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Entre Iguala y Bucarest / Poder Nacional / Javier Oliva

  • Javier Oliva Posada

LONDRES, Inglaterra.- Desde luego, y lo sabemos desde la perspectiva de la Ecología y la Filosofía, que La Tierra, nuestro planeta, es una unidad. Que lo que sucede en una parte, bueno o malo, repercute, tarde o temprano en el conjunto del globo. Pero en cuanto a las posibilidades que ofrecen los medios digitales de información y comunicación (que de ninguna forma pueden llamarse “redes sociales”), hoy podemos establecer parangones, llegar a conclusiones mejor elaboradas y sobre todo, documentadas.

Así, me voy a referir a la renuncia del primer ministro de Rumania, Víctor Ponta, como consecuencia del incendio de un club de baile, el cual dejó 32 muertos y 169 heridos. El pasado miércoles 4 de este mes, un local que no contaba ni con los permisos ni con las condiciones adecuadas para realizar eventos de más de 500 personas, luego de las investigaciones, se descubrió lo que era obvio: la corrupción de los funcionarios implicados había sido la causa, la asesina directa de esas 32 personas. Miles de personas salieron a manifestarse pidiendo justicia pero también, responsables. La primera parte de la tragedia, culminó con la salida del jefe de Gobierno, lo que anuncia la segunda parte; una saludable crisis política en el país.

La comparación aquí propuesta, entre Iguala y Bucarest, se enfoca a las reacciones de los principales actores políticos de cada caso, así como a la manera en que las sociedades atendieron los llamados de solidaridad ante las tragedias padecidas. Ambas situaciones, son de violencia, de muerte de decenas de jóvenes, pero con un claro y dramático fondo compartido: la corrupción asesina de quienes debieron cumplir la ley y estar del lado de la ciudadanía. No es pedir mucho, pues esa es su misión y función principalísima.

En la noche infausta del 26 y trágica madrugada del 27 de septiembre de 2014, en Iguala se dieron los acontecimientos que terminaron en una auténtica tragedia que está llamada a cambiar la historia del país. Desde luego, esto sucederá si se asumen las responsabilidades, se deslindan culpas y se sanciona conforme a la ley. Recordaremos, que el entonces gobernador, Ángel Heladio Aguirre Rivero, no solo no renunció, sino que incluso llegó a señalar al Ejército Mexicano de “inacción”, según lo declaró el 15 de octubre pasado (¡un año después de los hechos!) ante la Comisión Especial sobre el caso de Ayotzinapa de la Cámara de Diputados.

Incluso, una vez forzado a solicitar licencia el 24 de octubre de ese año, el ahora exgobernador, fuera de toda proporción, quiso y logró de manera provisional, el prerregistro de su hijo como aspirante del Partido de la Revolución Democrática a la alcaldía de Guerrero. Pero más inexplicable aún, fue la demora de casi un año para que atendiera alguna de las instancias de investigación sobre los hechos de los normalistas de la escuela “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa. Ni que decir, también de la oportuna presencia del director de la misma ante la Procuraduría General de la República, José Luis Hernández, también convocado a declarar como testigo, un año, un mes y nueve días después de los acontecimientos.

Las preguntas que surgen para el exgobernador son: para qué llamó al Ejército Mexicano la máxima autoridad del Estado de Guerrero; qué le pidió y a quién. Pero más importante aún, es una sola pregunta que se le podría formular: sabía o no de lo que sucedía en el tercer municipio más importante del Estado, Iguala, según los datos del INEGI. Y conste que del 12 de marzo de 1996 al 31 de marzo de 1999, se desempeñó como gobernador sustituto. Pero eso sí, Bucarest, nos queda muy lejos en la geografía y en la ética gobernante.

javierolivaposada@gmail.com