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Epístola de la “enfermedad malsana”…

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

Luego del tema del autoerotismo y su satanización en otras épocas…, este domingo me he aventurado a imaginar una carta (y escribirla, por supuesto), pensando en aquellas que constituyeron todo un género literario, para hablar de la masturbación, el onanismo, la autosatisfacción, el autoplacer, “la chaqueta” –coloquialmente- o bien, la era digital…

Quizá haya visualizado al joven Werther en su fiebre apasionada, pero con motivos totalmente distintos. Aquí va lo que pudo ser entrada reflexiva de algún diario, y como lo mencioné anteriormente, misiva dictada o escrita por el médico, buscando acabar con esta acción “endemoniada”, o una inducción del galeno, impulsando la creencia de que todos los síntomas (de un cúmulo de enfermedades) tenían su base en esta actividad pecadora, de desperdicio y de consecuencias graves. De esas ocasiones en que “ciencia” y religión, destruyeron por incompetencia. Vamos al siglo XIX…

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Quiero recordar qué me llevó al estado en el que me encuentro ahora, totalmente aislado del mundo y con una necesidad total por consumirme poco a poco, ejercitándome sin más, en este extraño e individual placer, que resulta tan miserable y degradante para los galenos y quizá para toda la gente con que me rodeé en la vida…, tal vez para mí mismo.

Me he puesto en manos de muchos médicos, y los miserables son ellos, que no saben dar cura a mi mal. Es algo que yo no puedo detener, pero ellos menos. Ni siquiera los cilicios han permitido que amilane la hoguera que siento, ni esta tremenda necesidad.

Mi rostro se mantiene enrojecido y mi cuerpo agitado, esperando el confinamiento último, la tumba de mis placeres.

Por las mañanas siento que me desvanezco, me falta vigor. Presiento una gran debilidad física. Mi piel se ha ensombrecido y mi lengua se vuelve vacilante. Tiemblo. Mi cuerpo dejó el silencio y hace ruido, chasquea con el movimiento… Mientras tanto, solo quiero tener la posibilidad de reconfortarme y generar esa transformación que me lleva a unos instantes de goce apenas, pero goce; aquel del que no dispongo en otros momentos de la existencia. No obstante después acudan galopantes, todos los remordimientos.

Es fácil hacer crecer una obsesión, me doy cuenta. Lo he aprendido. ¡A qué costo! Alimentarla hasta el punto de ser el único y último motor de la existencia.

Lo primero que recuerdo ahora es haber estado cerca del río, y observar cómo se bañaba una joven. La simple impresión de un instante, se quedó fijo en mi memoria. Alimento para muchos días, en que mi sexo no tuvo descanso, sino un frenesí total. Solo quería permanecer solo. Tenía tan solo 11 años.

Mis padres se percataron. Primero me amarraron por las noches para evitar mi contacto personal hasta que se nublara mi mente unos instantes, mitigando esa revolución que había llegado a mi organismo entero… Después fue un encierro, una armadura, para evitar que pudiese tocarme. Esa rabia contenida, me llevaba a ensuciar ese armatoste con el que pretendían evitar el contacto y rejuego de mi cuerpo. Pero todo castigo al parecer, fue en contra, exacerbando mi obstinación.

Esa sensación fangosa, si al principio fue horrible, después mejoró; los cambios de temperatura me encaminaban a la satisfacción. Mis padres, preocupados, me llevaron con el venerable doctor…, incluso a la Iglesia. El médico probó conmigo una inyección en el ojo del miembro que por días evitó que esa fracción de mi cuerpo se mantuviese viva y beligerante; en la Iglesia, en cambio, me enviaron los castigos físicos, para ser propinados por mí mismo… Fue peor para mí. Hice del ritual y la devoción oficio.

Nada, nada funcionó, me mantengo en el delirio. Ya no hay remisión, ya no hay garantía. Parar, hubiese sido vivir… Lean, lean todos esta carta, que sirva para evitar en otros, lo que a mí me ha ocurrido.

Esa podría haber sido, digo yo, la epístola. No sé en qué hubiera podido topar todo, pero seguro sucumbió, incapaz de imponerse al entorno y aplastado por su propia psique. Y así ocurre con tantas creencias, producto de nuestra mente mágica y nuestra ignorancia. Uno acaba creyendo, a base de repetición, incluso cualquier falsedad, y/o sale de su realidad, para evadirse. La tercera opción es siempre: resistir.

Pero, eso puedo haber ocurrido, acaso sin pensar en mentes más perversas y la creación de tratamientos que pudieron generar más síntomas adversos en el individuo, para que suprimieran un hábito.Verdaderas historias de crueldad, que afortunadamente o no, se transformaron por otras.

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