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Espionaje y muerte de periodistas

  • Ramón Ojeda Mestre

En la imprescriptible obra de Honorato de Balzac, La Comedia Humana, se plantean con toda crudeza los riesgos de las metamorfosis de quienes se dedican al periodismo. Este trayecto humano y urbano se narra en la parte que él, Balzac, llamó Un grande hombre de provincia en París.

Es una delicia la obra traducida por Ventura Ruiz Aguilera en 1858 y editada por la Imprenta La Iberia de Manuel Rojas e Callejón del Baño 3 de Madrid, holandesa lomo en piel y planos en papel grabado. No podemos dejar de pensar en ese drama cuando vemos que se asesina a montones de periodistas o que se les espía, escudriña y atosiga de mil maneras, empezando por la mala paga.

Hacen muy bien en protestar de mil maneras los profesionales mujeres y hombres de esa actividad señera de las libertades y aportante de los procesos nutricios de la información, pero no es suficiente si la sociedad civil y los gobiernos mismos, no hacen suyos los valores que para la convivencia y el progreso tienen estos menesteres apasionantes de la noticia y la información en general.

Es salirse por peteneras eso de que el estado y la sociedad no pueden sancionar a los gobiernos o matones que hacen una guerra sucia a quienes tienen que realizar el trabajo de exhibir la realidad oscura de sus entornos y tiempos. Es una vil engañifa eso de que el Congreso de la Unión no puede ponerle frenos al Ejecutivo espión y viscoso o a las empresas que cobran millonadas por esos quehaceres turbios o tortuosos.

Claro que se puede, tanto los diputados federales o locales, como la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuando quieren, bien que pueden colocar en los corrales adecuados a quienes usan los recursos del pueblo para operar ilegal e inmoralmente en su contra. Pase lo que pase y con Belisario Domínguez al frente de los chacales como Huerta y similares con o sin uniforme.

Pero si el Legislativo y el Judicial son dos poderes sometidos abyectamente al Ejecutivo, entonces la sociedad sabe muy bien qué es lo que debe hacer. Por ello es que si los gobiernos y las instituciones no quieren seguir ensanchando su distancia con la población tan agraviada y crispada, deben actuar con mucha celeridad y transparencia en sancionar a quienes escudados en todo tipo de velos públicos o privados, atentan contra las libertades fundamentales del individuos, sea periodista o no, pero principalmente en relación con comunicadores y dirigentes sociales, porque son goznes fundamentales del frágil tejido social y sus esquemas de autoridad.

Que, para variar, nos hayan exhibido desde el New York Times como país bárbaro o retrógrada y con ramificaciones del gobierno y empresas extranjeras atrabiliarias, es una mancha más para la imagen de sangre y atropello que ya nos cargamos, con visos de realidad. El país se ha teñido de violencia carmesí y de café pestilente de corrupción, impunidad, ostentación y cinismo.

Cuando Thomas Hobbes de Malmesbury escribió el Leviathán en el siglo XVII, en la portada aparecía un filacterio orlando al monstruo formado de homúnculos y que reza: “Non est potestas super terram quae comparetur ei”. Había nacido la concepción del estado moderno, omnipotente, pero la democracia ha avanzado más y está golpeando fuerte la puerta a través de la electrónica.

La renuncia del Procurador de la Cdmx Rodolfo Ríos Garza, los asesinatos de Veracruz y los incendios provocados de Los Cabos, son unos más de los múltiples crujidos del frágil casco de la nave del olvido que aún no ha partido. No condenemos al naufragio lo vivido, recetaría José José.

rojedamestre@yahoo.com