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Espionaje y encubrimiento

  • Luis Humberto

En 1974 Richard Nixon dejó la Presidencia de los Estados Unidos después de un escándalo de espionaje y encubrimiento. En su equipo había personalidades como Henry Kissinger, Donald Henry Rumsfeld o Dick Cheney, además de que muchos lo han considerado un genio político. ¿Por qué alguien con esas capacidades fue obligado a renunciar a la Presidencia? Porque el espionaje es un acto de corrupción dado que supone el desvío de recursos públicos destinados a la seguridad nacional para el beneficio de un partido o grupo político. Pero también, es una insensatez peligrosa ya que trata a los adversarios políticos e institucionales como enemigos del Estado. El espionaje hace que la brecha entre la decencia, el interés público y las acciones del gobierno sea más grande.

El espionaje político existe, las pruebas están ahí: los mensajes con links hacia servidores ya identificados claramente con las empresas de espionaje; la contratación probada de estos equipos por parte del gobierno federal y, sobre todo, las filtraciones de las llamadas telefónicas en momentos convenientes con direccionalidad, intencionalidad y oportunidad política.

Estos hechos muestran la incapacidad en tantos niveles: espías torpes, un gobierno con una visión patrimonial, sin conciencia del daño que supone, pero lo más preocupante es su renuncia a la responsabilidad de conducir el proceso de transición del poder, que constituye históricamente uno de los momentos más delicados y de mayor atención de cualquier gobierno. Hoy solo hay negación, no conducción.

La respuesta del gobierno ha sido la de siempre: cinismo, negación y considerar como alternativa que los teléfonos de los posibles afectados sean sujetos a un peritaje realizado por el FBI, lo cual es tan tramposo como absurdo, dado que el gobierno sabe que ese software no deja huellas y tiene la capacidad de autodestruirse.

Es de la mayor urgencia nacional aclarar el tema, ya que enfrentamos un proceso de gran descomposición, no abona al prestigio de las instituciones, y confirma la hipótesis de que no fueron suficientes los recursos económicos desviados al Estado de México, por lo que para preservar los intereses hay que utilizar los activos de seguridad nacional.

Nixon reconfiguró el mundo a través de sus acuerdos con China y un legado controvertido pero duradero. ¿Qué hace suponer que un Presidente sin prestigio, con la más baja aceptación en la historia de las encuestas, al que nadie le concede un legado duradero, podrá salir mejor librado que el primero? Sólo una cosa permite suponer tal infamia: un conjunto de funcionarios cómplices y encubridores. Prueba de ello es la reunión del Sistema Nacional Anticorrupción en la que los funcionarios impidieron que se abriera una investigación, cuando a todas luces el espionaje político es un acto de corrupción, por lo que vale la pena recordar que Nixon dejó la Presidencia, pero muchos acabaron en la cárcel más por encubrir que por espiar.

Al final del día, solo hay una conclusión: las futuras filtraciones que muestren un evidente daño a los líderes opositores serán responsabilidad del Presidente, quien tiene los medios para hacerlo. Se han mostrado antecedentes del uso de filtraciones convenientes, y bueno, tampoco ha dado señales de recato o pudor republicano.

Pero el punto no es ese: es cómo reencauzamos un proceso electoral en gran descomposición a la confianza y las instituciones y cuál es la ruta para una transición del poder, civilizada y armónica, que permita dejar bases políticas para el crecimiento económico.

@LuisHFernandez