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Epidemia de infalibilidad

  • Paul Krugman

  • Paúl Krugman

Dos semanas después de que el presidente Donald Trump dijo, extrañamente, que el Gobierno de Obama había intervenido los teléfonos de su campaña electoral, su secretario de prensa sugirió que el GCHQ _ la contraparte británica del Departamento de Seguridad Nacional – había realizado la intervención imaginaria. Los funcionarios británicos estaban indignados. Y, pronto, la prensa británica estaba reportando que el Gobierno de Trump se había disculpado.

Sin embargo, no fue así: al reunirse con la canciller de Alemania, otro aliado al que está alejando, Trump insistió en que no había nada por lo cual disculparse. Dijo: “Todo lo que hicimos fue citar a cierta mente legal muy talentosa”, un comentarista de Fox News (claro).

¿Alguien se sorprendió? Este Gobierno opera bajo la doctrina de la infalibilidad trumpal: nada de lo que dice el presidente está equivocado, ya se trate de la aseveración falsa de que ganó el voto popular o su afirmación de que el índice de asesinatos históricamente bajo está a niveles elevados récord. Nunca se admite ningún error. Y nunca hay nada por lo cual disculparse.

Está bien, en este momento, no es noticia que el comandante en jefe del Ejército más poderoso del mundo sea un hombre en el que no se confiaría para estacionar el coche o alimentar al gato. Gracias, Comey. Sin embargo, la incapacidad patológica para aceptar la responsabilidad es solo la culminación de una tendencia. La política estadunidense – al menos a un lado del pasillo – está sufriendo una epidemia de infalibilidad, de personas poderosas que nunca, jamás, admiten haber cometido algún error.

Hace más de una década, escribía que el gobierno de Bush estaba sufriendo por “falta de buenas personas” (De las que aceptan la responsabilidad de sus acciones.) Nadie en ese Gobierno nunca pareció estar dispuesto a aceptar la responsa bilidad por el fracaso en las políticas, ya se tratara de la mal ejecutada ocupación de Irak o la pésima respuesta al huracán Katrina.

Por ejemplo, la carta abierta de quién es quién de los conservadores que le enviaron a Ben Bernanke en el 2010, en la que le advertían que sus políticas podrían llevar a “la devaluación de la moneda y a la inflación”. No pasó. Sin embargo, cuatro años después, cuando Bloomberg News contactó a muchos de los signatarios, ni uno estuvo dispuesto a admitir haberse equivocado.

¿Qué nos pasó? De seguro que algo de ello tiene que ver con la ideología: cuando se está comprometido con una discurso fundamentalmente falso sobre el gobierno y la economía, como lo está haciendo ahora casi todo el Partido Republicano, encarar los hechos se convierte en un acto de deslealtad política. En comparación, los miembros del Gobierno de Obama, desde el presidente para abajo, estuvieron, en general, más dispuestos a aceptar la responsabilidad que sus predecesores de la época de Bush.

Sin embargo, lo que está pasando con Trump y su círculo interno parece tener menos que ver con la ideología que con unos egos frágiles. Admitir haberse equivocado en cualquier cosa, parecen imaginar, los marcaría como perdedores y los haría verse pequeños.

En realidad, claro, la incapacidad para participar en una reflexión y autocrítica es la marca de un alma pequeña y marchita; pero, no son lo suficientemente grandes para ver eso.

Al menos podemos esperar que ver a Trump en acción sirva de aprendizaje – no para él, porque él nunca aprende nada, sino para todo el cuerpo político. Y, quizá, solo quizá, al final volveremos a poner a un adulto responsable en la Casa Blanca.