicios.

Tal parece que en estos, se equivocaron casi todas aquellas que participaron. En ese sentido, todo indica que el encuestado ya “aprendió” a evadir la respuesta o a dar una equivocada.

Si fuera cierto, de persistir en el error, no tendría caso contratar este servicio. Las decisiones adecuadas se toman con información precisa, o que se le acerque. De otra manera no habrá forma de un diagnóstico que sirva para el fin a seguir.

La tarea no es sencilla. Estas empresas tendrán que aprender del electorado o dedicarse a otra cosa.

Al margen de quién ganó, o quién pagó por los platos rotos, ese es el reto de estos esquemas que han venido a cambiar la forma de hacer campañas.
jaimealcantara2005@hotmail.com