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Escacez

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Entre junio de 2008 y enero de 2015 se triplicó el precio mundial del maíz. El del trigo se triplicó en el norte del continente africano. Los egipcios compraban pan “árabe” subsidiado en quioscos del Gobierno. Las colas eran eternas. Se abrió de nuevo el debate: ¿podrá la producción de granos alimenticios por lo menos crecer al mismo ritmo de la población? Desde entonces no ha dejado de hablarse del fin de la abundancia mundial de alimentos.

Al fin de este diciembre, la tierra estará habitada por 7 mil 433 millones de seres humanos. Y dentro de 9 años, seremos 8 mil millones. En 2007 los precios se duplicaron como consecuencia de inundaciones que devastaron cosechas. En Egipto la población hambrienta se elevó a 35 millones. En México, el Gobierno del Estado de Sinaloa redujo la superficie dedicada al cultivo del maíz, aduciendo que la producción bajaría los precios y afectaría ¡El mercado mundial y las ganancias! El precio de las tortillas aumentó y creció el número de hambrientos mexicanos.

El 35% de la producción mundial de granos se emplea en alimentar reses, no personas. China produce el 50% de la carne de cerdo que se consume en el mundo. Importa cereales para alimentar a la especie porcina no a la humana. El alza de precios en los alimentos afecta a los más pobres de los pobres de la tierra. Entre los cuales se cuentan unos 11 millones de mexicanos, de conformidad con las novedosas clasificaciones de pobres inventadas aquí.

México, con respecto a otros países, tiene una ventaja, muy escondida, para incrementar su producción de granos y la producción avícola y sus derivados en el inmediato plazo: el rescate de tierras ociosas para hacerlas producir ya, ¡De inmediato!

El abandono del campo es una tragedia mexicana. Trabajarlo es una esclavitud. La producción de alimentos para consumo inmediato es una tarea inercial. El aprovisionamiento alimentario nacional lo ha dejado la administración pública federal, y también la estatal, a los grandes comerciantes importadores a quienes les autorizan “cupos”-permisos de importación- que se traducen en sobresalientes ganancias fáciles. Los jóvenes del campo no tienen incentivos para permanecer en la producción. Recuerdan al abuelo sentado sobre una piedra chaparra y ancha. Y anticipan que, pronto, la ocupará su padre y luego cada uno de ellos.

El incentivo fue la Escuela Normal Rural. Hubo alguna vez cerca de 40. Hoy no queda ni una docena. Han sido clausuradas porque, según los políticos modernos, son semilleros de revolucionarios frustrados o de populistas caducos.

Los peones acasillados del larguísimo SXIX tenían asegurado la parcela, dos cochinos, el arado romano, la yunta y el crédito inamortizable que se convertía en la deuda trascendente porfiriana, por los seis metros de manta, los cuatro pares de huaraches, el rebozo gris para la mamá, cuya vida transcurría arrodillada o agachada. Los actuales campesinos no tienen certeza de nada, excepto que habrán de migrar hacia el norte. Al cruzar ilegalmente la frontera, comenzará su ruta, asediados por animales depredadores, serpientes venenosas y rancheros tejanos que los cazan como conejos.

La superficie cultivable mexicana es de 35 millones de hectáreas. 14 millones están dedicadas a cultivos anuales, 9 millones a cultivos perennes y 8 millones no son sembradas. Podrían ser entregadas a los deportados en usufructo en tránsito a propiedad cualquier esfuerzo económico y financiero oficial, y de la pujante IP será pequeño para recuperar esa mano de obra agrícola que a pesar del maltrato, hizo producir la tierra del otro lado.