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Escenarios para el 2018

  • Federico Ling Sanz

  • Federico A. Ling Sanz Cerrada

No se puede dejar de lado que la elección presidencial está “a la vuelta de la esquina”, es decir, tendrá lugar en breve tiempo. No parece, pero un año y medio (un poco más) no es tanto, considerando que los candidatos ya están en juego desde ahora, y los actores políticos toman decisiones basadas en este juego de poder. ¿Cuál es la conveniencia de utilizar un cargo público como escaparate para figurar de cara al nuevo sexenio y hacerse notar con la intención de ser visto como uno de los candidatos viables? En lo personal creo que es poco. Me gustaría que nuestros miembros del Gabinete no tuvieran esa posibilidad, sin embargo, sería poco realista en términos concretos. ¿Cómo podríamos limitar también, por ejemplo, a los líderes de los partidos políticos? No es sencillo: con esta lógica, tendríamos que limitar a todo mundo. Más bien me gustaría que pudiéramos avanzar a un estilo como en Estados Unidos, en donde el Presidente del país está legalmente autorizado a hacer campaña y buscar su reelección; no solamente es un asunto de conveniencia, sino de supervivencia política y electoral básica. Si el Presidente no hace campaña, no podría ganar su reelección (o le sería muy difícil).

¿Dónde está el punto medio entonces entre una cosa y otra? ¿Cuál es el punto de equilibrio entre ser funcionario gubernamental o político, y ser candidato o buscar un nuevo puesto de elección popular? Pienso en los miembros del Gabinete del Gobierno Federal, o en los funcionarios de los partidos políticos, en los legisladores, en los gobernadores, en los alcaldes, etc. Sería complejo limitar el alcance de un servidor público en funciones para que no buscase un nuevo cargo de elección popular. Es un mal necesario, pero en ocasiones genera que estas personas no cumplan con las obligaciones para las que fueron electas, designadas o nombradas. Pero me temo que estamos entrando también en el plano de la rendición de cuentas, tan necesaria y tan escasa hoy en día en nuestro país.

Como siempre lo he dicho, el ejercicio de la política y del servicio público no está alejado de la ética personal. Nicolás Maquiavelo decía que “la ética pública tenía que separarse de la ética privada”. Y para efectos de la ética de Maquiavelo –Realismo Político– y su forma de pensar, tiene razón. Pero sería imposible despersonalizar la función y el ejercicio de Gobierno, porque ello no está ejercido por entes mecánicos, por robots o por personas totalmente fuera de su naturaleza constitutiva. Los gobernantes y los políticos son personas, y como tales, tienen (o carecen) de una ética personal que se refleja invariablemente en el ejercicio del poder. Aunque el poder –como tal– es un concepto neutral, que no es bueno ni malo, las personas por otro lado no somos neutrales: todos tenemos ideas, prejuicios, valores, principios, etc. Y ello se vierte en la forma de gobernar. Por eso la psique y la personalidad del gobernante es algo con lo que debemos tener mucho más cuidado que con cualquier otra cosa.

Lo que trato de decir en resumidas cuentas, es que de cara al 2018, aquellos que inspiran a ser Presidente de la República, diputados, senadores, gobernadores, alcaldes o presidentes o funcionarios públicos, tienen que entender claramente cuáles son sus límites y sus limitaciones; a qué cosas están obligados y cuáles son los mínimos sociales que la ética de su función les exige. A veces, aunque queramos que la ley resuelva estos límites personales, si la persona que ejerce el poder no está convencido de ello, de nada servirá.
www.federicoling.com y @fedeling